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Existe un fenómeno psiquiátrico denominado histeria. La histeria consiste en un sobredimensionamiento de las sensaciones, de las percepciones, y un desbordamiento de las reacciones, sin que el sujeto tenga un control sobre ellas. Es una manifestación del neuroticismo.

De un tiempo a esta parte, en estas dos últimas legislaturas se están planteando situaciones exageradas. Tal es el caso de la llamada violencia de género que en realidad es violencia doméstica, donde casos esporádicos se presentan como si fueran una epidemia, con lo cual lo que de hecho pudieran haber sido hechos aislados produce un incremento inducido por el efecto simpatía. Sin embargo se ocultan maltratos con efecto de muerte de niños, vejaciones y abandonos de personas mayores, suicidios por circunstancias desesperantes de hombres despojados hasta de su dignidad, a los que se les priva de la presunción de inocencia, etc. Todo por lo políticamente correcto.

Podríamos mencionar también el desprecio al sostenimiento de la unidad básica de la sociedad que es la familia, fundamental en cualquier sociedad que busca su continuidad. O la necesidad de la compatibilidad entre vida laboral y familiar. Podríamos abrir un capítulo sobre la promoción del aborto que se ha venido realizando fomentando la promiscuidad sin responsabilidad. O sobre la explotación en el trabajo de los jóvenes con jornadas de sol a sol y sueldos miserables mientras que se expropia sus existencias con hipotecas bancarias que duran toda su vida, por culpa de una especulación que la Constitución prohibe expresamente mientras se reconoce el derecho al trabajo y a la vivienda digna y sin que nadie garantice la ejecutividad de ese derecho. Quizás por ello y muchas más cosas como la demencia de un sistema corrupto que hay que regenerar y la descomposición del actual régimen llamado democrático, los jóvenes han empezado a movilizarse con personalidad propia, sin que nadie les tutele. Es por ello que al movimiento llamado “Democracia real, ya” se le está tratando como si fuera un grupo antisistema cuando en realidad es una reacción de la gente normal a una situación desesperante que han generado políticos irresponsables.
De un tiempo a esta parte se está hablando mucho de los llamados niños robados.

No sabemos muy bien por qué tras más de cinco décadas aparece ahora este reclamo igual que surgió la cuestión de la memoria histórica cuando todo el mundo habíamos decidido enterrar tiempos pasados en aras de la concordia.

Este fenómeno de nuevo cuño se basa en el supuesto de que unos niños fallecidos en el momento del parto son sustituidos por otros, o bien en dilucidación sobre si unos neonatos supuestamente fallecidos en realidad sobrevivieron y se les entregó a otras personas mediando o no lucro. Siempre, se entiende, ocultando ese falso fallecimiento a los verdaderos padres para dar a los niños en adopción a terceras personas.

Voy a dar por supuesto que hayan podido existir casos, pero de ahí a hacer generalizaciones, hay un trecho. Se están haciendo afirmaciones bastante temerarias atribuyendo a un sistema político ya pasado o a colectivos de la Iglesia el tráfico de niños. Es una exceso, que en el mejor de los casos es imprudente y en el peor una maldad, con fines perversos. Esto recuerda a, en épocas pretéritas, la atribución que se hacía a los frailes de envenenamiento del agua que luego daba como resultado la quema de conventos, o el simple asesinato de clérigos que se produjo en la II República.

Supongo que no habrá intención lucrativa por parte de quienes promueven este tipo de cosas, pues estamos sobradamente acostumbrados a ver cómo se dilapidan generosamente recursos económicos en asociaciones de lo más variopinto mientras se rebajan las pensiones o se suprimen las ayudas a familias que tienen entre sus miembros a personas dependientes. Quiero pensar que son requerimientos bienintencionados de justicia y de aclaración de unas circunstancias que a nadie nos gustaría padecer, por pura obviedad.

Lo cierto es que he preguntado a personas que se han dedicado a la sanidad en tiempos de Franco y me aseguran que era totalmente improbable que se produjeran situaciones así.

En Alava, al menos, donde vivo y se está suscitando también casos de esta naturaleza, poniendo la espada de Damocles de la sospecha sobre profesionales que han trabajado con toda honestidad durante todo su recorrido vital, aún no se ha podido demostrar la existencia probada de un solo caso. Es más, se puede afirmar que tanto la Diputación Foral de Alava como las instituciones religiosas que se encargaban de actividades asistenciales hicieron una labor sin la cual muchas personas no hubieran podido sobrevivir, pues recogían niños huérfanos o abandonados y, con procedimientos administrativos totalmente transparentes, fomentaban la adopción de esos infantes. En el Archivo Municipal de Vitoria existe una sección documental sobre el funcionamiento del Hospicio o Inclusa. Eran otros tiempos, pero gracias a esa beneficiencia, ciertamente precaria, mucha gente logró salir adelante, cosa que, de otra forma no hubieran podido desarrollar su proyecto vital.

Ya está bien de poner en cuestión alegremente el funcionamiento de las instituciones, sean civiles o religiosas, y de los profesionales médicos que trabajaban para ejercer su función con los medios precarios que se disponían. Es correcto que las personas procuren despejar incógnitas sobre sus antecedentes familiares, e incluso que se trate de hacer justicia sobre cuestiones particulares. Lo que no cabe es extender la sospecha como una mancha de aceite, a no ser que haya otro tipo de intereses detrás de todo este tipo de cuestiones.

Ernesto Ladrón de Guevara | Histeria social

Existe un fenómeno psiquiátrico denominado histeria. La histeria consiste en un sobredimensionamiento de las sensaciones, de las percepciones, y un desbordamiento de las reacciones, sin que el sujeto tenga un control sobre ellas. Es una manifestación del neuroticismo.

De un tiempo a esta parte, en estas dos últimas legislaturas se están planteando situaciones exageradas. Tal es el caso de la llamada violencia de género que en realidad es violencia doméstica, donde casos esporádicos se presentan como si fueran una epidemia, con lo cual lo que de hecho pudieran haber sido hechos aislados produce un incremento inducido por el efecto simpatía. Sin embargo se ocultan maltratos con efecto de muerte de niños, vejaciones y abandonos de personas mayores, suicidios por circunstancias desesperantes de hombres despojados hasta de su dignidad, a los que se les priva de la presunción de inocencia, etc. Todo por lo políticamente correcto.

Podríamos mencionar también el desprecio al sostenimiento de la unidad básica de la sociedad que es la familia, fundamental en cualquier sociedad que busca su continuidad. O la necesidad de la compatibilidad entre vida laboral y familiar. Podríamos abrir un capítulo sobre la promoción del aborto que se ha venido realizando fomentando la promiscuidad sin responsabilidad. O sobre la explotación en el trabajo de los jóvenes con jornadas de sol a sol y sueldos miserables mientras que se expropia sus existencias con hipotecas bancarias que duran toda su vida, por culpa de una especulación que la Constitución prohibe expresamente mientras se reconoce el derecho al trabajo y a la vivienda digna y sin que nadie garantice la ejecutividad de ese derecho. Quizás por ello y muchas más cosas como la demencia de un sistema corrupto que hay que regenerar y la descomposición del actual régimen llamado democrático, los jóvenes han empezado a movilizarse con personalidad propia, sin que nadie les tutele. Es por ello que al movimiento llamado “Democracia real, ya” se le está tratando como si fuera un grupo antisistema cuando en realidad es una reacción de la gente normal a una situación desesperante que han generado políticos irresponsables.
De un tiempo a esta parte se está hablando mucho de los llamados niños robados.

No sabemos muy bien por qué tras más de cinco décadas aparece ahora este reclamo igual que surgió la cuestión de la memoria histórica cuando todo el mundo habíamos decidido enterrar tiempos pasados en aras de la concordia.

Este fenómeno de nuevo cuño se basa en el supuesto de que unos niños fallecidos en el momento del parto son sustituidos por otros, o bien en dilucidación sobre si unos neonatos supuestamente fallecidos en realidad sobrevivieron y se les entregó a otras personas mediando o no lucro. Siempre, se entiende, ocultando ese falso fallecimiento a los verdaderos padres para dar a los niños en adopción a terceras personas.

Voy a dar por supuesto que hayan podido existir casos, pero de ahí a hacer generalizaciones, hay un trecho. Se están haciendo afirmaciones bastante temerarias atribuyendo a un sistema político ya pasado o a colectivos de la Iglesia el tráfico de niños. Es una exceso, que en el mejor de los casos es imprudente y en el peor una maldad, con fines perversos. Esto recuerda a, en épocas pretéritas, la atribución que se hacía a los frailes de envenenamiento del agua que luego daba como resultado la quema de conventos, o el simple asesinato de clérigos que se produjo en la II República.

Supongo que no habrá intención lucrativa por parte de quienes promueven este tipo de cosas, pues estamos sobradamente acostumbrados a ver cómo se dilapidan generosamente recursos económicos en asociaciones de lo más variopinto mientras se rebajan las pensiones o se suprimen las ayudas a familias que tienen entre sus miembros a personas dependientes. Quiero pensar que son requerimientos bienintencionados de justicia y de aclaración de unas circunstancias que a nadie nos gustaría padecer, por pura obviedad.

Lo cierto es que he preguntado a personas que se han dedicado a la sanidad en tiempos de Franco y me aseguran que era totalmente improbable que se produjeran situaciones así.

En Alava, al menos, donde vivo y se está suscitando también casos de esta naturaleza, poniendo la espada de Damocles de la sospecha sobre profesionales que han trabajado con toda honestidad durante todo su recorrido vital, aún no se ha podido demostrar la existencia probada de un solo caso. Es más, se puede afirmar que tanto la Diputación Foral de Alava como las instituciones religiosas que se encargaban de actividades asistenciales hicieron una labor sin la cual muchas personas no hubieran podido sobrevivir, pues recogían niños huérfanos o abandonados y, con procedimientos administrativos totalmente transparentes, fomentaban la adopción de esos infantes. En el Archivo Municipal de Vitoria existe una sección documental sobre el funcionamiento del Hospicio o Inclusa. Eran otros tiempos, pero gracias a esa beneficiencia, ciertamente precaria, mucha gente logró salir adelante, cosa que, de otra forma no hubieran podido desarrollar su proyecto vital.

Ya está bien de poner en cuestión alegremente el funcionamiento de las instituciones, sean civiles o religiosas, y de los profesionales médicos que trabajaban para ejercer su función con los medios precarios que se disponían. Es correcto que las personas procuren despejar incógnitas sobre sus antecedentes familiares, e incluso que se trate de hacer justicia sobre cuestiones particulares. Lo que no cabe es extender la sospecha como una mancha de aceite, a no ser que haya otro tipo de intereses detrás de todo este tipo de cuestiones.

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