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Los graves problemas que aquejan a España en los ámbitos económico, social e institucional son de tal naturaleza y alcance que no se arreglarán con un cambio de Gobierno que implique únicamente una gestión más competente, honrada y eficiente. El mal es profundo, de raíz, estructural, y exige reformas y cambios de considerable calado. Citaré algunos ejemplos notorios. Cuando la Comisión Europea reclama a nuestro país el control severo de los tremendos déficits y endeudamientos de muchas Comunidades Autónomas, nos está diciendo que necesitamos una redistribución de competencias entre las instancias centrales y las Autonomías y el establecimiento de mecanismos coercitivos mediante los cuales el Ejecutivo central pueda meter en vereda a unas autoridades regionales irresponsablemente pródigas. Pues bien, eso no se hace con una mejor forma de gobernar o con hipotéticos acuerdos voluntarios de las partes implicadas, sino que requiere cirugía constitucional o, como mínimo, la aplicación rigurosa de preceptos de nuestra Carta Magna que jamás han sido utilizados. Otro caso flagrante lo encontramos en las reiteradas llamadas de Bruselas a Madrid para que se ponga en marcha una nueva legislación laboral que acabe con los convenios territoriales y sectoriales que ignoran la realidad de las empresas e implante un contrato único con una cláusula de rescisión que no sea prohibitiva para el empleador. Tampoco semejantes medidas son factibles sin un pacto de Estado o sin un coraje y una autoridad moral sobresalientes de los futuros gobernantes. Y qué decir del imprescindible replanteamiento que demandan nuestros sistemas educativo, energético o de justicia, sometidos todos ellos a tal nivel de deterioro que el responsable político que pretenda devolverles la calidad, la competitividad y el rigor que ahora les falta, se verá obligado a transformarse en un titán sobrehumano. La pregunta que un gran número de ciudadanos se plantea es si la clase política actual alberga todavía la reserva de determinación, de voluntad, de valentía y de patriotismo que una empresa tan formidable solicita. Pronto lo sabremos. Si después de las próximas elecciones generales, los dos grandes partidos nacionales, el ganador y el que pasará a la oposición, saben estar a la altura de estos tiempos turbulentos, actuarán en consecuencia. Si no es así, la Nación colapsará, seremos intervenidos, la gente se lanzará a la calle y surgirá un nuevo orden tras el caos en el que los protagonistas serán otros e imperarán reglas distintas. El precio a pagar por esta convulsión regeneradora será alto y los traumas que se produzcan tardarán en curar. Solemos lamentarnos de que nadie vio venir el desastre financiero que alumbró la presente crisis. No es cierto. Hubo algunos analistas aislados que lo anunciaron. Nadie les escuchó en el fragor de la fiesta, con las consecuencias que aún sufrimos .En referencia al inmediato futuro de España, no digo yo que seamos multitud, pero hace tiempo que suenan unas cuantas voces que insisten en las advertencias. No hay oficio más ingrato que el de profeta.

Aleix Vidal-Quadras | De la Transición a la revisión

Los graves problemas que aquejan a España en los ámbitos económico, social e institucional son de tal naturaleza y alcance que no se arreglarán con un cambio de Gobierno que implique únicamente una gestión más competente, honrada y eficiente. El mal es profundo, de raíz, estructural, y exige reformas y cambios de considerable calado. Citaré algunos ejemplos notorios. Cuando la Comisión Europea reclama a nuestro país el control severo de los tremendos déficits y endeudamientos de muchas Comunidades Autónomas, nos está diciendo que necesitamos una redistribución de competencias entre las instancias centrales y las Autonomías y el establecimiento de mecanismos coercitivos mediante los cuales el Ejecutivo central pueda meter en vereda a unas autoridades regionales irresponsablemente pródigas. Pues bien, eso no se hace con una mejor forma de gobernar o con hipotéticos acuerdos voluntarios de las partes implicadas, sino que requiere cirugía constitucional o, como mínimo, la aplicación rigurosa de preceptos de nuestra Carta Magna que jamás han sido utilizados. Otro caso flagrante lo encontramos en las reiteradas llamadas de Bruselas a Madrid para que se ponga en marcha una nueva legislación laboral que acabe con los convenios territoriales y sectoriales que ignoran la realidad de las empresas e implante un contrato único con una cláusula de rescisión que no sea prohibitiva para el empleador. Tampoco semejantes medidas son factibles sin un pacto de Estado o sin un coraje y una autoridad moral sobresalientes de los futuros gobernantes. Y qué decir del imprescindible replanteamiento que demandan nuestros sistemas educativo, energético o de justicia, sometidos todos ellos a tal nivel de deterioro que el responsable político que pretenda devolverles la calidad, la competitividad y el rigor que ahora les falta, se verá obligado a transformarse en un titán sobrehumano. La pregunta que un gran número de ciudadanos se plantea es si la clase política actual alberga todavía la reserva de determinación, de voluntad, de valentía y de patriotismo que una empresa tan formidable solicita. Pronto lo sabremos. Si después de las próximas elecciones generales, los dos grandes partidos nacionales, el ganador y el que pasará a la oposición, saben estar a la altura de estos tiempos turbulentos, actuarán en consecuencia. Si no es así, la Nación colapsará, seremos intervenidos, la gente se lanzará a la calle y surgirá un nuevo orden tras el caos en el que los protagonistas serán otros e imperarán reglas distintas. El precio a pagar por esta convulsión regeneradora será alto y los traumas que se produzcan tardarán en curar. Solemos lamentarnos de que nadie vio venir el desastre financiero que alumbró la presente crisis. No es cierto. Hubo algunos analistas aislados que lo anunciaron. Nadie les escuchó en el fragor de la fiesta, con las consecuencias que aún sufrimos .En referencia al inmediato futuro de España, no digo yo que seamos multitud, pero hace tiempo que suenan unas cuantas voces que insisten en las advertencias. No hay oficio más ingrato que el de profeta.

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