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Un componente esencial para que el mundo funcione es la discreción. Nadie podría resistir las consecuencias de que todas sus comunicaciones, conversaciones, correspondencia, diarios íntimos, desplazamientos, itinerarios de navegación en internet y movimientos bancarios fuesen desvelados sin restricción alguna. No habría matrimonio, relación profesional, amistad o carrera política capaz de sobrevivir a la exposición pública de cada detalle de la vida de sus protagonistas porque los seres humanos nos movemos en planos distintos y simultáneos, cada uno de ellos sujeto a sus reglas, sus límites y sus esferas de aplicación. Por supuesto, se trata de un equilibrio delicadísimo que cada individuo intenta manejar con el debido cuidado y que se entiende protegido por un derecho fundamental, el de la privacidad. Es obvio que solamente en un contexto social, político y legal monstruoso los seres humanos carecen de un ámbito personal al que pueden vedar el acceso a las autoridades o a sus conciudadanos. Un hombre o una mujer impedido de configurar un espacio reservado exclusivamente a sí mismo de deshumaniza hasta extremos destructivos. La atmósfera opresiva del 1984 orwelliano viene de inmediato a nuestra mente a la hora de imaginar un mundo tan atroz. Esta verdad incuestionable es asimismo aplicable a las organizaciones de cualquier índole, incluyendo a los Estados. Por eso cuando existen sospechas de que la actividad de un grupo o una persona puede ser delictiva es necesaria la autorización de un juez para intervenir sus comunicaciones, registrar su domicilio o descubrir sus secretos, e incluso en estos casos obedeciendo determinadas restricciones legales. Baltasar Garzón algo sabe de este asunto. Julian Assange ha ignorado esta regla esencial de la convivencia y de la sensatez y ha instituido un almacén de delaciones irresponsables que afectan a la seguridad de las naciones, a la honorabilidad de probos funcionarios, a las relaciones internacionales y a la estabilidad geopolítica del planeta. Con el pretexto de la transparencia, ha incurrido en el despropósito y ha causado enormes daños, algunos irreversibles y otros de consecuencias imprevistas. En mi opinión, es un perturbado peligroso que debe ser neutralizado. El consejo evangélico sobre la ignorancia de cada mano respecto a lo que hace la otra encierra una sabiduría fundamental. La historia nos ha mostrado ampliamente la gravedad de las catástrofes provocadas por redentores visionarios ebrios de soberbia y rebosantes de desprecio por sus semejantes.

Alejo Vidal-Quadras es Vicepresidente del Parlamento Europeo
Más en http://alejoresponde.com/

Alejo Vidal-Quadras | Wikileaks

Un componente esencial para que el mundo funcione es la discreción. Nadie podría resistir las consecuencias de que todas sus comunicaciones, conversaciones, correspondencia, diarios íntimos, desplazamientos, itinerarios de navegación en internet y movimientos bancarios fuesen desvelados sin restricción alguna. No habría matrimonio, relación profesional, amistad o carrera política capaz de sobrevivir a la exposición pública de cada detalle de la vida de sus protagonistas porque los seres humanos nos movemos en planos distintos y simultáneos, cada uno de ellos sujeto a sus reglas, sus límites y sus esferas de aplicación. Por supuesto, se trata de un equilibrio delicadísimo que cada individuo intenta manejar con el debido cuidado y que se entiende protegido por un derecho fundamental, el de la privacidad. Es obvio que solamente en un contexto social, político y legal monstruoso los seres humanos carecen de un ámbito personal al que pueden vedar el acceso a las autoridades o a sus conciudadanos. Un hombre o una mujer impedido de configurar un espacio reservado exclusivamente a sí mismo de deshumaniza hasta extremos destructivos. La atmósfera opresiva del 1984 orwelliano viene de inmediato a nuestra mente a la hora de imaginar un mundo tan atroz. Esta verdad incuestionable es asimismo aplicable a las organizaciones de cualquier índole, incluyendo a los Estados. Por eso cuando existen sospechas de que la actividad de un grupo o una persona puede ser delictiva es necesaria la autorización de un juez para intervenir sus comunicaciones, registrar su domicilio o descubrir sus secretos, e incluso en estos casos obedeciendo determinadas restricciones legales. Baltasar Garzón algo sabe de este asunto. Julian Assange ha ignorado esta regla esencial de la convivencia y de la sensatez y ha instituido un almacén de delaciones irresponsables que afectan a la seguridad de las naciones, a la honorabilidad de probos funcionarios, a las relaciones internacionales y a la estabilidad geopolítica del planeta. Con el pretexto de la transparencia, ha incurrido en el despropósito y ha causado enormes daños, algunos irreversibles y otros de consecuencias imprevistas. En mi opinión, es un perturbado peligroso que debe ser neutralizado. El consejo evangélico sobre la ignorancia de cada mano respecto a lo que hace la otra encierra una sabiduría fundamental. La historia nos ha mostrado ampliamente la gravedad de las catástrofes provocadas por redentores visionarios ebrios de soberbia y rebosantes de desprecio por sus semejantes.

Alejo Vidal-Quadras es Vicepresidente del Parlamento Europeo
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