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Dicen por los foros de la red que hay que ser muy malo para que te mate el premio Nobel de la Paz. La muerte de Osama Bin Laden en Abbotabbat, a unos cientos de metros de un cuartel militar, ha traído alegría y alborozo a tanto luchador contra la pena de muerte, una paradoja más de esta sociedad hipócrita.

No voy a entrar a valorar si merecía la muerte o no (uno, políticamente incorrecto y que no ve tan mal la pena de muerte en determinados casos, no necesita andarse con versos libres para escamotear la realidad). No voy a evaluar si contraviene las leyes internacionales, y las formas de paso. Ni tan siquiera voy a meterme en la madeja extraña que suponen las informaciones contradictorias: que si iba armado o tan solo llevaba chupachups y billetes de 500 euros, que se le incineró o no se le incineró, o si se parapetó tras una mujer o no, si se leyó el Corán antes de mandarle al fondo del mar, a hacer compañía a Bob Esponja en su piña, o si se preparó su cuerpo como carne Halal para que los pescados no pecaran...

No. Tampoco la imagen de toda la sociedad inclinando la cerviz ante el neoemperador Obama, que me recordaba a aquellas fotos con los jueces supremos de Alemania saludando brazo en alto a Hitler, mucho antes de la IIGM. Voy a una delgada línea roja que espero no traspasar nunca en lo personal.

Puede que Obama fuera el demonio emplumado. Puede que mereciera ser juzgado y que de ese juicio su único destino esperable fuera la silla eléctrica. Puede incluso que el gatillo fácil de los SEAL (esperemos que si leen esto lo hagan considerando mi animus jocandi) les llevara a matarle. Pues bien, ya, bien muerto está. Pero de ahí a organizar un festorro de comunión en torno al cadáver, hay un paso imposible, que mucha gente ha dado de golpe.
Vayamos más lejos: olvidemos esos escrúpulos morales, pero no olvidemos las consecuencias que puede traer la muerte de ese tipo que había pertenecido a la CIA.

Puede que no lo tengamos muy enfocado. Estos días, con la opinión internacional pendiente de los movimientos islámicos con barniz democrático de Egipto, Túnez o Libia, y la estadounidense en los problemas de Obama (el paro, la deuda pública, el avance del partido republicano y consiguiente acoso del Tea Party, un plan de sanidad que hace aguas...) pueden hacernos olvidar que Osama Bin Laden puede ser más peligroso muerto que vivo.

Se convierte en un martir muy relevante, una bandera estupenda hasta para quienes no lo seguían. Pasamos de temer a un líder perdido sin teléfono ni ordenador para que no le localicen, a ignorar a cincuenta jefezuelos cabreados y con muy mala idea. Recordemos que un cable de wikileaks desvelaba que Al Qaeda tenía intención de hacer explotar una bomba atómica en EE.UU. Y sumemos a ésto la revelación de que hace tiempo se sospecha que en Europa, Al Qaeda robó uno de esos artefactos. Dos más dos nos da Osama, en este caso.

Sí, ésto coloca a Obama en buena situación para superar sus problemas domésticos. Es cierto que incumplió su promesa electoral relativa al cierre de Guantánamo y al cese de torturas. No era Zapatero, vamos, cuando prometió retirar las fuerzas de Irak y consiguió que el resto de ejércitos se preguntaran de donde sacar maíz para tanta gallina, sino que era el viejo profesor Tierno Galván: Obama tenía claro que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas. Y es que Bush era malo, muy malo, metía a los terroristas en Guantánamo, pero como Obama es un tipo mejor se los carga directamente. Un demócrata 100%.

Esta guerra de alcantarillas trae a mi memoria esa vieja anécdota que contaba el Coronel San Martín, muñidor del SECED, antecesor de lo que fue el CESID y hoy el CNI, cuando le propuso a su jefe directo, el Almirante Carrero, acabar con ETA por la vía rápida, y éste casi lo manda a un penal militar por ofender así la dignidad del Estado Español.

Claro que poco después, ETA voló por lo aires al Almirante, y dicen que en su entierro Franco le dijo a doña Carmen Pichot, su viuda, que “no hay mal que por bien no venga”, dejando la intriga en el ambiente.

Pero eso, es otra historia

Juan V. Oltra | Obama 1, Osama 0

Dicen por los foros de la red que hay que ser muy malo para que te mate el premio Nobel de la Paz. La muerte de Osama Bin Laden en Abbotabbat, a unos cientos de metros de un cuartel militar, ha traído alegría y alborozo a tanto luchador contra la pena de muerte, una paradoja más de esta sociedad hipócrita.

No voy a entrar a valorar si merecía la muerte o no (uno, políticamente incorrecto y que no ve tan mal la pena de muerte en determinados casos, no necesita andarse con versos libres para escamotear la realidad). No voy a evaluar si contraviene las leyes internacionales, y las formas de paso. Ni tan siquiera voy a meterme en la madeja extraña que suponen las informaciones contradictorias: que si iba armado o tan solo llevaba chupachups y billetes de 500 euros, que se le incineró o no se le incineró, o si se parapetó tras una mujer o no, si se leyó el Corán antes de mandarle al fondo del mar, a hacer compañía a Bob Esponja en su piña, o si se preparó su cuerpo como carne Halal para que los pescados no pecaran...

No. Tampoco la imagen de toda la sociedad inclinando la cerviz ante el neoemperador Obama, que me recordaba a aquellas fotos con los jueces supremos de Alemania saludando brazo en alto a Hitler, mucho antes de la IIGM. Voy a una delgada línea roja que espero no traspasar nunca en lo personal.

Puede que Obama fuera el demonio emplumado. Puede que mereciera ser juzgado y que de ese juicio su único destino esperable fuera la silla eléctrica. Puede incluso que el gatillo fácil de los SEAL (esperemos que si leen esto lo hagan considerando mi animus jocandi) les llevara a matarle. Pues bien, ya, bien muerto está. Pero de ahí a organizar un festorro de comunión en torno al cadáver, hay un paso imposible, que mucha gente ha dado de golpe.
Vayamos más lejos: olvidemos esos escrúpulos morales, pero no olvidemos las consecuencias que puede traer la muerte de ese tipo que había pertenecido a la CIA.

Puede que no lo tengamos muy enfocado. Estos días, con la opinión internacional pendiente de los movimientos islámicos con barniz democrático de Egipto, Túnez o Libia, y la estadounidense en los problemas de Obama (el paro, la deuda pública, el avance del partido republicano y consiguiente acoso del Tea Party, un plan de sanidad que hace aguas...) pueden hacernos olvidar que Osama Bin Laden puede ser más peligroso muerto que vivo.

Se convierte en un martir muy relevante, una bandera estupenda hasta para quienes no lo seguían. Pasamos de temer a un líder perdido sin teléfono ni ordenador para que no le localicen, a ignorar a cincuenta jefezuelos cabreados y con muy mala idea. Recordemos que un cable de wikileaks desvelaba que Al Qaeda tenía intención de hacer explotar una bomba atómica en EE.UU. Y sumemos a ésto la revelación de que hace tiempo se sospecha que en Europa, Al Qaeda robó uno de esos artefactos. Dos más dos nos da Osama, en este caso.

Sí, ésto coloca a Obama en buena situación para superar sus problemas domésticos. Es cierto que incumplió su promesa electoral relativa al cierre de Guantánamo y al cese de torturas. No era Zapatero, vamos, cuando prometió retirar las fuerzas de Irak y consiguió que el resto de ejércitos se preguntaran de donde sacar maíz para tanta gallina, sino que era el viejo profesor Tierno Galván: Obama tenía claro que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas. Y es que Bush era malo, muy malo, metía a los terroristas en Guantánamo, pero como Obama es un tipo mejor se los carga directamente. Un demócrata 100%.

Esta guerra de alcantarillas trae a mi memoria esa vieja anécdota que contaba el Coronel San Martín, muñidor del SECED, antecesor de lo que fue el CESID y hoy el CNI, cuando le propuso a su jefe directo, el Almirante Carrero, acabar con ETA por la vía rápida, y éste casi lo manda a un penal militar por ofender así la dignidad del Estado Español.

Claro que poco después, ETA voló por lo aires al Almirante, y dicen que en su entierro Franco le dijo a doña Carmen Pichot, su viuda, que “no hay mal que por bien no venga”, dejando la intriga en el ambiente.

Pero eso, es otra historia

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