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Aleix Vidal-Quadras | Votos y principios

La pérdida de la mayoría por parte de la democracia cristiana en el Land de Baden-Wurtemberg tras cincuenta y ocho años seguidos en el gobierno arroja una lección interesante sobre sociología electoral. En este estado federado de la República alemana existen cuatro centrales nucleares en operación y, como es natural, el grave accidente de Fukushima, aunque producido como consecuencia de una catástrofe natural en la otra punta del planeta, ha generado en su población un clima emocional adverso a esta fuente de energía. Con el fin de paliar los previsibles efectos en las urnas del pasado 27 de marzo, el partido de Ángela Merkel ha cambiado precipitadamente su posición al respecto y ha revocado su plan de prolongar la vida útil de las plantas de fisión de su país hasta su límite técnico. Este bandazo ha sido tan obviamente oportunista y ha transmitido hasta tal punto una imagen del gobierno impregnada de inconsistencia y de cortoplacismo que no sólo no ha impedido la derrota, sino que ha provocado un crecimiento espectacular de los verdes, que se han hecho dueños de la situación. Cuando al veterano político británico Harold Macmillan le preguntaron ya retirado cuál había sido la peor dificultad a la que se había enfrentado en su dilatada carrera pública, contestó: “Los acontecimientos, sin duda alguna, los acontecimientos”. En otras palabras, que seria absurdo negar que sucesos inesperados de carácter trascendental pueden modificar por completo la opinión ciudadana y obligar a los candidatos en unos comicios a adaptarse al nuevo escenario. Sin embargo, una cosa es tener en cuenta una realidad distinta y otra perder la faz de forma indecorosa. Un activo muy valioso de un político es su credibilidad y una cualidad muy apreciada por los votantes es la coherencia. Las buenas gentes de Baden-Wurtemberg, una de las regiones más prósperas de Europa, a la vista de la veloz renuncia de la canciller a planteamientos que ayer presentaba como sólidamente defendibles mediante una rigurosa argumentación, se han apresurado a su vez a apoyar a aquella opción que más genuinamente representa las tesis ahora frenéticamente abrazadas por una Merkel repentinamente convertida al ecologismo radical. Con su frívolo quiebro, la dama de hierro de Berlín se ha transformado como una muñeca de plastilina y ha unido la pérdida de su reputación al fracaso político. En situaciones como la creada por el cataclismo de Japón es mucho más seguro mantener dignamente las propias convicciones en un contexto transitoriamente adverso que lanzarse a piruetas patéticas intentando conseguir la victoria a través del engaño. La experiencia demuestra que todo intento de ganar votos sacrificando los principios acaba en la pérdida de los principios y de los votos.

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