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Esperanza Oña | El exilio democrático

Zapatero se atrevió en su osadía a definir años atrás a Ángela Merkel como una fracasada. Debería haberse mordido la lengua, pero no lo hizo. Por el contrario, aseguró que en nuestro país el socialismo improductivo de frustraciones y errores diarios conseguiría el paro cero y que superaríamos económicamente a Alemania. Estos días con la visita de la señora Merkel hemos visto quién pone los deberes y quién obedece servilmente.

Alemania tiene un siete por ciento de paro, España un veinte y Andalucía alardea de progresismo alcanzando el mayor porcentaje de Europa: treinta de cada cien andaluces viven condenados al desempleo. Un auténtico record de eficacia y aciertos. Lo peor, las consecuencias. Son de todo tipo y ninguna buena. Entre ellas, el escándalo del paro joven. En mi opinión, sólo con este logro Zapatero tendría que dimitir. No es de justicia que los jóvenes de nuestro país se vean obligados a emigrar.

En España uno de cada dos jóvenes no tiene trabajo, lo que les enfrenta a la peor situación de la eurozona. Ya vivimos en los años sesenta el éxodo de medio millón de españoles poco cualificados, que no habían tenido la oportunidad de formarse. Escogieron Alemania porque allí disponían de variadas ofertas de empleo que absorbían la mano de obra, barata en aquel caso. Se estaba produciendo el milagro económico alemán.

La historia se repite. Escenas que creíamos superadas vuelven a humillarnos, ahora de otra forma. Tal vez más sibilina, pero igualmente injusta. Alemania en su recuperación necesita 800.000 trabajadores y de éstos, 36.000 especialmente preparados. De nuevo España se desangra perdiendo su mejor patrimonio humano. Jóvenes educados para progresar, para innovar, para aplicar las nuevas tecnologías en el desarrollo de nuestro país. Sin embargo, su potencial, sus conocimientos serán rentabilizados por personas lejanas.

Nada es por azar. Alemania en 2005 se preparaba para afrontar la crisis en sus comienzos. En España, todavía en 2008, se negaba la crisis que ya ponía en peligro sueños, proyectos y vidas calculadas para el éxito. Esas vidas ahora desplazadas de su sitio natural cotizarán para causas que no son las nuestras, para el bienestar de otros que no conocemos, para culminar un nuevo milagro que nos permitimos cuestionar.

Zapatero no siente vergüenza. Por el contrario se mostró satisfecho y contento al provocar la sonrisa aprobatoria de la señora Merkel. No recordó entonces cuánto daño estaba ocasionando en la juventud más preparada que España ha poseído jamás. No sufrió ni un ápice por el desgarro que supone en tantas vidas separadas a la fuerza. No reparó en la pérdida que padeceremos cuando se exilien los mejores.

Él, que rebusca morboso en la memoria histórica para regocijarse en culpas pasadas, debería pararse a reflexionar en las suyas propias, en los desastres que padecemos por su incapacidad. No es menos criticable esta emigración española actual que la del franquismo. No es menos dolorosa ni menos perjudicial. Entonces se fueron las víctimas de la pobreza. Ahora, también. Entonces como ahora se fueron las víctimas de la desigualdad.

Todo no queda limpio y perdonado porque se ejecute desde un gobierno democrático. Al revés. Se originan y desprenden más obligaciones y derechos que se están vulnerando sin rubor, sin sentimiento de responsabilidad, sin propósito de enmienda.

Zapatero sólo busca la foto que tendría que llamarse de la vergüenza por haberlo negado todo, por hablarnos de momentos idílicos que nunca llegan, por haber comenzado sus tareas tarde, por dejarnos a la deriva sin los jóvenes del futuro más brillante.

Zapatero es culpable del momento desesperanzado y eterno que vivimos. Zapatero es un impedimento para muchas posibilidades que ya no sucederán. Zapatero es un mal presidente. Sin sus políticas, España todavía puede ser un gran país. Siempre lo he creído.

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