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En 1965, recién llegado yo a París becado por el Gobierno francés, entré a colaborar con Ruedo Ibérico, la editorial que dirigía José Martínez, cuyo nuevo proyecto era lanzar la revista “Cuadernos de Ruedo Ibérico”. Proyecto al que se habían incorporado Fernando Claudín y Jorge Semprún, además de Juan Goytisolo y otros de la siguiente generación, como Nacho Quintana, Carlos Romero, Manuel Castells y yo mismo. Fue en una reunión del Comité de redacción de aquella revista donde conocí a Jorge Semprún, en los locales que Ruedo Ibérico tenía alquilados en la rue Aubriot, en el Marée, cerca del Ayuntamiento.

Jorge Semprún acababa de dar un gran giro a su vida. Junto a Fernando Claudín, había sido expulsado del PCE, partido del que ambos habían sido dirigentes. Cuando lo conocí, Semprún había ganado ya el premio Formentor con su primera novela, “El largo viaje”, y estaba a punto de estrenarse la película de Alain Resnais “La guerre est finie”, cuyo guión había escrito Semprún. Una película en gran medida autobiográfica que protagonizaron Ives Montand e Ingrid Thulin.

Jorge Semprún no había podido recoger en España el premio Formentor. Tampoco se tradujo la novela hasta mucho después. La tuvimos que leer en francés… Como se ve, en 1965 se nos seguía hurtando la mejor mitad de España.

Semprún era un hombre atractivo (“gracia y agrado en las personas, que atrae la voluntad”, eso dice don Julio Casares en su diccionario). Si aquella noche en la rue Aubriot él hubiera propuesto que lo siguiéramos hasta el Amazonas o a las fuentes del Nilo, desde luego yo hubiera preparado la mochila. Dominaba todos los escenarios y tocaba todos los palillos, con vigor intelectual y también con gracia. Sus palabras de aquella noche incitaban, eso sentí, a la aventura intelectual o de otro tipo. A unir la palabra y la acción. Latía en él algo de Camus y también de Malraux.

La aventura intelectual de Semprún no hizo sino enriquecerse desde entonces: en el ensayo, en la ficción literaria y en el cine, a lo cual se añadió la incursión en la política, como Ministro de Cultura, en uno de los Gobiernos de Felipe González. Sus últimas entregas -como “La escritura o la vida” o “Adiós luz de veranos”- muestran a un creador en su plenitud, dominando su arte con una fuerza narrativa y una emoción envidiables.

En el primer número de la revista “Cuadernos de Ruedo Ibérico”, precisamente en 1965, apareció la crítica de una novela olvidada (una novela que sólo fue relevante por la militancia comunista del autor): “Las ruinas de la muralla”. Semprún firmaba aquella crítica (“Las ruinas de la muralla o los escombros del naturalismo”, se tituló la crítica) y allí se lee lo siguiente:

“Escribir es una empresa soberbia y humilde, desesperada e inexcusable: escribir de verdad, quiero decir. Exige muy fuertes virtudes: talento, temple y talante”.

Virtudes que, sin lugar a dudas, no le faltaron al escritor Jorge Semprún.

Joaquín Leguina | Semprún, en el recuerdo

En 1965, recién llegado yo a París becado por el Gobierno francés, entré a colaborar con Ruedo Ibérico, la editorial que dirigía José Martínez, cuyo nuevo proyecto era lanzar la revista “Cuadernos de Ruedo Ibérico”. Proyecto al que se habían incorporado Fernando Claudín y Jorge Semprún, además de Juan Goytisolo y otros de la siguiente generación, como Nacho Quintana, Carlos Romero, Manuel Castells y yo mismo. Fue en una reunión del Comité de redacción de aquella revista donde conocí a Jorge Semprún, en los locales que Ruedo Ibérico tenía alquilados en la rue Aubriot, en el Marée, cerca del Ayuntamiento.

Jorge Semprún acababa de dar un gran giro a su vida. Junto a Fernando Claudín, había sido expulsado del PCE, partido del que ambos habían sido dirigentes. Cuando lo conocí, Semprún había ganado ya el premio Formentor con su primera novela, “El largo viaje”, y estaba a punto de estrenarse la película de Alain Resnais “La guerre est finie”, cuyo guión había escrito Semprún. Una película en gran medida autobiográfica que protagonizaron Ives Montand e Ingrid Thulin.

Jorge Semprún no había podido recoger en España el premio Formentor. Tampoco se tradujo la novela hasta mucho después. La tuvimos que leer en francés… Como se ve, en 1965 se nos seguía hurtando la mejor mitad de España.

Semprún era un hombre atractivo (“gracia y agrado en las personas, que atrae la voluntad”, eso dice don Julio Casares en su diccionario). Si aquella noche en la rue Aubriot él hubiera propuesto que lo siguiéramos hasta el Amazonas o a las fuentes del Nilo, desde luego yo hubiera preparado la mochila. Dominaba todos los escenarios y tocaba todos los palillos, con vigor intelectual y también con gracia. Sus palabras de aquella noche incitaban, eso sentí, a la aventura intelectual o de otro tipo. A unir la palabra y la acción. Latía en él algo de Camus y también de Malraux.

La aventura intelectual de Semprún no hizo sino enriquecerse desde entonces: en el ensayo, en la ficción literaria y en el cine, a lo cual se añadió la incursión en la política, como Ministro de Cultura, en uno de los Gobiernos de Felipe González. Sus últimas entregas -como “La escritura o la vida” o “Adiós luz de veranos”- muestran a un creador en su plenitud, dominando su arte con una fuerza narrativa y una emoción envidiables.

En el primer número de la revista “Cuadernos de Ruedo Ibérico”, precisamente en 1965, apareció la crítica de una novela olvidada (una novela que sólo fue relevante por la militancia comunista del autor): “Las ruinas de la muralla”. Semprún firmaba aquella crítica (“Las ruinas de la muralla o los escombros del naturalismo”, se tituló la crítica) y allí se lee lo siguiente:

“Escribir es una empresa soberbia y humilde, desesperada e inexcusable: escribir de verdad, quiero decir. Exige muy fuertes virtudes: talento, temple y talante”.

Virtudes que, sin lugar a dudas, no le faltaron al escritor Jorge Semprún.

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