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La lucha antiterrorista se desarrolla en muchos frentes, el policial, el judicial, el político, el educativo, el sindical, el cultural y el de los medios de comunicación. Dentro de todos estos ámbitos, los etarras y sus secuaces utilizan un instrumento letal, tan mortífero para las mentes como las balas para los cuerpos, en el que son maestros: el lenguaje. Aquel que consigue imponer su terminología en una determinada esfera del debate público, es decir, que logra que su conceptualización de la realidad expresada mediante palabras se traslade a la sociedad e imponga sutilmente sus intereses y sus valores frente a los de su oponente, ha ganado la batalla de las ideas y, en consecuencia, acabará ganando la guerra. El último comunicado de ETA en el que declara un alto el fuego permanente, general y verificable, ofrece un ejemplo muy revelador de este método de erosión de la causa adversaria utilizando la retorsión de los significados en beneficio propio. La locución “alto el fuego” refleja en su acepción militar una pausa en el enfrentamiento de dos bandos igualmente legítimos, cuando lo cierto es que nos están diciendo que van a cesar durante un tiempo de cometer crímenes. Lo mismo sucede con el vocablo “conflicto” ya que una banda de delincuentes no está en conflicto con el Estado de Derecho, sino que lisa y llanamente vulnera la ley. Al reclamar “una solución justa y democrática al secular conflicto político” ocultan que la mayor injusticia es descerrajar un tiro en la nuca de una persona indefensa y que el mayor atentado a la democracia es eliminar físicamente al que piensa distinto. Si se llama a los poderes públicos a alcanzar “una verdadera solución democrática en Euskal Herria” se pretende que la gente olvide que la verdadera democracia es la que consagra el orden constitucional garante de las libertades que la actividad de los terroristas destruye y atropella. La invocación a la “liberación nacional” del pueblo vasco es otro engaño monumental si se tiene en cuenta que el régimen totalitario que ETA aspira a establecer gracias a la coacción y al chantaje es lo contrario de la libertad. En un País Vasco hipotéticamente separado de España bajo la férula del hacha y la serpiente los ciudadanos se dividirían en cuatro clases, los afines a Batasuna que gozarían de todas las ventajas, los sometidos por miedo que arrastrarían una existencia indigna, los que huirían del horror de una Corea del Norte cantábrica y los liquidados por las escuadras de la muerte marxisto-abertzales. Un panorama de lo más atractivo para los dos millones de vascos que hoy viven en una sociedad abierta, próspera y plural precisamente porque forman parte del Estado español. En cuanto a la afirmación de que “la solución llegará a través de un proceso democrático que tenga la voluntad del Pueblo Vasco como máxima referencia y el diálogo y la negociación como instrumentos” equivale a intercambiar el abandono de las pistolas y las bombas por la cesión ante sus exigencias políticas, a saber, la autodeterminación, la excarcelación de todos los presos y la anexión de Navarra, propuesta inadmisible que implicaría la derrota del Estado democrático, la deshonra de España y la humillación de las víctimas. Por consiguiente, el único camino seguro es la inquebrantable determinación de no ceder ni un milímetro hasta que ETA anuncie su disolución, entregue sus arsenales, manifieste su arrepentimiento por el sufrimiento causado y se ponga a disposición de la justicia. Sólo en este momento, el independentismo vasco, desvinculado por completo de la violencia criminal, podrá concurrir a las elecciones y someterse, como corresponde en una auténtica democracia, al veredicto de las urnas en igualdad de condiciones al resto de partidos.

Alejo Vidal-Quadras | La corrupción del lenguaje

La lucha antiterrorista se desarrolla en muchos frentes, el policial, el judicial, el político, el educativo, el sindical, el cultural y el de los medios de comunicación. Dentro de todos estos ámbitos, los etarras y sus secuaces utilizan un instrumento letal, tan mortífero para las mentes como las balas para los cuerpos, en el que son maestros: el lenguaje. Aquel que consigue imponer su terminología en una determinada esfera del debate público, es decir, que logra que su conceptualización de la realidad expresada mediante palabras se traslade a la sociedad e imponga sutilmente sus intereses y sus valores frente a los de su oponente, ha ganado la batalla de las ideas y, en consecuencia, acabará ganando la guerra. El último comunicado de ETA en el que declara un alto el fuego permanente, general y verificable, ofrece un ejemplo muy revelador de este método de erosión de la causa adversaria utilizando la retorsión de los significados en beneficio propio. La locución “alto el fuego” refleja en su acepción militar una pausa en el enfrentamiento de dos bandos igualmente legítimos, cuando lo cierto es que nos están diciendo que van a cesar durante un tiempo de cometer crímenes. Lo mismo sucede con el vocablo “conflicto” ya que una banda de delincuentes no está en conflicto con el Estado de Derecho, sino que lisa y llanamente vulnera la ley. Al reclamar “una solución justa y democrática al secular conflicto político” ocultan que la mayor injusticia es descerrajar un tiro en la nuca de una persona indefensa y que el mayor atentado a la democracia es eliminar físicamente al que piensa distinto. Si se llama a los poderes públicos a alcanzar “una verdadera solución democrática en Euskal Herria” se pretende que la gente olvide que la verdadera democracia es la que consagra el orden constitucional garante de las libertades que la actividad de los terroristas destruye y atropella. La invocación a la “liberación nacional” del pueblo vasco es otro engaño monumental si se tiene en cuenta que el régimen totalitario que ETA aspira a establecer gracias a la coacción y al chantaje es lo contrario de la libertad. En un País Vasco hipotéticamente separado de España bajo la férula del hacha y la serpiente los ciudadanos se dividirían en cuatro clases, los afines a Batasuna que gozarían de todas las ventajas, los sometidos por miedo que arrastrarían una existencia indigna, los que huirían del horror de una Corea del Norte cantábrica y los liquidados por las escuadras de la muerte marxisto-abertzales. Un panorama de lo más atractivo para los dos millones de vascos que hoy viven en una sociedad abierta, próspera y plural precisamente porque forman parte del Estado español. En cuanto a la afirmación de que “la solución llegará a través de un proceso democrático que tenga la voluntad del Pueblo Vasco como máxima referencia y el diálogo y la negociación como instrumentos” equivale a intercambiar el abandono de las pistolas y las bombas por la cesión ante sus exigencias políticas, a saber, la autodeterminación, la excarcelación de todos los presos y la anexión de Navarra, propuesta inadmisible que implicaría la derrota del Estado democrático, la deshonra de España y la humillación de las víctimas. Por consiguiente, el único camino seguro es la inquebrantable determinación de no ceder ni un milímetro hasta que ETA anuncie su disolución, entregue sus arsenales, manifieste su arrepentimiento por el sufrimiento causado y se ponga a disposición de la justicia. Sólo en este momento, el independentismo vasco, desvinculado por completo de la violencia criminal, podrá concurrir a las elecciones y someterse, como corresponde en una auténtica democracia, al veredicto de las urnas en igualdad de condiciones al resto de partidos.

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