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Daniel Pipes | Jarro de agua fría a Wikileaks

De todas las revelaciones de Wikileaks, la más fascinante podría ser descubrir que diversos líderes árabes han instado a la administración estadounidense a atacar las instalaciones nucleares iraníes. En el caso más conocido, el monarca Abdalá de Arabia Saudí invitaba a Washington a "decapitar a la serpiente". Según apunta un consenso casi universal, estos comentarios desenmascaran las verdaderas políticas saudíes y las del resto de políticos.

¿Pero es así por fuerza? Hay dos motivos de escepticismo.

En primer lugar, como destaca Lee Smith astutamente, los árabes podrían estar diciendo a los americanos lo que creen que éstos quieren escuchar simplemente: "Sabemos lo que dicen los árabes a los diplomáticos y los periodistas a propósito de Irán", escribe, "pero no sabemos lo que piensan realmente de su vecino persa". Sus llamamientos pueden formar parte de un mecanismo diplomático, que implica manifestar como propios los temores y los deseos de los aliados de uno. De esta forma, cuando los saudíes dicen que los iraníes son sus peores enemigos, los estadounidenses tienden a aceptar esta comunión entre intereses sin más miramientos; Smith sostiene, sin embargo, que "las palabras que pronunciaron los saudíes ante diplomáticos estadounidenses no están concebidas para abrirnos una ventana transparente a la forma Real de ver el mundo, sino para inducirnos mediante la manipulación a satisfacer los intereses de la Casa de Saud". ¿Sabemos que están diciendo la verdad simplemente porque nos gusta lo que dicen?

En segundo lugar, ¿cómo juzgamos la discrepancia entre lo que los líderes árabes dicen a los interlocutores occidentales sotto voce y lo que pregonan ante sus poblaciones? Examinando patrones desde la década de los años 30 en adelante, destaqué en un sondeo realizado en 1993 que los susurros pesan menos que los gritos: "Los pronunciamientos en público cuentan más que las comunicaciones en privado. Ninguna de las dos cosas ofrece una orientación infalible, dado que los políticos mienten tanto en público como en privado, pero lo primero es un mejor indicador de las acciones que lo segundo".

El conflicto árabe-israelí, por ejemplo, habría terminado hace mucho tiempo si uno da veracidad a las confidencias contadas a los occidentales. Véase el ejemplo de Gamal Abdel Nasser, hombre fuerte de Egipto de 1952 a 1970 y podría decirse que el político que más convirtió a Israel en la obsesión permanente de la política en Oriente Próximo.

Según Miles Copeland, un agente de la CIA que sirvió de enlace diplomático con Abdel Nasser, este último consideraba el asunto palestino "carente de cualquier importancia". En público, sin embargo, Abdel Nasser impulsaba sin descanso un programa antisionista, que explotó para convertirse en el líder árabe más poderoso de su tiempo. Sus confidencias a Copeland, en otras palabras, resultaron ser totalmente engañosas.

El mismo patrón se aplica a los detalles. En privado hablaba a los diplomáticos occidentales de la disposición a negociar con Israel; pero al dirigirse al mundo, rechazaba la existencia misma del estado judío en la misma medida que cualquier compromiso con él. Tras la guerra de 1967, por ejemplo, Abdel Nasser indicó en secreto a los americanos la disposición a alcanzar un convenio de no agresión con Israel "con todas sus consecuencias", al tiempo que públicamente rechazaba las negociaciones e insistía en que "Lo que se tomó por la fuerza, se recupere por la fuerza". Las declaraciones en público, como es normal, definían sus políticas reales.

Los gritos de Abdel Nasser en público no sólo eran un indicador mucho más fiable de sus acciones que sus confidencias, sino que él admitió tácitamente lo propio al decir a John F. Kennedy que "ciertos políticos árabes están haciendo duros comentarios en público referentes a Palestina y luego se ponen en contacto con la administración norteamericana en privado para restar importancia a su dureza diciendo que sus comentarios iban destinados al consumo árabe local". De esta forma es precisamente como describía su conducta Abdel Nasser.

En contraste, al dirigirse en privado no a occidentales sino a los suyos, a veces los líderes árabes sí revelan la verdad. Como se recordará, Yasir Arafat suscribió en público los Acuerdos de Oslo de 1993 reconociendo a Israel, pero en privado expresó sus verdaderas intenciones al invitar a los musulmanes de una mezquita sudafricana "a venir a luchar e iniciar la yihad para liberar Jerusalén".

Resulta intuitivo hacer hincapié en la confidencia sobre lo que se dice en público y en lo privado frente a lo público. Sin embargo, la política de Oriente Próximo demuestra repetidamente que se adelanta más leyendo circulares de prensa y escuchando discursos que fiándose de despachos diplomáticos. Las opiniones confidenciales pueden ser más sinceras, pero como destaca Dalia Dassa Kaye, de la Rand Corporation, "lo que los líderes árabes dicen a los funcionarios estadounidenses y lo que hacen puede no guardar relación". Las masas oyen política; los altos funcionarios occidentales escuchan discursos seductores.

Este principio explica el motivo de que observadores distantes vean con frecuencia lo que se les pasa por alto a diplomáticos y periodistas. Ello también plantea dudas de la utilidad de la difusión informativa de Wikileaks. En último término, en lugar de aclarar lo que sabemos de las políticas árabes, nos puede distraer.

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