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El sacerdote Manel Pousa es el protagonista de la biografía Pare Manel, Més a prop de la terra que del cel escrita por el periodista Francesc Buxeda. En su labor pastoral, desarrollada fundamentalmente entre la juventud marginal, el padre Manel se vio obligado a enfrentarse a un difícil dilema moral. Dos adolescentes de catorce y quince años se quedaron embarazadas y solicitaron su ayuda. Pertenecientes a familias desestructuradas y carentes de recursos económicos, se vieron incapaces de llevar adelante su gravidez por lo que le pidieron apoyo económico para costearse un aborto en una clínica especializada en tales menesteres. El pastor de almas intentó disuadirlas de semejante propósito y les ofreció buscarles una salida que les permitiese tener a su hijo. Ante su negativa rotunda y su anuncio de que estaban dispuestas a solucionar el problema mediante métodos caseros carentes de toda garantía con el consiguiente riesgo para su vida y su salud, el Padre Manel accedió a su petición y financió la eliminación de las criaturas en gestación. Sin duda la situación que tuvo que afrontar fue dolorosa porque la elección no resultaba en principio evidente. Si se negaba a colaborar, sus protegidas iban a correr un grave peligro de carácter incluso mortal. Si se prestaba a su solicitud se apartaba flagrantemente de la doctrina de la Iglesia de la que es un representante consagrado. Al final, el sacerdote tomó su decisión vulnerando de manera consciente el mandato canónico que había jurado obedecer. Hasta aquí el conflicto de conciencia cuyo desenlace se puede compartir o no dependiendo de la ética personal de cada uno y de la jerarquía de valores que se adopte. Sin embargo, la solidez de la posición del Padre Manel se resquebraja en el momento en que pretende hacer compatible su actuación con su condición sacerdotal. La postura coherente e inatacable hubiera sido, una vez consumada su transgresión de un principio católico fundamental como es la sacralidad de la vida humana desde el mismo instante de su concepción, la presentación de su renuncia ante el Obispo de su diócesis. Es su pretensión de seguir como si tal cosa en plena posesión y desempeño de sus facultades y prerrogativas la que le degrada desde la categoría de figura trágica desgarrada por una lacerante disyuntiva axiológica a la de simple caradura. Por supuesto, se puede ser partidario, como lo es el Padre Manel, del sacerdocio femenino, de la voluntariedad del celibato y otras originalidades creativas y continuar siendo ministro de Dios a todos los efectos mientras exista concordancia entre el comportamiento y la ley eclesiástica porque la opinión es libre, también en la Iglesia de Roma. Lo que ya no es admisible es la inconsistencia de jugar a las verdes y a las maduras, de incurrir en la heterodoxia de la acción instalado en la ortodoxia de la posición. La progresía, tanto la civil como la ensotanada, considera que es legítimo imponer sus prácticas deconstructoras sin salir del seno de las instituciones que se afanan en demoler y que los demás se han de aguantar y reírles las gracias. Pues no. En los ámbitos normativos voluntarios se está o no se está y ante el intento de tomar el pelo al prójimo éste tiene derecho a resistirse. Si se elige estar más cerca de la tierra que del cielo no es legítimo circular por ahí exhibiendo el aval celestial para sortear las dificultades terrestres.

Aleix Vidal-Quadras | De la tierra y el cielo

El sacerdote Manel Pousa es el protagonista de la biografía Pare Manel, Més a prop de la terra que del cel escrita por el periodista Francesc Buxeda. En su labor pastoral, desarrollada fundamentalmente entre la juventud marginal, el padre Manel se vio obligado a enfrentarse a un difícil dilema moral. Dos adolescentes de catorce y quince años se quedaron embarazadas y solicitaron su ayuda. Pertenecientes a familias desestructuradas y carentes de recursos económicos, se vieron incapaces de llevar adelante su gravidez por lo que le pidieron apoyo económico para costearse un aborto en una clínica especializada en tales menesteres. El pastor de almas intentó disuadirlas de semejante propósito y les ofreció buscarles una salida que les permitiese tener a su hijo. Ante su negativa rotunda y su anuncio de que estaban dispuestas a solucionar el problema mediante métodos caseros carentes de toda garantía con el consiguiente riesgo para su vida y su salud, el Padre Manel accedió a su petición y financió la eliminación de las criaturas en gestación. Sin duda la situación que tuvo que afrontar fue dolorosa porque la elección no resultaba en principio evidente. Si se negaba a colaborar, sus protegidas iban a correr un grave peligro de carácter incluso mortal. Si se prestaba a su solicitud se apartaba flagrantemente de la doctrina de la Iglesia de la que es un representante consagrado. Al final, el sacerdote tomó su decisión vulnerando de manera consciente el mandato canónico que había jurado obedecer. Hasta aquí el conflicto de conciencia cuyo desenlace se puede compartir o no dependiendo de la ética personal de cada uno y de la jerarquía de valores que se adopte. Sin embargo, la solidez de la posición del Padre Manel se resquebraja en el momento en que pretende hacer compatible su actuación con su condición sacerdotal. La postura coherente e inatacable hubiera sido, una vez consumada su transgresión de un principio católico fundamental como es la sacralidad de la vida humana desde el mismo instante de su concepción, la presentación de su renuncia ante el Obispo de su diócesis. Es su pretensión de seguir como si tal cosa en plena posesión y desempeño de sus facultades y prerrogativas la que le degrada desde la categoría de figura trágica desgarrada por una lacerante disyuntiva axiológica a la de simple caradura. Por supuesto, se puede ser partidario, como lo es el Padre Manel, del sacerdocio femenino, de la voluntariedad del celibato y otras originalidades creativas y continuar siendo ministro de Dios a todos los efectos mientras exista concordancia entre el comportamiento y la ley eclesiástica porque la opinión es libre, también en la Iglesia de Roma. Lo que ya no es admisible es la inconsistencia de jugar a las verdes y a las maduras, de incurrir en la heterodoxia de la acción instalado en la ortodoxia de la posición. La progresía, tanto la civil como la ensotanada, considera que es legítimo imponer sus prácticas deconstructoras sin salir del seno de las instituciones que se afanan en demoler y que los demás se han de aguantar y reírles las gracias. Pues no. En los ámbitos normativos voluntarios se está o no se está y ante el intento de tomar el pelo al prójimo éste tiene derecho a resistirse. Si se elige estar más cerca de la tierra que del cielo no es legítimo circular por ahí exhibiendo el aval celestial para sortear las dificultades terrestres.

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