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Aleix Vidal-Quadras | Inteligencia y moral

En su obra fundamental, La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper establece el vínculo entre la capacidad de entender el mundo y la de distinguir el bien del mal cuando afirma que la decisión de organizar la vida en sociedad mediante un orden racional contiene un profundo significado moral. Por eso el nacionalismo identitario es una doctrina perversa en la medida que su descarada irracionalidad pulveriza las bases éticas de sus pretensiones políticas. Los juegos siniestros de Zapatero con ETA ofrecen una perspectiva muy iluminadora de la visión popperiana de la relación entre inteligencia y moral. El espectral presidente que hoy arrastra su patética figura por los pasillos de un palacio de La Moncloa en el que ulula el viento de la derrota, concibió su repulsivo “proceso de paz” sobre dos premisas: primera, si la banda renunciaba a la violencia gracias a su habilidad negociadora y a su talante seráfico, los españoles, henchidos de agradecimiento, le perdonarían su manifiesta incompetencia, y le volverían a votar; segunda, una ETA pacificada y domesticada permitiría la creación de un amplio frente de izquierdas pilotado por el PSOE que integraría a los nacionalistas de este signo impidiendo así la llegada del centro-derecha al poder hasta la consumación de los siglos. Este planteamiento totalitario y plagado de riesgos sólo podía caber en una cabeza de luces extraordinariamente limitadas dado que no está en la naturaleza del proyecto etarra la aceptación de las reglas democráticas ni el abandono de las pistolas. Al final, el resultado de la irreflexiva pirueta zapateril ha sido que una ETA armada y operativa ha regresado a las instituciones y se dispone a manejar mil millones de euros del erario en los próximos cuatro años mientras sus matones, como hemos visto estos días, siguen amedrentando y coaccionando a los que se resisten a sus delirantes propósitos y vulnerando la ley a cara descubierta retirando banderas nacionales y exhibiendo victoriosamente orlas de rostros criminales. Ni ETA ha rectificado ni el presidente del Gobierno ha conseguido salvarse del desastre electoral. Zapatero ha rendido el Estado democrático a los terroristas a cambio de nada. Queda pues demostrado, como luminosamente expuso el maestro vienés, que la suprema imbecilidad constituye asimismo la máxima maldad. El conocido dicho de que no hay nada peor que un tonto activo es la versión popular de la fina intuición filosófica del gran epistemólogo y científico social cuyo esclarecedor enfoque queda confirmado por este episodio de idiotez e infamia.

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