publi

No cabe ninguna duda que uno de los puntos débiles de nuestro sistema político es la falta de democracia interna de los partidos, estructuras burocratizadas en las que cúpulas oligárquicas y cooptadas monopolizan un poder que se extiende a todo el entramado institucional. Tampoco es un secreto que el Partido Popular de Asturias necesita una profunda renovación y un nuevo impulso tras demasiados años en la oposición en aquel feudo socialista. Ahora bien, estas verdades incuestionables no le dan la razón sin más a Francisco Álvarez Cascos en su conflicto con la dirección nacional de la formación en la que ha militado durante tres largas décadas. En primer lugar, resulta poco creíble que alguien que jamás practicó la democracia interna cuando era Secretario General del PP, la reclame ahora airadamente. Recuerdo perfectamente que tras el magnífico resultado obtenido por el PP de Cataluña en el otoño de 1995 con triplicación de escaños y un porcentaje de votos en unas elecciones autonómicas todavía no alcanzado hoy, Cascos sacó en hombros en plan torero al entonces presidente del PP catalán del hotel en que se celebraba el éxito. El verano siguiente, el mismo que había ensalzado hasta el ditirambo al triunfador, actuaba como brazo ejecutor de su apartamiento de la política catalana en virtud de los acuerdos alcanzados entre Aznar y Pujol. Se le impidió presentarse a un Congreso Regional que tenía ganado y el argumento del ahora campeón de la democracia interna, según consta en las hemerotecas, fue que un partido es como una orquesta en la que todos deben tocar la misma partitura bajo la batuta del director y el que no esté de acuerdo, que se marche. Por consiguiente, el espectáculo al que estamos asistiendo estos días es un tanto grotesco. Si se hiciera una encuesta a todos los responsables territoriales del PP de la época en que Cascos sentaba sus reales en la planta séptima de Génova 13 sobre su forma de entender la disciplina y sobre su modo de tratar a sus subordinados, el resultado no sería precisamente favorable al presunto salvador del centro-derecha asturiano. Por otra parte, si hay un defecto letal para un político, es la soberbia. Y la reaparición del antiguo hombre fuerte del PP ha sido muy típica suya: aquí estoy yo y todo el mundo a obedecer y a someterse dado el inmenso favor que les hago aceptando encabezar la candidatura. Como es natural, la reacción de la actual Secretaria General nacional y de no pocos de sus correligionarios asturianos ha sido la misma que la de los romanos cuando vieron aproximarse a Atila. Otro detalle que conviene no olvidar es que fue Francisco Álvarez Cascos el que provocó en 1998 la salida del PP del gobierno del Principado con escisión incluida por su enfrentamiento puramente personal con Sergio Marqués, en una muestra antológica de prepotencia y de autoritarismo. Por último, se necesita ser irresponsable y frívolo para organizar semejante montaje en una etapa de la vida española en la que la Nación atraviesa una crisis de una magnitud pavorosa y en la que no hay que desviar ningún esfuerzo del objetivo principal, que no es otro que la recuperación del rumbo perdido tras el desastre zapatético. Parece mentira que una persona que se había retirado a la actividad privada con un caudal apreciable de reconocimiento por sus valiosos servicios a España, se haya ofuscado hasta el punto de protagonizar lo que será un final lamentable de una trayectoria discutida, pero hasta la fecha respetada. Y es que debe ser terrible que le apliquen a uno su propia medicina.

Alejo Vidal-Quadras | Un final lamentable

No cabe ninguna duda que uno de los puntos débiles de nuestro sistema político es la falta de democracia interna de los partidos, estructuras burocratizadas en las que cúpulas oligárquicas y cooptadas monopolizan un poder que se extiende a todo el entramado institucional. Tampoco es un secreto que el Partido Popular de Asturias necesita una profunda renovación y un nuevo impulso tras demasiados años en la oposición en aquel feudo socialista. Ahora bien, estas verdades incuestionables no le dan la razón sin más a Francisco Álvarez Cascos en su conflicto con la dirección nacional de la formación en la que ha militado durante tres largas décadas. En primer lugar, resulta poco creíble que alguien que jamás practicó la democracia interna cuando era Secretario General del PP, la reclame ahora airadamente. Recuerdo perfectamente que tras el magnífico resultado obtenido por el PP de Cataluña en el otoño de 1995 con triplicación de escaños y un porcentaje de votos en unas elecciones autonómicas todavía no alcanzado hoy, Cascos sacó en hombros en plan torero al entonces presidente del PP catalán del hotel en que se celebraba el éxito. El verano siguiente, el mismo que había ensalzado hasta el ditirambo al triunfador, actuaba como brazo ejecutor de su apartamiento de la política catalana en virtud de los acuerdos alcanzados entre Aznar y Pujol. Se le impidió presentarse a un Congreso Regional que tenía ganado y el argumento del ahora campeón de la democracia interna, según consta en las hemerotecas, fue que un partido es como una orquesta en la que todos deben tocar la misma partitura bajo la batuta del director y el que no esté de acuerdo, que se marche. Por consiguiente, el espectáculo al que estamos asistiendo estos días es un tanto grotesco. Si se hiciera una encuesta a todos los responsables territoriales del PP de la época en que Cascos sentaba sus reales en la planta séptima de Génova 13 sobre su forma de entender la disciplina y sobre su modo de tratar a sus subordinados, el resultado no sería precisamente favorable al presunto salvador del centro-derecha asturiano. Por otra parte, si hay un defecto letal para un político, es la soberbia. Y la reaparición del antiguo hombre fuerte del PP ha sido muy típica suya: aquí estoy yo y todo el mundo a obedecer y a someterse dado el inmenso favor que les hago aceptando encabezar la candidatura. Como es natural, la reacción de la actual Secretaria General nacional y de no pocos de sus correligionarios asturianos ha sido la misma que la de los romanos cuando vieron aproximarse a Atila. Otro detalle que conviene no olvidar es que fue Francisco Álvarez Cascos el que provocó en 1998 la salida del PP del gobierno del Principado con escisión incluida por su enfrentamiento puramente personal con Sergio Marqués, en una muestra antológica de prepotencia y de autoritarismo. Por último, se necesita ser irresponsable y frívolo para organizar semejante montaje en una etapa de la vida española en la que la Nación atraviesa una crisis de una magnitud pavorosa y en la que no hay que desviar ningún esfuerzo del objetivo principal, que no es otro que la recuperación del rumbo perdido tras el desastre zapatético. Parece mentira que una persona que se había retirado a la actividad privada con un caudal apreciable de reconocimiento por sus valiosos servicios a España, se haya ofuscado hasta el punto de protagonizar lo que será un final lamentable de una trayectoria discutida, pero hasta la fecha respetada. Y es que debe ser terrible que le apliquen a uno su propia medicina.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada