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Aleix Vidal-Quadras | ¿Para qué sirve un eurodiputado?

Con motivo de la forzada polémica sobre las condiciones de trabajo de los miembros del Parlamento Europeo, algunos columnistas de pluma ágil aunque no suficientemente desprejuiciada han preguntado llenos de sana curiosidad cuál es la utilidad de los mismos. Han planteado así un interrogante muy oportuno porque el solo hecho de que personas tan bien informadas lo formulen públicamente indica que existe una preocupante ignorancia al respecto. De la misma forma que todo el mundo conoce y alaba la imprescindible función de una prensa objetiva, independiente y vigilante, sería magnífico que la ciudadanía estuviese al corriente de la valiosa contribución de la Eurocámara a su bienestar, a su prosperidad y a la calidad de nuestra democracia. La Unión Europea es una empresa económico-jurídico-política admirable sin precedentes en la Historia. El hecho de que un número tan grande de Estados decidan someterse a un derecho común, compartir instituciones y actuar conjuntamente en áreas tan decisivas como la energía, el transporte, la industria, la agricultura, el comercio exterior, la competencia y el mercado interior, hubiera sido considerado una utopía inalcanzable hace ochenta años, sin ir más lejos. Gracias a su pertenencia a la Unión, España ha duplicado su renta per cápita en el último cuarto de siglo y las oportunidades que se han abierto para nuestras empresas son impresionantes. La creación de un espacio tan vasto y poblado en el que quinientos millones de seres humanos disfrutan de libertad de circulación, trabajo y residencia y de movimiento de capitales, bienes y servicios ha multiplicado la riqueza de los europeos de manera espectacular. En este contexto, el Parlamento Europeo es la institución en la que la democracia comunitaria alcanza su máxima expresión y sus miembros, elegidos por sufragio universal, directo y secreto, colegislan en pie de igualdad con el Consejo, formado por los Gobiernos nacionales, en casi todos los dominios en los que la Unión tiene competencias. Tras la aprobación del Tratado de Lisboa, el Parlamento es probablemente la instancia más poderosa del entramado europeo y de sus debates y decisiones dependen cuestiones cruciales para la vida cotidiana de los ciudadanos. Desde la seguridad de suministro de gas a la autorización, registro y evaluación de productos químicos, pasando por la gestión de la inmigración o los acuerdos de pesca con terceros países, hasta los derechos de los usuarios de la sanidad pública, los límites de emisión de los tubos de escape o el tiempo de descanso de los conductores de camión, el Parlamento elabora y aprueba directivas, reglamentos e instrumentos financieros que después se trasponen a las leyes nacionales hasta el punto que el setenta por ciento de las normas que hoy nos afectan tienen un origen europeo. Hace doce años que me honro en trabajar en la casa de la democracia comunitaria y puedo atestiguar que mis colegas son en su inmensa mayoría gentes de elevado nivel profesional, académico y político, que desempeñan su cometido en varias lenguas con jornadas de trabajo de entre doce y catorce horas con un nivel de motivación y calidad verdaderamente encomiable. Saben que de sus aciertos o de sus errores dependen críticamente asuntos clave para sus representados y procuran estar a la altura de esta trascendental responsabilidad. Una experiencia que aconsejo a los comentaristas que estos días se han lanzado a un alud de epítetos y valoraciones no siempre ecuánimes es la de acompañar a un eurodiputado durante una semana de trabajo en Bruselas o en Estrasburgo y tomar nota detallada del empleo de su tiempo, de la complejidad y la importancia de los temas que trata, de su estilo de vida y de su dedicación. Estoy seguro que tras este conocimiento directo del mundo parlamentario europeo, sus futuras apreciaciones sobre este microcosmos multinacional, multilingüe y multicultural serán bastante más ponderadas.

Más de Vidal-Quadras en su blog: http://alejoresponde.com/

©Aleix Vidal-Quadras

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