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Ernesto Ladrón de Guevara | Sin tí soy alguien

Sí, Sr RuGALcaba, sin usted somos más dignos, pasamos menos vergüenza ajena, conseguiremos una idea más moral de la vida pública.

Sin Rubalcaba, el señor que estuvo en el gobierno de los GAL y de Roldán, la vida pública será más limpia, menos oscura, más ética. Rubalcaba tiene una extraña asociación con los episodios más marrones de nuestra historia próxima, como aquel 11-M y los sucesos posteriores que dieron, contra toda previsión, entrada a Zapatero en este Gobierno ruinoso. Sin Rubalcaba no habría tantos impedimentos para depurar las cloacas del Estado, que, por ejemplo, impiden resolver las incógnitas que rodean a ese episodio negro que sucedió en Atocha. Sin Rubalcaba no habría sucedido lo del Bar Faisán y las complicidades con ETA, etc.

Sigo creyendo en la política como espacio de servicio a los ciudadanos, como lugar en la que éstos tienen participación, tal como predica la Constitución en palabra huera. Sigo creyendo en la política como pedagogía de valores, donde se transmita lo más sano y digno del ser humano, desde donde se enseñe vicariamente a la sociedad comportamientos cívicos. Sigo pensando en la utopía de la política como ámbito de los valores, porque si no es así la política no sirve, la política se convierte en algo sucio, deleznable, y la propia democracia acaba teniendo en sí los designios de la desvirtuación, de la descomposición. Pero Rubalcaba representa lo opuesto. Allí donde esté Rubalcaba uno teme lo peor. Uno ve representado en ese señor siniestro la quintaesencia del uso ilimitado de medios ilegítimos. Y yo soy de los que creo que el fin no justifica los medios, y que es preferible lograr objetivos justos por caminos indirectos pero diáfanos que por la vía rápida pero plagada de procedimientos espurios. La ley obliga más a los gobernantes que a los ciudadanos, pues éstos deben ser garantes de la misma y ser ejemplo para que los ciudadanos aceptemos la fuerza del Estado como fundamento de la convivencia.

Recuerdo en mi paso por el partido socialista dos episodios que dieron lugar a un cambio en mi vida. El primero fue cuando dimití de un cargo público que desempeñé a finales de los años ochenta. Un personaje que entonces era vicelehendakari y ahora ministro me recriminó ser muy rígido, de no tener “flexibilidad”. Le contesté que en cuestión de principios yo era inflexible “a mucha honra”, y que me debía al imperio de la ley por encima de todo en el desempeño público. En la otra ocasión rompí el carné del partido ante otro dirigente ya desaparecido de este mundo terrenal cuando me dijo que el adversario a abatir –desde el plano político- no era el PNV, que en ese momento tenía una clara complicidad con el mundo proetarra, sino el PP que era el rival en la Moncloa. En ambos casos añadí una enorme decepción pues cuando me afilié al socialismo creía que defendía causas justas y que la motivación de justicia social, de libertad y de democracia estaba por encima de otras consideraciones. Hoy considero que aquella decisión de marcharme de un partido socialista con la carcoma metida en su tuétano fue una de las mejores que he adoptado en mi vida.

Causa desazón, y me corroe las entrañas ver al Gobierno de mi país pactando una desactivación de los aparatos de persecución del delito, tramando con ETA una estrategia de inhibición del Estado de Derecho. Eso es colaboración con el terrorismo aunque la finalidad sea desactivarlo. En este caso el fin no justifica los medios si es mediante la degradación de los pilares que justifican el Estado constitucional. Veremos lo que dice la justicia al respecto, pero a ninguna persona de bien le puede causar indiferencia un hecho tan grave. No me es suficiente lo que se dice del proceso de amnistía anterior en el que una parte de ETA abandonó las armas en los prolegómenos de la democracia. ¿Sirvió de algo? Evidentemente, a la luz de lo que sucedió en las décadas subsiguientes de poco. Yo no estaba a favor del régimen extinto en la fase previa a la democracia en España y por ello jamás se me ocurrió empuñar las armas. Quien asesina es un criminal sea cual sea su motivación, aunque esté movida por ideales excelsos y utopías bellísimas. Ni estuve a favor de aquella amnistía ni estoy a favor de la conculcación de los más elementales principios del funcionamiento democrático en este momento para poner fin a una secta mafiosa que nos ha estado privando de libertad y ha enquistado el fundamento de la convivencia cívica. No se pueden buscar atajos ilegítimos para lograr resultados inciertos por anhelados que sean éstos por el conjunto de la sociedad.

He visto a mucha gente, incluidos mi familia y yo mismo, pasarlo muy mal por su compromiso con el Estado de Derecho, la Constitución y por su confrontación activa con las fuerzas represoras de la libertad y la democracia en el País Vasco de las que ETA y sus secuaces eran instrumento fundamental. He perdido amigos bajo las balas de ETA, como López de Lacalle que tengo en mi recuerdo permanentemente. He sido testigo de cómo mucha gente se ha tenido que marchar del País Vasco por la presión ambiental. Y, a pesar de todo, han resistido activamente muchos ciudadanos vascos, entre los que me encuentro, que preferían seguir sufriendo y defender el Estado de Derecho a doblegarse vilmente ante los servidores de la serpiente y el hacha.

Por eso se me revuelven las entrañas ante lo que ya sospechábamos pero que ahora certifican las actas requisadas a ETA. Ni más ni menos que el Gobierno había pactado con ETA mirar para otro lado, no darse por aludido ante la extorsión “revolucionaria”, conceder beneficios penitenciarios a gente como De Juana Chaos, no detener a etarras, dar entrada a los seguidores de la Banda en la política y otras cuestiones deleznables. ¿Es mejor eso que la persistencia del terrorismo? Yo solo digo que así no, que eso no es… Para que el Gobierno sea legítimo tiene que ser antes digno, y someterse al imperio del derecho. Por muy bien que lo haya hecho el Gobierno en esta última legislatura en la persecución al terrorismo, lo desvelado en los documentos captados a ETA deja descompuestos y desnudos a sus máximos mandatarios.

La dimisión de Rubalcaba es una circunstancia indispensable para el saneamiento de la cosa pública. De Zapatero hablaremos más tarde.

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