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Ernesto Ladrón de Guevara | Lo que se pudo controlar y no se hizo

Decir, a estas alturas, que LAB es el sindicato que forma parte del entorno poliédrico de Batasuna-ETA no es una novedad, y por tanto sobra mencionarlo por evidente.

Estos días atrás se celebraron elecciones sindicales en el sector público del sistema educativo vasco.

El resultado ha sido el siguiente: LAB ha subido de 65 a 80 delegados, STEE-EILAS, que es un sindicato que jamás ha pronunciado una expresión contraria a ETA, ha elevado su representación de 54 a 60 delegados. Por otra parte, CCOO ha bajado de 67 a 51 delegados, perdiendo nada menos que 16 de ellos. El resto de los sindicatos se ha mantenido más o menos igual. Como conclusión la correlación de fuerzas sindicales queda así: Sindicatos nacionalistas (independentistas), incluyendo a ELA: 71 % de representación. Fuerzas sindicales afines al mundo llamado “izquierda abertzale”: 50 % de la representación.

Bien es verdad que la abstención ha llegado al 50 % y que cabe deducir que el profesorado que no acudió a las urnas no pertenece al mundo radical y por eso no se moviliza, lo que sobrerrepresenta la presencia del mundo abertzale en las mesas de negociación. La lectura de ese abstencionismo puede ser muy variada, pero da la muestra de la decepción existente con los sindicatos de ámbito estatal por su dependencia de las subvenciones y su falta de autonomía en la toma de decisiones, así como demasiada subordinación al partido gobernante en Moncloa, y su progresivo desprestigio.

¿Qué sucede en la Comunidad Autónoma Vasca para tener un profesorado sostenido con los impuestos de los ciudadanos que tiene un sesgo tan sumamente radical?. Cabe pensar sobre las consecuencias de que los niños vascos estén en las manos “educadoras” de quienes no sólo no abominan ETA sino que están de una u otra manera en la órbita ideológica o estratégica de quienes forman el círculo social del filoterrorismo independentista. Es verdad que en términos absolutos ese profesorado no representa más del 30 % del profesorado, pero aún así es alarmante, máxime cuando su representación institucional va a suponer la mayoría absoluta en las mesas sectoriales donde se van a tratar los temas de planificación educativa.

¿Qué valores puede impartir un profesorado que no abomina de métodos excluyentes y sectarios, que busca arrinconar a los que no pasan por sus planteamientos ultranacionalistas? ¿Qué educación para la ciudadanía se puede desarrollar a partir de paradigmas excluyentes con los que se divide a los seres humanos en dos grupos: los afines para el logro de la independencia y los demás a expulsar del sistema? Esos sindicatos no se cansan de insultar al profesorado no euskaldun, por muchos apellidos autóctonos y raigambre en el territorio que tengan? Mi caso concreto es el de ser profesor nacido en Álava, con todos los ancestros con este origen, sin tener antecedentes de habla euskaldun. ¿Debo marcharme según ellos de la tierra en la que nací, donde he vivido durante mis sesenta años de existencia? ¿Soy un estorbo en el sistema educativo aún teniendo tres títulos universitarios, uno de ellos el doctorado en ciencias de la educación -todos ellos adquiridos mientras trabajaba y con mi dinero particular-, y treinta y nueve años de antigüedad en la enseñanza? Pues dicen que sí. ¿Quién sobra, yo o los que adoctrinan a los alumnos en la orientación separatista y manipulan la verdad histórica y cultural?

Nada más proclamarse los resultados han hecho declaraciones en plan chulesco diciendo que se vaya la señora Celáa, Consejera de Educación, o que gire en ciento ochenta grados sus políticas. Como si los electores que han posibilitado el actual gobierno vascongado no tuviéramos ni arte ni parte en la definición política del actual status quo gobernante. Esto define por sí sólo el concepto democrático de las cosas que tiene esta representación.

La cuestión es quién ha permitido que las cosas lleguen a este grado, pues algunos lo veníamos advirtiendo desde hace más de dos décadas, clamando en el desierto sobre lo que se veía venir. En mi libro “Educación y Nacionalismo” dedico un capítulo a la estrategia nacionalista de invadir las plantillas del profesorado con un comisariado político que actuara de cuña para aculturar a la población en los nuevos “valores” independentistas. Me he cansado de avisar sobre los riesgos de permitir que el mundo nacionalista actúe utilizando a la escuela como herramienta para la formación del espíritu nacionalista, como es evidente a todas luces, reproduciendo el denostado modelo franquista de escuela nacional. Y no tanto por las consecuencias de la unidad española, a todas luces ya rota, sino por la aberración que contiene la manipulación de las conciencias y el estrechamiento de la cosmovisión vital que supone el poner orejeras sobre las mentes adolescentes, fuente de empobrecimiento y de anorexia intelectual.

Hay responsables de todo esto, y no son precisamente los nacionalistas en exclusiva.

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