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Indonesia ve surgir un terrorismo que se nutre de jóvenes radicales

Indonesia afronta una ola de violencia cometida por jóvenes radicales sin una aparente relación con grupos terroristas, pero con el mismo objetivo: convertir el país musulmán más poblado del mundo en un Estado islámico.

Las escuelas son los lugares predilectos para educar en el fundamentalismo a estos jóvenes con ansias de demostrar que son "verdaderos musulmanes", explica Bonar Tigor Naipospos, experto en terrorismo religioso del Instituto Setara, una institución independiente dedicada al análisis religioso y político.

Esa tendencia se refleja en documentos oficiales como en el reciente estudio divulgado por el Instituto Setara y realizado en los centros educativos públicos de Yakarta, que estima que el 57 por ciento de los estudiantes musulmanes de la capital está a favor de imponer la ley islámica o "sharia" en Indonesia.

"Alrededor del 40 por ciento de los maestros de islam en las escuelas son fundamentalistas, ahí es donde germina el radicalismo", sostiene Naipospos.

Este especialista indonesio considera que la intolerancia ha crecido paulatinamente en el gran archipiélago asiático desde que comenzó la "verdadera segregación entre religiones", allá por las décadas de los 50 y 60 del pasado siglo.

Para los expertos, los cinco paquetes bomba que han recibido personalidades de Indonesia durante esta semana y que han causado cuatro heridos al estallar confirman la teoría de que estos jóvenes radicales recurren cada vez más a la violencia para perseguir sus objetivos.

Los investigadores intentan encontrar un motivo común a los recientes ataques, perpetrados todos mediante libros que ocultaban en su interior una carga explosiva.

Las fuerzas de seguridad reconocen que se trata de una "rara" combinación de objetivos, mientras que las autoridades culpan de al menos tres de los ataques al grupo extremista Yemaa Islamiya, considerado el brazo de Al Qaeda en el Sudeste Asiático, en base a que es el mismo tipo de artefacto que emplearon en varios atentados cometidos en la ciudad de Poso (islas Célebes), en 2006.

Aparte de la autoría, la otra incógnita que lleva de cabeza a los investigadores de la Policía indonesia es averiguar cuál es el denominador común de las personas a las que enviaron los paquetes bomba: un músico, un joven activista, un líder musulmán tolerante y un agente de la brigada antiterrorista.

El director de investigaciones del Instituto para la Construcción de la Paz Internacional, Taufik Andrie, defiende que son "los jóvenes seguidores de los militantes de Poso" los que, por medio de sus mentores, han aprendido a fabricar explosivos y están llevando a cabo los ataques.

Esta nueva generación "ya no viene con una formación forjada en Afganistán o en los países árabes, la mayoría proviene de las islas Célebes o las Molucas y han adquirido experiencia en Indonesia", detalla Naipospos.

Estos jóvenes ansían un Estado islámico y se ven en la obligación de apoyar a los grupos extremistas, opina el experto, quien precisa que las personas que apoyan económicamente su "yihad" persiguen un fin distinto.

"El terrorismo actual en Indonesia es más un juego de poder que un asunto religioso, algunos partidos de la oposición entregan dinero a los radicales para crear inestabilidad política y demostrar que el sendero de la democracia secular no funciona en el país", defiende el investigador del Instituto Setara.

Su opinión es similar a la que sostiene el presidente indonesio, Susilo Bambang Yudhoyono, que ha interpretado los ataques como una agresión destinada a minar su imagen de político comprometido con la lucha contra el terrorismo islámico.

"Si no os gusto, no hagáis a otras personas víctimas de vuestros ataques", dijo el mandatario a los autores de los atentados.

Otras minorías religiosas de Indonesia -la cristiana, entre otras-, las sectas musulmanas consideradas desviacionistas -como Ahmadiyah- y grupos sociales que no coincidan con una lectura estricta del islam son potenciales objetivos de estos nuevos fundamentalistas.

Ante esta ola de violencia, los expertos creen que para frenarla es necesario dar un giro en el sistema educativo y la adopción de una política más decidida por parte del Gobierno.

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