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Alejo Vidal-Quadras | Los mitos del patriarca

La lectura de los desvaríos crepusculares de Jordi Pujol en el boletín de su centro de estudios confirma que la edad va destapando paulatinamente nuestro verdadero pensamiento. Existen dos mitos alimentados por el imaginario nacionalista catalán que a estas alturas de la historia están absolutamente reñidos con la realidad. El primero nos presenta a Cataluña como el motor de España, como el elemento modernizador y dinamizador de un Estado dominado por castas mesetarias arcaicas, indolentes y caciquiles en el que el noble y mediterráneo Principado se ahoga incomprendido y encuentra una resistencia invencible a sus propuestas vanguardistas y creativas. El segundo dibuja el cuadro de una Cataluña deseosa de encajar en España y de aportar su energía y vitalidad a la prosperidad general, pero que ante la incomprensión del centralismo madrileño, que la expolia económicamente, la oprime culturalmente y la somete políticamente, se ve abocada al secesionismo, incluso contra su voluntad. Ninguno de estos dos cuentos, nacidos hace un siglo en un contexto completamente distinto, tiene hoy vigencia alguna. Cataluña ya no es el motor de nada, ni siquiera de sí misma. Sus cifras de crecimiento son decepcionantes y ha sido claramente rebasada en competitividad y en capacidad innovadora por la Comunidad de Madrid y por la Comunidad Valenciana, por citar dos ejemplos notorios. España, por su parte, hace tiempo que no responde a la descripción amarga de los autores de la generación del 98, sino que se ha transformado en un país occidental avanzado, miembro de la Unión Europea y plenamente situado en el grupo de cabeza de las naciones desarrolladas del mundo globalizado. La desventurada Cataluña, después de la plaga de langosta tripartita, ha degenerado en una sociedad provinciana, ensimismada y regresiva que provocaría el horror de los prohombres de la Lliga si volviesen a la vida. En cuanto a la supuesta buena voluntad del nacionalismo catalán respecto a la matriz española, suena a sarcasmo.

Fue precisamente Pujol el que acuñó el concepto de “gradualismo”, que consiste esencialmente en ir avanzando paso a paso hacia la independencia mediante la polisemia y el regate sucesivo. La invocación de esta supuesta lealtad defraudada cuando el nivel de autogobierno catalán ha rebasado lo que sería constitucionalmente prudente, representa una muestra de cinismo extremo. Si de algo se puede acusar a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de 2006 es de excesivamente benévola, por lo que esgrimirla como motivo de supremo agravio no engaña a nadie, salvo a los ingenuos o a los ignorantes. Si Cataluña se ve castigada por una tasa de paro de las peores de Europa y sus cuentas públicas se hunden no es a causa de la cicatería del Gobierno central, sino del despilfarro provocado por la construcción de una nacioncilla inventada y por la voracidad de unas elites nacionalistas intervencionistas y corruptas. Los lamentos del ex-president resultan patéticos en unos momentos en los que el fracaso del nacionalismo excluyente a cuya resurrección dedicó tantos esfuerzos es imposible de disimular.

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