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Joaquín Leguina | Locos

Un buen día del año 2006, y siendo yo diputado por Madrid se me acercó en la Carrera de San Jerónimo un muy conocido diputado del PP y, tomándome por el brazo, me dijo al oído:

-Mira, Joaquín, entre nosotros no debe haber equívocos: los Presidentes españoles se vuelven todos locos. Por ejemplo, el nuestro (Aznar) enloqueció durante su segunda legislatura, pero es que el vuestro (Zapatero) ya venía loco.

Callé entonces, ateniéndome a una prudencia impropia de mi condición, pero ahora estoy convencido de que por la boca de aquel diputado hablaba la verdad. En efecto, el virus de La Moncloa debe ser muy contagioso, aunque la cosa no es nueva ni exclusivamente española. Lo advirtió hace ya mucho tiempo lord Acton: “No puedo aceptar que hayamos de juzgar al Rey o al Papa suponiendo que nunca actúan contra la razón. Si hay que suponer algo, habrá de ser todo lo contrario”. También Bertrand Rosse aseguró en su día que “en el ejercicio del poder es necesaria la humildad. Sin ese freno, pronto aparece un tipo de locura: la embriaguez de poder”.

Más cerca de nosotros en el tiempo, la historiadora Barbara Tuchman ha sido aún más contundente: “El poder genera locura. Es más, a menudo el poder impide pensar. Conforme pasa el tiempo –añadía- la conciencia de la responsabilidad se desvanece en la cabeza de los poderosos”.

David Owen, médico de profesión, que fue Ministro de Exteriores del Gobierno laborista británico (1977-1979) nos ilustra ahora de estos y otros síndromes (“En el poder y en la enfermedad”). Habla, por ejemplo, del síndrome de hybris, que consiste en evaluar una situación a través de ideas fijas, preconcebidas y rechazando toda evidencia contraria a esos prejuicios. Una característica de la hybris –añade Owen- es la incapacidad para cambiar de dirección, porque ello sería reconocer que se ha cometido un error.

Ya los romanos –oliéndose algo de esto- hacían acompañar a los milites gloriosus de una especie de Pepito Grillo que -mientras desfilaban cubiertos de laureles por el Foro- les repetía al oído: “Recuerda que eres mortal”. Pues eso.

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