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La Unión Europea es un espacio de colaboración, cohesión y solidaridad, sin olvidar su naturaleza de comunidad de valores. Quinientos millones de personas y veintisiete Estados soberanos se someten a un Derecho común y comparten instituciones que legislan, deciden y acuerdan políticas conjuntas en beneficio de todos. Esa es la parte buena del proyecto de integración. La mala es que, a la que te descuidas, te roban la cartera. Francia y Alemania se disponen en las próximas semanas a intentar poner en marcha una cooperación reforzada para lanzar una patente de la Unión en virtud de la cual los solicitantes de esta protección a sus innovaciones deberán presentar la documentación correspondiente en francés, inglés o alemán, con exclusión de cualquier otra lengua comunitaria. Esta propuesta de patente en sólo tres lenguas ya ha cumplido una década y hasta ahora países como España, Italia y Portugal, se habían negado a semejante arreglo por discriminatorio e incompatible con los Tratados. Vista la imposibilidad de alcanzar la unanimidad, el comisario de Mercado Interior, francés, por cierto, se ha liado la manta a la cabeza y se ha descolgado con la idea de la cooperación reforzada, fórmula prevista en el ordenamiento europeo para facilitar que una serie de Estados, deseosos de avanzar en la unidad continental, pongan en marcha una iniciativa a la que posteriormente los demás, a medida que estén preparados, se vayan incorporando. El ejemplo típico es el euro y la política monetaria común. Sin embargo, en el caso de la patente europea, no son aplicables los supuestos de la cooperación reforzada y asombra la desfachatez franco-alemana al proponerlo. En este tema hay unanimidad porque todos coinciden en la necesidad de una patente válida en el territorio de la Unión, evitando así los costes de registrarla en cada uno de los Estados-Miembros. Sobre lo que existe la discrepancia es sobre el régimen lingüístico, respecto al cual es exigible, mira por donde, la unanimidad. Por consiguiente, no estamos hablando de progresar en el camino de la integración, sino de imponer a una parte de la Unión unas condiciones relativas al mercado interior que proporcionan injustificables ventajas competitivas a las empresas de determinadas nacionalidades. La solución lógica es que se produzca una renuncia generalizada a la propia lengua y la patente de la Unión se materialice únicamente en inglés, idioma ya consagrado como la lingua franca global de los negocios y la tecnología. Este tema dará mucho que hablar en el inmediato futuro y pondrá a prueba los fundamentos conceptuales, morales y jurídicos de la Unión Europea. España ha de establecer las alianzas necesarias, tanto en el Consejo como en el Parlamento, con el fin de resistir primero y desactivar después este ataque prepotente del imperio carolingio porque de lo contrario quedará consagrado un modelo europeo en el que ciertos Estados señores dictarán su voluntad a los restantes, reducidos a la categoría de siervos. Hasta aquí.

Alejo Vidal-Quadras | El ataque del Imperio Carolingio

La Unión Europea es un espacio de colaboración, cohesión y solidaridad, sin olvidar su naturaleza de comunidad de valores. Quinientos millones de personas y veintisiete Estados soberanos se someten a un Derecho común y comparten instituciones que legislan, deciden y acuerdan políticas conjuntas en beneficio de todos. Esa es la parte buena del proyecto de integración. La mala es que, a la que te descuidas, te roban la cartera. Francia y Alemania se disponen en las próximas semanas a intentar poner en marcha una cooperación reforzada para lanzar una patente de la Unión en virtud de la cual los solicitantes de esta protección a sus innovaciones deberán presentar la documentación correspondiente en francés, inglés o alemán, con exclusión de cualquier otra lengua comunitaria. Esta propuesta de patente en sólo tres lenguas ya ha cumplido una década y hasta ahora países como España, Italia y Portugal, se habían negado a semejante arreglo por discriminatorio e incompatible con los Tratados. Vista la imposibilidad de alcanzar la unanimidad, el comisario de Mercado Interior, francés, por cierto, se ha liado la manta a la cabeza y se ha descolgado con la idea de la cooperación reforzada, fórmula prevista en el ordenamiento europeo para facilitar que una serie de Estados, deseosos de avanzar en la unidad continental, pongan en marcha una iniciativa a la que posteriormente los demás, a medida que estén preparados, se vayan incorporando. El ejemplo típico es el euro y la política monetaria común. Sin embargo, en el caso de la patente europea, no son aplicables los supuestos de la cooperación reforzada y asombra la desfachatez franco-alemana al proponerlo. En este tema hay unanimidad porque todos coinciden en la necesidad de una patente válida en el territorio de la Unión, evitando así los costes de registrarla en cada uno de los Estados-Miembros. Sobre lo que existe la discrepancia es sobre el régimen lingüístico, respecto al cual es exigible, mira por donde, la unanimidad. Por consiguiente, no estamos hablando de progresar en el camino de la integración, sino de imponer a una parte de la Unión unas condiciones relativas al mercado interior que proporcionan injustificables ventajas competitivas a las empresas de determinadas nacionalidades. La solución lógica es que se produzca una renuncia generalizada a la propia lengua y la patente de la Unión se materialice únicamente en inglés, idioma ya consagrado como la lingua franca global de los negocios y la tecnología. Este tema dará mucho que hablar en el inmediato futuro y pondrá a prueba los fundamentos conceptuales, morales y jurídicos de la Unión Europea. España ha de establecer las alianzas necesarias, tanto en el Consejo como en el Parlamento, con el fin de resistir primero y desactivar después este ataque prepotente del imperio carolingio porque de lo contrario quedará consagrado un modelo europeo en el que ciertos Estados señores dictarán su voluntad a los restantes, reducidos a la categoría de siervos. Hasta aquí.

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