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A día de hoy, seis de cada diez españoles estarían dispuestos a irse de España para encontrar un empleo. El dato, facilitado por un reciente estudio, no sorprende a nadie. Por un lado, porque demuestra el drama cotidiano en el que se hallan millones de españoles que han perdido la esperanza de encontrar trabajo en su país. Por otro lado, porque una vez más se constata una realidad histórica: siempre que el socialismo asalta el poder, lo abandona dejando a España hecha un erial.

Pese a todo, hay quien, de igual modo que los cuatreros socialistas, no duda en encontrar brotes verdes en nuestro mercado laboral. Es el caso de Randstad, autora del estudio. A juicio de la ETT, los datos, lejos de ser dramáticos, resultan ser incluso positivos toda vez que constituyen un “rasgo de madurez del profesional español”. O sea, que el español no emigra por necesidad, sino por madurez. Ya saben, si quieren madurar lo tienen fácil: pierdan su trabajo. Es de coña.

Pero de coña o no, lo cierto es que tiene sentido que las ett´s desborden alegría. Sus acciones presentes y futuras siguen una tendencia alcista permanente No olvidemos que la base de su alimento y de sus beneficios –como la del hipercapitalismo- se sustenta en la “flexibilidad” laboral. Cuanto más flexible sea el mercado, más inestable será la situación del trabajador. A mayor inestabilidad mayor vulnerabilidad. A mayor vulnerabilidad, menor su capacidad de negociación.

Desasistido de una casta política y sindical que le ha abandonado a su suerte, el ciudadano español no aspira ya a diseñar un proyecto de vida que le permita prosperar, tal y como hicieron sus padres; antes al contrario, se conforma con hacer el hatillo y sobrevivir, tal y como hicieron sus abuelos. Lejos de ser esa nación moderna y de pleno empleo que nos prometió nuestra demagoga casta política, España vuelve a ser un país emigrante; de gigantes y cabezudos, de limosna y sandalias, como lo fuera antaño. Solo que con siete millones de inmigrantes. También de coña.

Esta y no otra es la cuestión. Si nuestras tasas de paro actual duplican a las de la UE, y el empleo juvenil triplica la media mundial, algo tendrá que ver el hecho de que España haya sido, en la última década, el país del mundo que más inmigrantes ha acogido en términos porcentuales, y el segundo –sólo superado por EEUU- en términos absolutos. Ahí reside la trampa. ¿Que el paro es un elemento estructural de nuestra economía? Sería milagroso que no lo fuera. La cosa resulta tan ayuna de sentido común que parece de ciencia ficción. Lamentablemente no lo es.

Las elites ya tienen lo que querían. Gracias a la invasión inmigrante promovida por la clase política, han conseguido rebajar el nivel salarial de los españoles, al igual que antes se sirvieron de la deslocalización para desregular el mercado laboral. Merced a la activa colaboración sindical, las condiciones del trabajador son más precarias de lo que lo fueron en los últimos setenta años. Y qué decir de los empresarios y autónomos, columna vertebral del empleo en España. Cierran cada día dejando el campo libre a las grandes empresas y multinacionales. España es un país de proletarios. Más de lo que nunca lo fue. De proletarios españoles. Y de proletarios inmigrantes. Un nutrido buffet de RRHH al servicio de unas elites que tienen a España por donde querían: cogida de los huevos. Nada de ello es casual. Por cierto, quienes emigran son los españoles; los inmigrantes optan por quedarse ¿Acaso lo dudaban?

Óscar Rivas | España: un país emigrante con 7 millones de inmigrantes

A día de hoy, seis de cada diez españoles estarían dispuestos a irse de España para encontrar un empleo. El dato, facilitado por un reciente estudio, no sorprende a nadie. Por un lado, porque demuestra el drama cotidiano en el que se hallan millones de españoles que han perdido la esperanza de encontrar trabajo en su país. Por otro lado, porque una vez más se constata una realidad histórica: siempre que el socialismo asalta el poder, lo abandona dejando a España hecha un erial.

Pese a todo, hay quien, de igual modo que los cuatreros socialistas, no duda en encontrar brotes verdes en nuestro mercado laboral. Es el caso de Randstad, autora del estudio. A juicio de la ETT, los datos, lejos de ser dramáticos, resultan ser incluso positivos toda vez que constituyen un “rasgo de madurez del profesional español”. O sea, que el español no emigra por necesidad, sino por madurez. Ya saben, si quieren madurar lo tienen fácil: pierdan su trabajo. Es de coña.

Pero de coña o no, lo cierto es que tiene sentido que las ett´s desborden alegría. Sus acciones presentes y futuras siguen una tendencia alcista permanente No olvidemos que la base de su alimento y de sus beneficios –como la del hipercapitalismo- se sustenta en la “flexibilidad” laboral. Cuanto más flexible sea el mercado, más inestable será la situación del trabajador. A mayor inestabilidad mayor vulnerabilidad. A mayor vulnerabilidad, menor su capacidad de negociación.

Desasistido de una casta política y sindical que le ha abandonado a su suerte, el ciudadano español no aspira ya a diseñar un proyecto de vida que le permita prosperar, tal y como hicieron sus padres; antes al contrario, se conforma con hacer el hatillo y sobrevivir, tal y como hicieron sus abuelos. Lejos de ser esa nación moderna y de pleno empleo que nos prometió nuestra demagoga casta política, España vuelve a ser un país emigrante; de gigantes y cabezudos, de limosna y sandalias, como lo fuera antaño. Solo que con siete millones de inmigrantes. También de coña.

Esta y no otra es la cuestión. Si nuestras tasas de paro actual duplican a las de la UE, y el empleo juvenil triplica la media mundial, algo tendrá que ver el hecho de que España haya sido, en la última década, el país del mundo que más inmigrantes ha acogido en términos porcentuales, y el segundo –sólo superado por EEUU- en términos absolutos. Ahí reside la trampa. ¿Que el paro es un elemento estructural de nuestra economía? Sería milagroso que no lo fuera. La cosa resulta tan ayuna de sentido común que parece de ciencia ficción. Lamentablemente no lo es.

Las elites ya tienen lo que querían. Gracias a la invasión inmigrante promovida por la clase política, han conseguido rebajar el nivel salarial de los españoles, al igual que antes se sirvieron de la deslocalización para desregular el mercado laboral. Merced a la activa colaboración sindical, las condiciones del trabajador son más precarias de lo que lo fueron en los últimos setenta años. Y qué decir de los empresarios y autónomos, columna vertebral del empleo en España. Cierran cada día dejando el campo libre a las grandes empresas y multinacionales. España es un país de proletarios. Más de lo que nunca lo fue. De proletarios españoles. Y de proletarios inmigrantes. Un nutrido buffet de RRHH al servicio de unas elites que tienen a España por donde querían: cogida de los huevos. Nada de ello es casual. Por cierto, quienes emigran son los españoles; los inmigrantes optan por quedarse ¿Acaso lo dudaban?

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