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El 21 de diciembre de 1988, un Boeing 747 de la Pan Am cayó sobre la localidad escocesa de Lockerbie. En el accidente murieron las 270 personas, todos los ocupantes del avión más 11 aplastadas en tierra por los restos del aparato. Una bomba introducida a bordo por agentes libios a las órdenes del coronel Gadafi fue la responsable de la catástrofe.

Un crimen que Gadafi nunca pagará como merece, aunque uno de sus secuaces, Abdel Baset al Megrahil, fue entregado por el sátrapa libio y, tras ser juzgado en Holanda, fue condenado a 27 años de cárcel que no cumplió, pues en agosto de 2009 fue liberado “por razones humanitarias” y, ante el estupor y el enojo de los familiares de las víctimas, regresó a Trípoli, donde fue recibido con aclamaciones por los mismos que ahora disparan contra sus compatriotas.

En octubre de 2002, Gadafi ofreció una compensación de 10 millones de dólares por cada víctima y el 15 de agosto de 2003 aceptó formalmente su responsabilidad en el atentado. A partir de ahí el coronel pasó de ser “el perro loco” (así lo motejaba Ronald Reagan) a ser un “arrepentido y amigo de Occidente”. Hasta tal punto que durante los últimos años se ha paseado por las capitales europeas en loor de los más preclaros gobiernos, recibiendo parabienes y rodeado de “vírgenes mercenarias” que lo acompañan en su famosa jaima.

“Si yo fuera presidente, os tiraría a la cara mi dimisión, pero soy mucho más, soy el líder de la revolución”, ha dicho hace dos días. Para añadir después: “cogeré mi fusil y permaneceré en Libia y si es preciso derramaré hasta la última gota de mi sangre”. Y yo me pregunto: ¿por qué no empieza por el final?

Ante lo que está viéndose, primero en Túnez, luego en Egipto, ahora en Libia y mañana en no se sabe dónde… ¿qué hacen los Gobiernos de Occidente? Hacen literatura. ¿Y las sociedades europeas, tan sensibles a cualquier represión o injusticia? Pues no mueven un dedo. Al parecer, sólo se ponen a la tarea cuando se trata de protestar contra Gobiernos de los EEUU.

Joaquín Leguina | El perro loco

El 21 de diciembre de 1988, un Boeing 747 de la Pan Am cayó sobre la localidad escocesa de Lockerbie. En el accidente murieron las 270 personas, todos los ocupantes del avión más 11 aplastadas en tierra por los restos del aparato. Una bomba introducida a bordo por agentes libios a las órdenes del coronel Gadafi fue la responsable de la catástrofe.

Un crimen que Gadafi nunca pagará como merece, aunque uno de sus secuaces, Abdel Baset al Megrahil, fue entregado por el sátrapa libio y, tras ser juzgado en Holanda, fue condenado a 27 años de cárcel que no cumplió, pues en agosto de 2009 fue liberado “por razones humanitarias” y, ante el estupor y el enojo de los familiares de las víctimas, regresó a Trípoli, donde fue recibido con aclamaciones por los mismos que ahora disparan contra sus compatriotas.

En octubre de 2002, Gadafi ofreció una compensación de 10 millones de dólares por cada víctima y el 15 de agosto de 2003 aceptó formalmente su responsabilidad en el atentado. A partir de ahí el coronel pasó de ser “el perro loco” (así lo motejaba Ronald Reagan) a ser un “arrepentido y amigo de Occidente”. Hasta tal punto que durante los últimos años se ha paseado por las capitales europeas en loor de los más preclaros gobiernos, recibiendo parabienes y rodeado de “vírgenes mercenarias” que lo acompañan en su famosa jaima.

“Si yo fuera presidente, os tiraría a la cara mi dimisión, pero soy mucho más, soy el líder de la revolución”, ha dicho hace dos días. Para añadir después: “cogeré mi fusil y permaneceré en Libia y si es preciso derramaré hasta la última gota de mi sangre”. Y yo me pregunto: ¿por qué no empieza por el final?

Ante lo que está viéndose, primero en Túnez, luego en Egipto, ahora en Libia y mañana en no se sabe dónde… ¿qué hacen los Gobiernos de Occidente? Hacen literatura. ¿Y las sociedades europeas, tan sensibles a cualquier represión o injusticia? Pues no mueven un dedo. Al parecer, sólo se ponen a la tarea cuando se trata de protestar contra Gobiernos de los EEUU.

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