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Juan V. Oltra | Lo peor de Zapatero

En un país como el nuestro, donde la gente no suele votar a favor, sino a la contra, no para que salgan los míos, sino para que no salgan los otros, es lógico que más allá de ver las bondades de los políticos que nos son próximos (sean estos del PSOE, del PP o incluso aliados de Carmen de Mairena), la población se polarice describiendo los defectos del adversario.

Quien más palos recibe, siempre, es quien ocupa la poltrona del gobierno, sobre todo si los resultados de su gestión no destacan precisamente por su bonanza. Y si bien es cierto que, como todo político que ha pasado por el poder en esta sufrida tierra de conejos que es España, Zapatero ha tenido cosas buenas y cosas malas, y que de ellas alguna vez he hablado, hay algo en lo que a él se refiere que en los últimos tiempos me llama poderosamente la atención; mejor dicho, hace chirriar mis meninges llegando a ser insoportable. Algo que, con mucho, para mi es lo peor de este gobierno de José Luis y su guitarra. Algo que, para más inri, no se debe a él, sino, precisamente, a sus enemigos.

Y es que, en este vórtice caótico en que ha devenido al vida política española, con tertulianos de uno y otro índole defendiéndolo áulicamente o abriendo la siete muelles dialéctica para sajarle las vísceras, se está convirtiendo en una moda peligrosa el invocar el “enemigo de mi enemigo es mi amigo”; craso error que nos golpea a los que nos queremos situar al margen de las dos grandes fuerzas políticas.

Así pues, vemos como se puede pregonar con tinte de orgullo un pasado pederasta (que tanto me da que me da lo mismo que sea una licencia literaria, pues pasa a ser apología del mismo delito), que siempre habrán personas de mayor o menor calado mediático dispuestas a defenderlo, sean tirios o troyanos (o sirios y troyanos, según la última versión certificada por esa fábrica de botijos que es la LOGSE) .

También se puede tranquilamente ser un miembro de una casta privilegiada, que cobra sueldos de impresión por su responsabilidad (al parecer controlar vuelos la conlleva mayor que la de los cirujanos o la de los guardias civiles, mire usted que cosas, y a años luz de los investigadores de nuestras sufridas universidades), y provocar un caos nacional cuando les salga de sus arcos caudinos, generando así la debacle económica de hoteleros y pequeños empresarios que tasaban su incierto futuro económico contando con los escasos euros de vellón a recaudar durante los días de puente, días que les han guindado sin necesidad de subirse a Sierra Morena y alquilar el trabuco del Algarrobo, por no hablar de un rumor de fondo internacional nada bueno en estos días de crisis mordiente, o del tiempo de descanso hurtado a sufridos españolitos que no pertenecen a ese grupo de privilegiados, o peor, de esa mujer que intentaba darle un último beso a su padre moribundo, y no pudo. Con todas esas tropelías en su haber, que a buen seguro no pesarán en sus conciencias, la tranquilidad les viene asegurada porque siempre habrá quien los exculpe soltando todo el lastre encima de gobierno.

Nadie ha dicho que este gobierno esté compuesto de seres seráficos y angelicales, premios nobel de economía y ardientes defensores de la patria. Pero aunque fuera el gran demonio cabrón el que nos gobernara, no creo que sea de recibo ayudar a los que, oliendo quizá más aun a azufre, merecen de la sociedad civil un profundo desprecio y olvido, siendo generosos.

Esto es lo malo, lo inmensamente malo que nos trae esta circunstancia: que se haga buena de nuevo la sentencia de Von Clausewitz que rezaba “los errores más perniciosos son precisamente los que resultan de la buena intención”.

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