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Hace algo menos de una semana tuve la oportunidad de estar de nuevo con profesionales y expertos en cuestiones de igualdad, en el marco de las 7.ª Jornadas sobre Igualdad de Género organizadas por el Área de Mujer de la Diputación de Alicante de la que soy responsable desde hace aproximadamente cuatro años... Y les puedo decir, con absoluta firmeza, que en todo este tiempo he aprendido mucho no, muchísimo, de las experiencias de aquellas personas que trabajan por y para las mujeres, por y para la igualdad...

En esta ocasión, estuvimos debatiendo y analizando sobre la situación de las mujeres que, por alguna circunstancia personal, social o económica, se encuentran en una posición de especial vulnerabilidad. Una posición que les lleva, en muchísimas ocasiones, a sufrir la denominada doble exclusión social. Ser mujer y padecer algún tipo de discapacidad, ser mujer y tener alguna adicción, ser mujer y estar en situación de reclusión dentro de una prisión, ser mujer y pertenecer a la etnia gitana, ser mujer inmigrante, etcétera. Multitud de factores que, vinculados a situaciones concretas de tradicional marginalidad social, multiplican exponencialmente el riesgo de cualquier mujer de padecer una verdadera exclusión social, doble e incluso a veces triple.

Estuvimos, por tanto, toda la jornada analizando estas cuestiones y las dificultades de participación en la vida pública de las mujeres, con y sin circunstancia añadida de exclusión social. Conocimos el punto de vista de profesionales vinculados al desarrollo de políticas de igualdad de género y, lo que es más importante, conocimos sus vivencias, sus experiencias y sus proyectos actuales con mujeres. Así, pudimos aplaudir la encomiable labor de Rosa Escandell y su organización PRM que, con una clara visión empresarial, ha sabido conjugar la tarea social y la rentabilidad empresarial, utilizando los microcréditos como forma de potenciar la autonomía y la independencia económica de las mujeres reclusas y ex reclusas de la prisión de Villena. Pudimos también conocer la labor que, desde Proyecto Hombre en Alicante, se está llevando a cabo con las mujeres que sufren algún tipo de adicción, fomentando su autoestima y trabajando también conjuntamente con las familias. Y pudimos, asimismo, maravillarnos con la exposición de Belma Rosado, una mujer invidente que ha sufrido esa doble exclusión social y que se ha volcado en trabajar por fomentar la vida independiente de todas las personas que padecen algún tipo de discapacidad y muy especialmente de las mujeres. Un testimonio, desde luego, digno de admiración y aplauso.

Una jornada repleta de buenas prácticas y sobre todo de admiración contenida, porque hablar de exclusión social supone indudablemente pensar en colaboración, solidaridad y voluntariado, palabras que son capaces, por sí mismas, de remover todas las conciencias y de apelar a la buena fe de todos y todas…, y más en los difíciles tiempos que nos está tocando vivir...

Además, ni que decir tiene que tuvimos un comienzo y un final de jornada totalmente antagónico, pues aunque la inauguración corrió a cargo de la «viajera e intrépida», como las mujeres de su propia novela, Cristina Morató, que nos deleitó con su experiencia vital conviviendo con mujeres africanas, quisimos poner el colofón hablando de inclusión y no de exclusión. Hablar de inclusión es hablar en positivo, sin derrotismos y con esperanza. Y si encima mezclamos la condición de mujer y gitana, tenemos lo que todos esperábamos: espectáculo. Pues sí, acabamos cantando y bailando de la mano de un grupo de cantaores flamencos gitanos encabezado por dos mujeres, las Hermanas Bautista, también gitanas, que sobre el escenario demostraron que se puede ser Mujer, Gitana... y ¡triunfar! La ovación final del público fue, sin lugar a dudas, la mejor de las pruebas. Un buen final para una buena jornada, cargada de emociones y de triunfos personales y profesionales. Una jornada en la que quedó claro, tal y como recitó uno de los cantaores, que las mujeres «podemos», «estamos» y «queremos» y que hemos de decirnos y gritar más a menudo aquello de: «¡Qué vivan las mujeres!».

María Asunción Prieto | ¡Que vivan las mujeres!

Hace algo menos de una semana tuve la oportunidad de estar de nuevo con profesionales y expertos en cuestiones de igualdad, en el marco de las 7.ª Jornadas sobre Igualdad de Género organizadas por el Área de Mujer de la Diputación de Alicante de la que soy responsable desde hace aproximadamente cuatro años... Y les puedo decir, con absoluta firmeza, que en todo este tiempo he aprendido mucho no, muchísimo, de las experiencias de aquellas personas que trabajan por y para las mujeres, por y para la igualdad...

En esta ocasión, estuvimos debatiendo y analizando sobre la situación de las mujeres que, por alguna circunstancia personal, social o económica, se encuentran en una posición de especial vulnerabilidad. Una posición que les lleva, en muchísimas ocasiones, a sufrir la denominada doble exclusión social. Ser mujer y padecer algún tipo de discapacidad, ser mujer y tener alguna adicción, ser mujer y estar en situación de reclusión dentro de una prisión, ser mujer y pertenecer a la etnia gitana, ser mujer inmigrante, etcétera. Multitud de factores que, vinculados a situaciones concretas de tradicional marginalidad social, multiplican exponencialmente el riesgo de cualquier mujer de padecer una verdadera exclusión social, doble e incluso a veces triple.

Estuvimos, por tanto, toda la jornada analizando estas cuestiones y las dificultades de participación en la vida pública de las mujeres, con y sin circunstancia añadida de exclusión social. Conocimos el punto de vista de profesionales vinculados al desarrollo de políticas de igualdad de género y, lo que es más importante, conocimos sus vivencias, sus experiencias y sus proyectos actuales con mujeres. Así, pudimos aplaudir la encomiable labor de Rosa Escandell y su organización PRM que, con una clara visión empresarial, ha sabido conjugar la tarea social y la rentabilidad empresarial, utilizando los microcréditos como forma de potenciar la autonomía y la independencia económica de las mujeres reclusas y ex reclusas de la prisión de Villena. Pudimos también conocer la labor que, desde Proyecto Hombre en Alicante, se está llevando a cabo con las mujeres que sufren algún tipo de adicción, fomentando su autoestima y trabajando también conjuntamente con las familias. Y pudimos, asimismo, maravillarnos con la exposición de Belma Rosado, una mujer invidente que ha sufrido esa doble exclusión social y que se ha volcado en trabajar por fomentar la vida independiente de todas las personas que padecen algún tipo de discapacidad y muy especialmente de las mujeres. Un testimonio, desde luego, digno de admiración y aplauso.

Una jornada repleta de buenas prácticas y sobre todo de admiración contenida, porque hablar de exclusión social supone indudablemente pensar en colaboración, solidaridad y voluntariado, palabras que son capaces, por sí mismas, de remover todas las conciencias y de apelar a la buena fe de todos y todas…, y más en los difíciles tiempos que nos está tocando vivir...

Además, ni que decir tiene que tuvimos un comienzo y un final de jornada totalmente antagónico, pues aunque la inauguración corrió a cargo de la «viajera e intrépida», como las mujeres de su propia novela, Cristina Morató, que nos deleitó con su experiencia vital conviviendo con mujeres africanas, quisimos poner el colofón hablando de inclusión y no de exclusión. Hablar de inclusión es hablar en positivo, sin derrotismos y con esperanza. Y si encima mezclamos la condición de mujer y gitana, tenemos lo que todos esperábamos: espectáculo. Pues sí, acabamos cantando y bailando de la mano de un grupo de cantaores flamencos gitanos encabezado por dos mujeres, las Hermanas Bautista, también gitanas, que sobre el escenario demostraron que se puede ser Mujer, Gitana... y ¡triunfar! La ovación final del público fue, sin lugar a dudas, la mejor de las pruebas. Un buen final para una buena jornada, cargada de emociones y de triunfos personales y profesionales. Una jornada en la que quedó claro, tal y como recitó uno de los cantaores, que las mujeres «podemos», «estamos» y «queremos» y que hemos de decirnos y gritar más a menudo aquello de: «¡Qué vivan las mujeres!».

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