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Es tan obvio que el actual Gobierno y su partido político están haciendo el trabajo sucio al capitalismo internacional –aquel que se basa en la máxima concentración de poder político en instancias transnacionales- que no cabe pensar que creer lo contrario sea de personas sensatas.

Es una evidencia que España se ha convertido en el típico vecino caradura en esa comunidad que se llama Unión Europea, por causa de unos impresentables que nos han llevado a la bancarrota, aprovechándose de que estamos en la moneda única y los órganos reguladores están fuera de nuestra soberanía, y de que para salvar el tinglado del desmoronamiento colectivo nuestros socios van a hacer lo necesario para que el barco común de la moneda no se hunda. Aunque no habría que descartar que nos expulsen del sistema, si bien, el camino que han elegido por ahora es el de obligar a este gobierno baldón a liquidar el Estado de Bienestar de sus ciudadanos.

No sé quién puede, a estas alturas, dudar de que este Gobierno hace todo menos dirigir los intereses colectivos hacia el bien común.

Es una verdad palmaria que algo hay que hacer para solventar el tremendo agujero en las cuentas públicas españolas y su correlato de las entidades financieras públicas llamadas cajas de ahorro. Pero para abordar cualquier problema endémico lo primero que hay que hacer es diagnosticar sobre las fuentes del mal y la raíz del problema. No es solución, como se está haciendo ahora, cargar todas las consecuencias de los errores de los gobernantes sobre las espaldas de los más débiles que son los que siempre pagan los platos rotos mientras que los ricos son cada vez más multimillonarios, sin que se les ponga límite a su lucro.

Si la cuentas de la Seguridad Social no dan para más y el fondo para las pensiones decrece a marchas espasmódicas hacia los números rojos, la solución no es retrasar la edad de jubilación o rebajar las pensiones, puesto que los que han trabajado durante décadas tienen un derecho adquirido sobre el fruto de su prolongado trabajo y contribución a la caja común. La solución es echar a los parásitos que han venido a nuestro país a cobrar las ayudas sociales o a disfrutar de nuestro sistema sanitario sin querer aportar su grano de arena en forma de fuerza de trabajo. La solución es aumentar la natalidad terminando con el culto a la muerte que es el aborto libre. La solución es quitar las trabas burocráticas y fiscales a quienes quieran invertir en nuestro país, generando riqueza y empleo. La solución es una economía productiva y no especulativa que genere tejido, que sea fuente de riqueza y bienestar en el futuro, y, por tanto, que engendre a largo plazo impulsos creadores de empleo estructuralmente sostenible. La solución no es la cultura del pelotazo ni del enriquecimiento rápido fomentado fundamentalmente por los socialistas, ni el expolio de las cuentas públicas, ni la especulación para favorecer el crecimiento de los precios sobre el suelo y la vivienda, que ha enriquecido a unos desaprensivos sobre la base de hipotecar a la mayoría de los ciudadanos de por vida. La solución no es el hedonismo barato basado en satisfacer un consumismo compulsivo emparentado a un endeudamiento estúpido y a las rebajas en el crédito que han dado al traste con el sistema financiero. La solución es crear una cosmovisión basada en el realismo de lo que es la vida: una lucha para conseguir metas con el esfuerzo, con el trabajo, con las cosas bien hechas, con unos valores soportados sobre el fundamental respeto humano de origen cristiano. No es el sálvese quien pueda.

Estamos oyendo estos días que se van a inyectar en las cajas de ahorro 30.000 millones de euros para equilibrar balances y dotar de liquidez al sistema financiero, para que así se puedan librar de nuevo créditos. ¿Pero alguien nos ha rendido cuentas del resultado del dinero que el Gobierno regaló anteriormente a los bancos para –según nos dijeron- salvar al sistema financiero? ¿Qué auditoria se ha practicado sobre esa donación a fondo perdido con cargo a nuestros tributos? ¿Dónde están los créditos concedidos que supuestamente se iban a fomentar con esa inyección de dinero? ¿Alguien se acuerda de aquel dinero y su destino?

Lo que hay que hacer de una vez es modificar el modelo de gobierno de esas entidades de crédito. Tienen que desaparecer de sus consejos de administración los políticos y ser sustituidos por técnicos, o simplemente privatizar las cajas y convertirlas en otro banco más. Se ha de pedir responsabilidades por las políticas crediticias y por la gestión de los fondos que, sin saber qué se hacía con ellos, los ahorradores han depositado en esas cajas. Quienes han malversado el dinero ajeno con intereses espúrios no pueden irse de rositas. Si un administrador de una comunidad de vecinos gasta el dinero depositado por la comunidad en satisfacer intereses propios la justicia actúa sobre él. No se entiende que no sea así en el caso de los gestores de las cajas que han llevado a éstas a un estado ruinoso por causa de una gestión temeraria, aunque no exista dolo. Y sobre todo. Si la realización de su mandato ha sido malo, esas entidades han de desaparecer, una vez devuelto el dinero a sus legítimos propietarios que son los impositores. Pero lo que no tiene razón de ser es que el Estado aporte más dinero a unas entidades que en sí mismas son como un recipiente lleno de agujeros, pues ese nutriente monetario desaparecerá, dejándonos a todos cada vez más endeudados y sin resultados efectivos sobre el saneamiento del sistema. Si cualquier particular monta un negocio y por gestionarlo mal los gastos superan a los ingresos, y se ve en la imposibilidad de pagar a los proveedores, tiene que cerrar. No se entiende por qué no debe ser así en otras estructuras económicas que también se basan en el libre comercio y en la libertad de mercado, siempre asegurando los derechos de quienes han puesto en depósito sus bienes, y exigiendo responsabilidades penales si hubiera lugar.

Lo que no cabe bajo ningún concepto es permitir que se sigan vaciando las arcas públicas. Entre otras cosas por causa de una estructura del Estado disparatada que posibilita la proliferación de personajes de todo pelaje cuyo único objeto de su paso por la política es repartir entre los amigos parte del arqueo de la caja, con más o menos descaro, y que, al final, la cuenta de resultados sea negativa. No es de recibo que el Estado Autonómico tenga como fundamento liquidar todo atisbo de Estado para crear la mayor burocracia conocida en la historia de las administraciones públicas y una macroestructura formada por millones de funcionarios y cargos públicos que suponen una sangría que para España es una losa por imposibilita el crecimiento. Hablar de otro tipo de soluciones es poner espantapájaros en un paisaje que cada vez adquiere tintes más sombríos para nuestros hijos.

No abordar los problemas estructurales desde su raíz es poner cortinas de humo sobre los problemas. Coger el toro por los cuernos es propio de estadistas, no hacerlo de usurpadores del poder, no exentos de responsabilidad por mucho que estén legitimados por los votos.

Ernesto Ladrón de Guevara | Seguimos en el expolio colectivo

Es tan obvio que el actual Gobierno y su partido político están haciendo el trabajo sucio al capitalismo internacional –aquel que se basa en la máxima concentración de poder político en instancias transnacionales- que no cabe pensar que creer lo contrario sea de personas sensatas.

Es una evidencia que España se ha convertido en el típico vecino caradura en esa comunidad que se llama Unión Europea, por causa de unos impresentables que nos han llevado a la bancarrota, aprovechándose de que estamos en la moneda única y los órganos reguladores están fuera de nuestra soberanía, y de que para salvar el tinglado del desmoronamiento colectivo nuestros socios van a hacer lo necesario para que el barco común de la moneda no se hunda. Aunque no habría que descartar que nos expulsen del sistema, si bien, el camino que han elegido por ahora es el de obligar a este gobierno baldón a liquidar el Estado de Bienestar de sus ciudadanos.

No sé quién puede, a estas alturas, dudar de que este Gobierno hace todo menos dirigir los intereses colectivos hacia el bien común.

Es una verdad palmaria que algo hay que hacer para solventar el tremendo agujero en las cuentas públicas españolas y su correlato de las entidades financieras públicas llamadas cajas de ahorro. Pero para abordar cualquier problema endémico lo primero que hay que hacer es diagnosticar sobre las fuentes del mal y la raíz del problema. No es solución, como se está haciendo ahora, cargar todas las consecuencias de los errores de los gobernantes sobre las espaldas de los más débiles que son los que siempre pagan los platos rotos mientras que los ricos son cada vez más multimillonarios, sin que se les ponga límite a su lucro.

Si la cuentas de la Seguridad Social no dan para más y el fondo para las pensiones decrece a marchas espasmódicas hacia los números rojos, la solución no es retrasar la edad de jubilación o rebajar las pensiones, puesto que los que han trabajado durante décadas tienen un derecho adquirido sobre el fruto de su prolongado trabajo y contribución a la caja común. La solución es echar a los parásitos que han venido a nuestro país a cobrar las ayudas sociales o a disfrutar de nuestro sistema sanitario sin querer aportar su grano de arena en forma de fuerza de trabajo. La solución es aumentar la natalidad terminando con el culto a la muerte que es el aborto libre. La solución es quitar las trabas burocráticas y fiscales a quienes quieran invertir en nuestro país, generando riqueza y empleo. La solución es una economía productiva y no especulativa que genere tejido, que sea fuente de riqueza y bienestar en el futuro, y, por tanto, que engendre a largo plazo impulsos creadores de empleo estructuralmente sostenible. La solución no es la cultura del pelotazo ni del enriquecimiento rápido fomentado fundamentalmente por los socialistas, ni el expolio de las cuentas públicas, ni la especulación para favorecer el crecimiento de los precios sobre el suelo y la vivienda, que ha enriquecido a unos desaprensivos sobre la base de hipotecar a la mayoría de los ciudadanos de por vida. La solución no es el hedonismo barato basado en satisfacer un consumismo compulsivo emparentado a un endeudamiento estúpido y a las rebajas en el crédito que han dado al traste con el sistema financiero. La solución es crear una cosmovisión basada en el realismo de lo que es la vida: una lucha para conseguir metas con el esfuerzo, con el trabajo, con las cosas bien hechas, con unos valores soportados sobre el fundamental respeto humano de origen cristiano. No es el sálvese quien pueda.

Estamos oyendo estos días que se van a inyectar en las cajas de ahorro 30.000 millones de euros para equilibrar balances y dotar de liquidez al sistema financiero, para que así se puedan librar de nuevo créditos. ¿Pero alguien nos ha rendido cuentas del resultado del dinero que el Gobierno regaló anteriormente a los bancos para –según nos dijeron- salvar al sistema financiero? ¿Qué auditoria se ha practicado sobre esa donación a fondo perdido con cargo a nuestros tributos? ¿Dónde están los créditos concedidos que supuestamente se iban a fomentar con esa inyección de dinero? ¿Alguien se acuerda de aquel dinero y su destino?

Lo que hay que hacer de una vez es modificar el modelo de gobierno de esas entidades de crédito. Tienen que desaparecer de sus consejos de administración los políticos y ser sustituidos por técnicos, o simplemente privatizar las cajas y convertirlas en otro banco más. Se ha de pedir responsabilidades por las políticas crediticias y por la gestión de los fondos que, sin saber qué se hacía con ellos, los ahorradores han depositado en esas cajas. Quienes han malversado el dinero ajeno con intereses espúrios no pueden irse de rositas. Si un administrador de una comunidad de vecinos gasta el dinero depositado por la comunidad en satisfacer intereses propios la justicia actúa sobre él. No se entiende que no sea así en el caso de los gestores de las cajas que han llevado a éstas a un estado ruinoso por causa de una gestión temeraria, aunque no exista dolo. Y sobre todo. Si la realización de su mandato ha sido malo, esas entidades han de desaparecer, una vez devuelto el dinero a sus legítimos propietarios que son los impositores. Pero lo que no tiene razón de ser es que el Estado aporte más dinero a unas entidades que en sí mismas son como un recipiente lleno de agujeros, pues ese nutriente monetario desaparecerá, dejándonos a todos cada vez más endeudados y sin resultados efectivos sobre el saneamiento del sistema. Si cualquier particular monta un negocio y por gestionarlo mal los gastos superan a los ingresos, y se ve en la imposibilidad de pagar a los proveedores, tiene que cerrar. No se entiende por qué no debe ser así en otras estructuras económicas que también se basan en el libre comercio y en la libertad de mercado, siempre asegurando los derechos de quienes han puesto en depósito sus bienes, y exigiendo responsabilidades penales si hubiera lugar.

Lo que no cabe bajo ningún concepto es permitir que se sigan vaciando las arcas públicas. Entre otras cosas por causa de una estructura del Estado disparatada que posibilita la proliferación de personajes de todo pelaje cuyo único objeto de su paso por la política es repartir entre los amigos parte del arqueo de la caja, con más o menos descaro, y que, al final, la cuenta de resultados sea negativa. No es de recibo que el Estado Autonómico tenga como fundamento liquidar todo atisbo de Estado para crear la mayor burocracia conocida en la historia de las administraciones públicas y una macroestructura formada por millones de funcionarios y cargos públicos que suponen una sangría que para España es una losa por imposibilita el crecimiento. Hablar de otro tipo de soluciones es poner espantapájaros en un paisaje que cada vez adquiere tintes más sombríos para nuestros hijos.

No abordar los problemas estructurales desde su raíz es poner cortinas de humo sobre los problemas. Coger el toro por los cuernos es propio de estadistas, no hacerlo de usurpadores del poder, no exentos de responsabilidad por mucho que estén legitimados por los votos.

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