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Aleix Vidal-Quadras | Conciencia moral

El rotativo británico Sunday Times destacó recientemente a un equipo de periodistas de investigación al Parlamento Europeo con el fin de averiguar el nivel de honradez de sus miembros y publicar el correspondiente reportaje. Estos profesionales de la información fingieron ser representantes de una consultoría que supuestamente trabajaba para una serie de compañías en labores de asesoramiento y relaciones públicas. Bajo este disfraz contactaron a sesenta diputados de diferentes países y filiaciones políticas a los que ofrecían el siguiente trato: el diputado era nombrado consejero de un órgano asesor con una sustanciosa remuneración anual y a cambio de tal prebenda se comprometía a velar por la conveniencia de los clientes de la imaginaria consultoría, incluyendo entre sus obligaciones la presentación y tramitación favorable de enmiendas a la legislación en curso de acuerdo con las instrucciones que recibiera de sus empleadores. Es decir, el diputado que aceptase la componenda se prestaría a faltar a su deber de independencia y preservación del interés general para pasar a ser un instrumento al servicio de intereses particulares. Semejante comportamiento, no hay que decirlo, sería moralmente reprobable, políticamente inaceptable, legalmente delictivo e institucionalmente dañino. De los sesenta tentados, tres cayeron en la trampa y se prestaron al enjuague. Descubierto el pastel con grandes titulares, dos de ellos han renunciado a su escaño y han sido expulsados de sus respectivos partidos en Austria y Eslovenia. El tercero, de nacionalidad rumana, apartado también de su formación y de su Grupo Parlamentario, sigue de momento en la Eurocámara transformado en un paria social. Con independencia de estas sanciones políticas, las fiscalías de sus países están estudiando el caso para una eventual acción penal. Asimismo, la Oficina Europea contra el Fraude ha iniciado un procedimiento de oficio. Aunque el método utilizado por el Sunday Times incluye falsedad e incitación al delito y presenta elementos muy oscuros en términos deontológicos, centrémonos en los padres de la patria europeos que han cedido a la codicia arruinando su carrera, perjudicando gravemente a sus organizaciones nacionales, destrozando a sus familias y erosionando el prestigio de la institución de la que eran parte. Mi tesis sobre la corrupción siempre ha sido que no hay controles ni normas capaces de erradicarla por completo. Podrá ser más fácil o más difícil corromper o corromperse, pero al final el valladar definitivo contra la venalidad está en la configuración espiritual de los actores de la tragedia. Cuando en una sociedad proliferan los casos de corrupción política, administrativa o judicial, tal como ha sucedido por desgracia en España en las últimas décadas, la conclusión es que este cuerpo colectivo está enfermo. La patología que le aqueja, que no es otra que la pérdida de referentes éticos, es extraordinariamente nociva y en grados extremos, letal. El clima social que transforma la corrupción en costumbre aparece cuando el sistema educativo pierde calidad, cuando la familia se deteriora, cuando las elites abandonan los valores que vertebran la convivencia y cuando las creencias trascendentes se debilitan o se pierden. No es un proceso brusco ni instantáneo, es un veneno lento y corrosivo que va minando los fundamentos del sistema y que desemboca en su colapso. No son las leyes la mejor vacuna contra la corrupción, sino la forja de una conciencia moral limpia y sólida en cada ciudadano. Tres ovejas negras en una muestra de sesenta se traducen en un porcentaje del cinco por ciento. Demasiado alto en uno de los ecosistemas políticos considerado hasta hoy como de los más limpios del mundo.

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