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El 59% de los egipcios considera que la democracia es mejor que la tiranía, pero el 80% de sus musulmanes defiende castigar el adulterio con lapidación y la pena de muerte para quien abandona el islam. Creer en la soberanía popular sin reconocer los derechos individuales no es ser demócrata.

El estudio del prestigioso Pew Research sólo añade tres países más que se parecen a los que han sufrido las revueltas o han empezado a experimentarlas. Jordania y Paquistán arrojan resultados muy parecidos a los de Egipto, mientras que en Nigeria los musulmanes que apoyan ese tipo de violaciones de los derechos humanos son una mayoría que apenas supera el 50% de la población.

Aunque no existen datos precisos sobre todos los lugares en los que se han producido las revueltas, la principal excepción a esta colisión entre el islam y los derechos individuales podría ser Túnez. Es posible igualmente que la población de Bahréin sea más tolerante, pero debemos recordar que no deja de ser un emirato donde se produce un apartheid religioso: los suníes imponen su ley a los chiíes aunque sean una clara minoría.

Los últimos treinta años han visto crecer exponencialmente la islamización de la sociedad en buena parte de Oriente Medio y el norte de África. Según las propias estadísticas del Gobierno egipcio, citadas por New York Times, el número de mezquitas por habitante se multiplicó por ocho entre 1986 y 2005 en todo el país.

Olivier Roy, quizás el experto mundial que mejor conoce el islam político junto con Gilles Kepel, cree que hay que distinguir entre el conservadurismo religioso de la gente por un lado y que quieran que esos valores se conviertan en los pilares del Estado por otro. Según el artículo que publicó en Le Monde, la islamización de la sociedad ha desatado una corriente individualista que asume la confesión y las prácticas de cada uno como algo enteramente privado.

El planteamiento de Roy acierta al dibujar la realidad de que muchos musulmanes rechazan los regímenes teocráticos que tienen línea directa con Dios y las comunicaciones rotas con el pueblo. Sin embargo, exagera al proyectar sobre ellos la privacidad de la religión que existe en occidente: Los musulmanes egipcios (85%), nigerianos (82%), jordanos (76%) y paquistaníes (69%) consideran que la influencia del islam en la política es francamente positiva y dejan abierta la puerta a que el Estado se ponga al servicio de determinadas prácticas incompatibles con los derechos humanos.

Los estallidos revolucionarios de unos rebeldes que se sublevan contra sus tiranos reclamando la soberanía popular ofrecen la impresión de que efectivamente son democráticos. El apoyo o al menos la complicidad silenciosa de la mayoría de la población en muchos casos también confirman esa primera sensación. Cuando los vemos arrodillados con pancartas pacifistas o prenderse fuego ante los cuerpos de seguridad o los tanques del sátrapa, nuestras dudas se evaporan definitivamente.

Según afirma Gonzalo Toca en Expansión, sin embargo, el protagonismo que esperan del islam en sus instituciones y su defensa de los castigos tal y como los establece el Corán demuestran que no persiguen la democracia, sino descabezar a sus dictadores y hacer que el poder vuelva a la mayoría. Los derechos individuales, sin los que el pueblo soberano tiene licencia para linchar y destruir a las minorías, quedan apartados de la ecuación junto con el surgimiento de un verdadero sistema de libertades.

¿Libertad? Los "revolucionarios" musulmanes prefieren el Corán a la democracia

El 59% de los egipcios considera que la democracia es mejor que la tiranía, pero el 80% de sus musulmanes defiende castigar el adulterio con lapidación y la pena de muerte para quien abandona el islam. Creer en la soberanía popular sin reconocer los derechos individuales no es ser demócrata.

El estudio del prestigioso Pew Research sólo añade tres países más que se parecen a los que han sufrido las revueltas o han empezado a experimentarlas. Jordania y Paquistán arrojan resultados muy parecidos a los de Egipto, mientras que en Nigeria los musulmanes que apoyan ese tipo de violaciones de los derechos humanos son una mayoría que apenas supera el 50% de la población.

Aunque no existen datos precisos sobre todos los lugares en los que se han producido las revueltas, la principal excepción a esta colisión entre el islam y los derechos individuales podría ser Túnez. Es posible igualmente que la población de Bahréin sea más tolerante, pero debemos recordar que no deja de ser un emirato donde se produce un apartheid religioso: los suníes imponen su ley a los chiíes aunque sean una clara minoría.

Los últimos treinta años han visto crecer exponencialmente la islamización de la sociedad en buena parte de Oriente Medio y el norte de África. Según las propias estadísticas del Gobierno egipcio, citadas por New York Times, el número de mezquitas por habitante se multiplicó por ocho entre 1986 y 2005 en todo el país.

Olivier Roy, quizás el experto mundial que mejor conoce el islam político junto con Gilles Kepel, cree que hay que distinguir entre el conservadurismo religioso de la gente por un lado y que quieran que esos valores se conviertan en los pilares del Estado por otro. Según el artículo que publicó en Le Monde, la islamización de la sociedad ha desatado una corriente individualista que asume la confesión y las prácticas de cada uno como algo enteramente privado.

El planteamiento de Roy acierta al dibujar la realidad de que muchos musulmanes rechazan los regímenes teocráticos que tienen línea directa con Dios y las comunicaciones rotas con el pueblo. Sin embargo, exagera al proyectar sobre ellos la privacidad de la religión que existe en occidente: Los musulmanes egipcios (85%), nigerianos (82%), jordanos (76%) y paquistaníes (69%) consideran que la influencia del islam en la política es francamente positiva y dejan abierta la puerta a que el Estado se ponga al servicio de determinadas prácticas incompatibles con los derechos humanos.

Los estallidos revolucionarios de unos rebeldes que se sublevan contra sus tiranos reclamando la soberanía popular ofrecen la impresión de que efectivamente son democráticos. El apoyo o al menos la complicidad silenciosa de la mayoría de la población en muchos casos también confirman esa primera sensación. Cuando los vemos arrodillados con pancartas pacifistas o prenderse fuego ante los cuerpos de seguridad o los tanques del sátrapa, nuestras dudas se evaporan definitivamente.

Según afirma Gonzalo Toca en Expansión, sin embargo, el protagonismo que esperan del islam en sus instituciones y su defensa de los castigos tal y como los establece el Corán demuestran que no persiguen la democracia, sino descabezar a sus dictadores y hacer que el poder vuelva a la mayoría. Los derechos individuales, sin los que el pueblo soberano tiene licencia para linchar y destruir a las minorías, quedan apartados de la ecuación junto con el surgimiento de un verdadero sistema de libertades.

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