Header Ads

Daniel Pipes | ¿Vuelta a las costas de Trípoli?

El himno oficial del Cuerpo de los Marines estadounidenses empieza como es sabido con "Desde los corredores de Moctezuma a las orillas de Trípoli, libraremos las batallas de nuestro país en tierra y mar". La referencia a Trípoli alude a la Batalla de Derna en 1805, el primer desembarco realizado por tropas estadounidenses y una decisiva victoria norteamericana.

Los recientes combates en Libia suscitan una cuestión: Deben volver a ser enviados los Marines a las costas de Trípoli, a proteger esta vez no las aguas sino a las poblaciones sublevadas de Libia que se levantan contra su gobierno y piden asistencia mientras son castigadas desde el aire por las tropas leales a Muamar el-Gadafi?

Mi primera reacción es convenir puntualmente con una zona de exclusión aérea, mejorando así las posibilidades que tiene la valiente oposición. Hay varios factores que alientan esta reacción: El fácil acceso a Libia desde las bases aéreas estadounidenses y de la OTAN, la orografía homogénea y nada densa del país, la condena casi universal de las acciones de Gadafi, la urgencia por devolver la totalidad del crudo libio al mercado de exportación, y la probabilidad de que tal intervención ponga fin al desafortunado gobierno ejercido durante 42 años por una figura repulsiva y extravagante.

Pero las reacciones impulsivas no suponen una buena política. Un acto de guerra exige contexto, directrices y coherencia.

Al margen de lo fácil que pueda parecer la operación, Gadafi puede disponer de bolsas que podrían conducir a un enfrentamiento largo y caótico. Si sobrevive, podría volverse aún más virulento. Tan repulsivo como pueda ser, sus detractores (¿islamistas?) podrían ser aún más amenazadores para los intereses estadounidenses. En términos más generales, intervenir en un conflicto interno puede granjear más enemigos que amigos, además de alimentar las teorías conspirativas antiamericanas.

Por añadidura, la fuerza aérea no ha demostrado ser decisiva aún en Libia (su impacto ha sido sobre todo psicológico y podría no determinar si Gadafi logra permanecer en el poder o no. Imponer una zona de exclusión aérea en Libia sienta un precedente de cara a situaciones en las que las circunstancias son menos favorables (Corea del Norte, por ejemplo). ¿Y quién va a seguir el ejemplo de Gadafi y renunciar a la fabricación de armas nucleares si esto facilita la pérdida de su propio poder?

Tras el debate de Libia se agita el fantasma de Irak y la "agenda de la libertad" de George W. Bush. Los partidarios de Bush consideran que es hora de ajustar cuentas mientras los escépticos se muestran preocupados por las consecuencias imprevistas. Si Barack Obama hace uso de la fuerza en Libia, ello será equivalente a reconocer que se equivocó al criticar con virulencia las políticas de Bush en Oriente Próximo. También implica que habrá efectivos estadounidenses combatiendo a las fuerzas de otro país de mayoría musulmana, tras Irak y Afganistán, algo que Obama debe ser reacio a llevar a cabo con su énfasis en "el respeto mutuo" con los musulmanes.

Más fundamental es el imperativo de no poner en peligro tropas estadounidenses en nombre de objetivos humanitarios referidos a otras poblaciones; la labor social no puede ser la finalidad del gobierno estadounidense; en lugar de eso, los efectivos militares tienen siempre que avanzar intereses nacionales estadounidenses concretos.

Que el ejército estadounidense, representado por el Secretario de Defensa Robert Gates, se distancie de asumir este encargo, haciendo hincapié en su coste y los peligros ("una enorme operación en un país grande"), hace las veces de sana advertencia, teniendo en cuenta sobre todo los errores cometidos en el espionaje estadounidense. Que los libios estén empezando a recurrir a los islamistas en busca de liderazgo, sin embargo, puede convertir a Libia en otra Somalia.

El arsenal estadounidense permite que el presidente ignore a los demás países y despliegue efectivos de manera unilateral; pero ¿es inteligente? Los precedentes iraquíes (1991 y 2003) sugieren que la inconveniencia de obtener el apoyo de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la Liga Árabe, la Unión Africana o incluso la Organización de la Conferencia Islámica vale la pena políticamente.

Como destaca Jeffrey White, del Washington Institute for Near East Policy, aunque una zona de exclusión es lo que solicita la oposición, sólo se trata de una de las muchas opciones que tiene Washington. Otras incluyen, de menos ambiciosa a más ambiciosa: proporcionar información de espionaje a las fuerzas de la oposición, apoyo logístico, infraestructura de comunicaciones y entrenamiento, enviarles armamento; ayudar a defender las zonas liberadas; inutilizar las pistas libias; o combatir activamente a las fuerzas del régimen.

Tomando en cuenta estas consideraciones, ¿qué consejo dar a la administración Obama? Apoyar a la oposición libia con ayuda humanitaria e ir escalando según sea necesario.

Los motivos humanitarios, políticos y económicos convergen en Libia como para superar a las dudas legítimas. Trabajando con permiso internacional, el gobierno estadounidense debe cumplir con su papel de costumbre de liderazgo y ayudar a la oposición de Libia. Por arriesgado que sea ese rumbo, hay que seguirlo.

No hay comentarios:

Con la tecnología de Blogger.