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Aleix Vidal-Quadras | Memoria de oprobio

El trigésimo aniversario del golpe del 23-F ha desatado un alud de comentarios, entrevistas y celebraciones que empiezan a producir cierto empacho. En esa fecha bochornosa de 1981 yo me encontraba por la tarde trabajando en mi despacho de la Universidad Autónoma de Barcelona cuando uno de mis colegas entró muy alterado para decirme que la radio estaba informando sobre la toma del Congreso de los Diputados por una fuerza de guardias civiles que tenían secuestrados a todos sus miembros además de al Gobierno en pleno. Superado el primer momento de incredulidad, nos reunimos todos los integrantes de nuestro grupo de investigación para escuchar las noticias y nuestro estupor fue creciendo a la par que nuestro temor. Todo el asunto presentaba el aire de un esperpento anacrónico y soez que nos produjo una invencible sensación de indignación, de vergüenza y de repugnancia. Allí estábamos, media docena de profesores titulares casi todos ya numerarios, recién superada la correspondiente oposición, enfrascados en la preparación de las clases de los próximos días, en alguna tarea del laboratorio o en la redacción de una publicación, españoles en la treintena, nacidos después de la guerra civil, con nuestra infancia, adolescencia y primera juventud bajo el régimen franquista, ilusionados con nuestra recuperada democracia, acumulando ya una apreciable actividad a nivel internacional, sorprendidos por un suceso que rompía traumáticamente nuestras expectativas de futuro, que nos podía transformar en ciudadanos de un país impresentable y que destruía nuestras esperanzas de homologarnos por completo muy pronto con el resto del Occidente democrático. En mi camino de regreso a casa por la noche, sentado en un vagón de los Ferrocarriles de Cataluña -el conocido entrañablemente como el “tren de Sarriá”- me sentí poseído por una congoja profunda a la vez que atormentado por lo que tenía todas las trazas de un cuadro de ansiedad. Aquellos cuarenta minutos encerrado en el tren aislado del mundo exterior poblaron mi mente de imágenes espeluznantes de patrullas militares y policiales recorriendo Barcelona para detener a desafectos, de siniestros toques de queda, de escasez de alimentos, de cierre de las Universidades y de posibles choques violentos entre manifestaciones de protesta y los tanques de los golpistas, por lo que salí de la estación de la Plaza Molina en un estado de aguda agitación, esperando asistir a escenas convulsas. Las calles, sin embargo, estaban absolutamente tranquilas, la gente circulaba sin muestras de apresuramiento o de zozobra, los bares rebosaban de clientes tomando pacíficamente sus cervezas y los transeúntes con los que me cruzaba aparecían revestidos de un aire de completa normalidad. Ya más calmado en mi domicilio conecté la televisión y seguí el desarrollo de aquella noche aciaga paso a paso hasta que, agotado por la emoción y por los innumerables contactos telefónicos, me acosté pasadas las cuatro de la mañana con la impresión, confirmada al día siguiente, de que semejante disparate iba a tener un recorrido muy corto. Hoy veo con consternación como un acontecimiento tan afrentoso es aprovechado impúdicamente para el pavoneo patético de una generación de políticos que durante la Transición eran apenas púberes y que han dedicado un enorme esfuerzo a destruir su espíritu y a quebrar sus propósitos. Porque un hecho que hemos de tener muy presente es que combatir retrospectivamente una dictadura ya desaparecida no redime de las bajezas y los errores presentes y que las lanzadas a moro muerto no le dotan a uno de un coraje del que carece.

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