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Ernesto Ladrón de Guevara | Sobre Batasuna y su disfraz

Debo avanzar que mi condición de víctima de ETA me pone en una situación de parte más que de juez. Digo que soy víctima de ETA no porque haya atentado contra mí, que afortunadamente no lo ha hecho hasta ahora, sino porque ETA, y sobre todo su tinglado social y político, me han privado de libertad durante algo más de diez años de mi vida que es una sexta parte de mi existencia hasta ahora. Me han robado derechos fundamentales, me han privado de muchos cafés y “chiquitos” con mis amigos por no hacerles pasar el trago de compartir conmigo los escoltas y el estigma. Me han impedido ir a pasear con mi mujer por las calles más transitadas como el resto de los ciudadanos que no han tomado posición ante ETA como lo he hecho yo, teniendo que ir a dar una vuelta a los lugares más apartados e intransitados. También me han impedido salir a la calle cuando me apeteciera y me han postrado entre las paredes de mi domicilio en ocasiones en las que, simplemente, –así de elemental- quería salir, por no llamar a mis sombras permanentes, ya que ello supone tener la vida totalmente programada, sin margen a la espontaneidad. No me han dejado ir por los mismos lugares a las mismas horas para no repetir rutinas. Me han colocado la etiqueta de persona rara a la que asignan servicios de protección del Estado, a la que muchos conciudadanos han mirado como si fuera un privilegiado –tiene bemoles la cosa-, etc… He tenido múltiples dificultades para cumplir con las obligaciones de mi trabajo con normalidad. En fin… No voy a seguir contando las penurias que supone llevar escolta.

¿Y saben por qué me asignaron una protección? –La llama eufemísticamente “acompañamiento”- Sencillamente porque me sumé a un movimiento cívico allí a finales de los años noventa y luego me tocó durante un tiempo hacer de portavoz y Secretario del mismo, y convocaba y organizaba actos de protesta contra ETA. Me colocaron la etiqueta de amenazado, es decir de secuestrado y privado de libertad, para que no me matara ETA tras nuestra visita a Estrasburgo –Parlamento e instituciones europeas-; y por denunciar allí un neonazismo nacionalista, mientras la mayoría de los partidos políticos nos señalaban por llevar los trapos sucios fuera de casa. Sí, de exagerar y cosas así. Y cierto dirigente nacionalista nos calificaba de brazo político del GAL, nada menos. Luego pasó lo que pasó: asesinato de López de Lacalle, compañero nuestro, y apedreamiento de la casa de Ibarrola y talado de los árboles de la preciosa obra artística que es el Bosque de Oma, etc. Ese fue el comienzo de mi esclavitud. Algún día contaré vicisitudes que suceden a la gente que como yo llevan escolta durante un largo periodo de tiempo. ¿Y saben quiénes son los responsables de todo eso? Pues lo son los que ahora se presentan bajo un manto de pacifismo barato y falso para chupar de las ubres de la hacienda pública. Y me dirán: ¿usted no sabe perdonar? Pues miren: no. No perdono. No me da la gana perdonar. Me han hecho demasiado daño. Y yo soy de los menos damnificados por esta gentuza que es o ha sido la mano política de ETA. ¿Cómo vamos a permitir que esta chusma se presente a las elecciones? ¿Qué pasa? ¿Que ahora borrón y cuenta nueva? ¿Y los más de 900 muertos? ¿Qué pasa con esa gente que hace no mucho nos gritaba frente a las concentraciones cívicas “Así, así, así hasta Madrid”, y “ETA, mátalos”? ¿Presentan un partido sin tan siquiera pedirnos perdón por lo que han hecho, con la pretensión de colocarse en las instituciones y luego ya veremos?

Agradezco las palabras del lehendakari, Patxi López, que ha dicho que no van a conseguir nada, simplemente con buenas palabras sin hechos concretos, y que son los tribunales los que ahora tienen la palabra. Ya veremos en qué queda todo esto.

Y más aún agradezco a Basagoiti por su firmeza; por cerrar toda posibilidad a la legalización de quienes hasta hace poco iban de la mano de ETA, -y puede que ahora también bajo un disfraz-.

Estoy con los manifestantes del otro día en Madrid, pese a que no me gusta el tufillo de división que se entreveía en el PP, y el excesivo protagonismo de algunos políticos que iban entre las víctimas y los ciudadanos, –ahora es tiempo de unión, no de división- Era una manifestación contra ETA, contra el chivatazo del Faisán y contra Batasuna en todas sus formas. Contemplé “on-line” los discursos, que me emocionaron. Es una buena forma de hacer una catarsis contra los manejos y las maniobras de los etarras que tratan de hacerse un hueco en el abrevadero del dinero fácil conseguido desde las instituciones, ante la perspectiva de la mengua de recursos obtenidos por la extorsión, mal llamado “impuesto revolucionario”.

Discrepo, no obstante, cuando se dice que “tiene que haber vencedores y vencidos”, pues con ello se le da la razón a ETA cuando afirmaba que lo suyo era una guerra, y no simple actuación mafiosa, delictiva. No, a ETA no hay que vencerla. Yo no estoy en guerra contra ETA, como tampoco lo estoy contra el potencial delincuente que me atraca al doblar una esquina de la calle. Lo mío no es una guerra, es una demanda al Estado para que siga ejerciendo la fuerza de la represión del delito, de la persecución del delincuente y su reclusión, haciendo cumplir las penas impuestas por la Justicia. ETA ha querido siempre presentarse como grupo armado, militar, y nos ha ganado en el terreno del uso perverso del lenguaje. Así, ahora, se presentan, con la anuencia de los partidos democráticos, como Izquierda Abertzale, que es como si dijéramos “patriotas de izquierda”. Los medios de comunicación han caído en la trampa al asumir la expresión como normal, como si fueran un grupo ideológico y no un colectivo mafioso que opera desde la nocturnidad imponiendo el temor en la población para lograr sus objetivos. De la misma manera no podemos admitir que haya habido una guerra con ETA y por tanto hayan de ser “vencidos”. No. Han de ser perseguidos, que no es lo mismo, y han de ser marginados en el más puro ostracismo social, para ignominia suya y estigma público perdurable.

Me produce una profunda desazón en mi espíritu que haya partidos nacionalistas que se ponen a aplaudir a los que otrora fueran colaboradores necesarios de ETA por aparecer con una nueva vestimenta de oportunidad. ¿Es que son como ellos? ¿Será verdad lo del árbol y las nueces?

Aún confío –no demasiado- en el Estado de Derecho en este país, y en la sensatez de los partidos llamados constitucionalistas. Espero que no caigan en tentaciones viles. Aunque sólo sea por motivaciones de tipo electoral, confío en que impidan a esta morralla presentarse a las elecciones.

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