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Si bien la muerte de Osama bin Laden puede ser considerada un triunfo de los Estados Unidos, no es prudente cantar victoria. Hay una variopinta cantidad de movimientos que heredan la idea de emprender la guerra santa contra occidente con el fin de lograr la implantación del Califato, un hipotético imperio musulmán.

Hacia la 1:30 de la madrugada del pasado 2 de mayo, cuando varios helicópteros despegaron de la ciudad a pakistaní de Abbottabad con un pequeño grupo de soldados norteamericanos y una bolsa de plástico con el cuerpo de Osama bin Laden, se cerró un capitulo en la historia del terrorismo internacional. Después de casi 14 años de búsqueda, la cabeza de Al Qaeda fue dada de baja en una operación quirúrgica ejecutada por las fuerzas especiales del ejército de EE. UU. ―el Equipo 6 de los SEAL- con base en la información proporcionada por la CIA. Más allá de la polémica sobre la legalidad de la operación ―es difícil imaginar un objetivo militar más legítimo que el autor de una cadena de atentados masivos que costó la vida a miles de civiles― el verdadera interrogante es si la desaparición del terrorista saudí marca el fin de Al Qaeda y el declive de la violencia islamista, o solamente abre una nueva etapa en una guerra sin final a la vista.

Tal vez la mejor demostración del doble significado de la operación contra el líder de Al Qaeda fue la reacción en EE. UU. Por un lado, miles de personas salieron a las calles a celebrar aliviadas el final del máximo responsable del 11 de septiembre.  Por el otro, todo el dispositivo antiterrorista de la nación se puso en alerta máxima a la espera de una represalia, que resulta muy improbable en el corto plazo, pero casi segura tan pronto como los islamistas se recuperaran del golpe. Como el presidente Obama subrayó en el discurso donde anuncio la operación antiterrorista más exitosa de su mandato, "no hay duda de que Al Qaeda continuará intentando atacarnos".

Para entender el futuro de Al Qaeda, resulta imprescindible tomar en cuenta como fue concebida su estructura por Bin Laden y su segundo al mando, el egipcio Ayman al-   Zawahiri. El millonario saudí plasmó en su organización la experiencia que había adquirido en los años 80 cuando formó parte de las redes internacionales que movilizaron, entrenaron y apoyaron a voluntarios de todo el mundo islámico que se unieron a la jihad (guerra santa) contra la invasión soviética de Afganistán. De este modo, Al Qaeda fue concebida como una vanguardia que debía impulsar un movimiento islámico global a través de una estrategia de dos vías. Por un lado, proporcionando entrenamiento, apoyo logístico y respaldo financiero a aquellos dispuestos a sumarse a lucha contra Occidente. Por otra parte, lanzando ataques espectaculares destinados a galvanizar a los militantes islamistas y definir estratégicamente la confrontación contra EE. UU. y sus aliados.

Según estos lineamientos estratégicos, Bin Laden y Zawahiri construyeron una red global con tres niveles. Por un lado, Al Qaeda propiamente dicha, que construyó en Afganistán una red de campos de entrenamiento, apoyó organizaciones semejantes por todo el mundo y desarrolló una vasta gama de actividades de propaganda. Por otra parte, una serie de organizaciones aliadas que incluían desde el Grupo Salafista de Predicación y Combate (GSPC) argelino hasta la banda de Abu Sayaf en Filipinas. Finalmente, una miríada de pequeñas células independientes e individuos de convicciones radicales, que seguían los dictados ideológicos de Bin Laden y estaban dispuestos a lanzar ataques contra el 'infiel'.

Durante los años pasados, entre los atentados adjudicados a los seguidores de Bin Laden, ha habido acciones ejecutadas por estos tres componentes de la red Al Qaeda. Tanto los ataques contra las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania en 1998 como el propio 11 de septiembre fueron ejecutados directamente por el núcleo de la organización. El atentado contra un centro turístico en Bali, que costó la vida a 202 personas en 2002, corrió a cargo de los aliados indonesios de Bin Laden, el grupo Jemaah Islamiyah. Por su parte, la masacre de Fort Hood, en la que un mayor del ejército estadounidense de convicciones islamistas asesinó a 13 personas en 2009, y el atentado suicida cometido en Estocolmo el pasado diciembre, que provocó únicamente la muerte del terrorista, formarían parte de las acciones cometidas por la generación de radicales solitarios alimentada por la propaganda extremista.

La arquitectura de Al Qaeda ha sido modificada por una década de operaciones antiterroristas que culminó con la muerte de su líder. Refugiado en la frontera afgano-paquistaní, el núcleo de la organización ha sido diezmado por los ataques de los aviones no tripulados Predator  -118  solamente en 2010- y las operaciones especiales de EE. UU. El resultado de esta presión ha sido que la cabeza de Al Qaeda ha quedado reducida a menos de un centenar de militantes, cuya supervivencia depende cada vez más del respaldo de los talibanes afganos y la complicidad de amplios sectores del Directorio de Inteligencia Inter-Servicios  (ISI), la rama más poderosa de los servicios de información paquistaníes. Bajo estas circunstancias, este pequeño grupo de militantes ha perdido paulatinamente su capacidad para ejecutar operaciones por sí mismo y se ha visto reducido al papel de un referente ideológico para el movimiento jihadista internacional. Tras la muerte de Bin Laden, parece inevitable que esta pérdida de poder se acentúe. Sin importar si el próximo líder de Al Qaeda es Zawahiri o el también egipcio Saif al-Adel, lo cierto es que el núcleo fundador de la organización llegará a ser cada vez menos relevante.

El verdadero problema reside en las redes periféricas que Bin Laden alimentó durante la década pasada.  En el norte de África, el GSPC se fusionó con otras organizaciones menores para convertirse en Al Qaeda en el Magreb Islámico  (AQIM) y reunir algo más de 500 militantes con células activas en Argelia, Marruecos, Malí, Níger, Mauritania y algunos países europeos. Las estructuras de Al Qaeda en Arabia Saudita se sumaron a los fundamentalistas yemeníes y dieron lugar a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP), que reúne cerca de 200 combatientes. Asimismo, la tristemente célebre Al Qaeda en Iraq (AQI) ha sobrevivido a la muerte de su fundador, Abu Musab al-Zarqawi, y continúa activa en el occidente y el centro del país. Por su parte, Al-Shabab se ha convertido en un poder en el sur de Somalia con varios miles de combatientes respaldados por un número de jihadistas extranjeros. A su vez, los talibanes afganos conservan la capacidad para poner en jaque al gobierno de Hamid Karzai, respaldado por una fuerza internacional de más de 130.000 hombres. Paralelamente, Paquistán alberga a algunos de los más importantes herederos de Bin Laden. En las zonas tribales del noroccidente del país se encuentra la red Haqqani, que reúne a los talibanes paquistaníes, mientras que en la frontera con la India operan grupos como Lashkar-e-Taiba, que protagonizó el ataque contra los hoteles de Bombay de 2008 con un saldo de 166 muertos. La lista se podría extender más si se incluyeran grupos menos conocidos como los radicales sunitas de Jundallah, que combate al régimen chiita de Irán, o la pequeña secta de salafistas palestinos que asesinó a un activista italiano en Gaza el pasado abril.

Con excepciones como Al-Shabab o los talibanes afganos, la mayoría de las organizaciones mencionadas son relativamente pequeñas. Sin embargo, todas han heredado las dos rasgos de Al Qaeda que las hacen temibles. Por un lado, una mirada global que los empuja a golpear lejos de sus bases. Por otra parte, una notable capacidad de innovación que les permite adaptarse para eludir las medidas de protección contra el terrorismo. Así, por ejemplo,  Al Qaeda en la Península Arábiga fue la estructura detrás del nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab, que intentó detonar una bomba oculta en su ingle dentro de un vuelo con destino a Detroit en la Navidad de 2009. Menos de un año más tarde, el mismo grupo ocultó explosivos en cartuchos de impresoras que fueron enviados como paquetes a EE. UU.  Los artefactos fueron desactivados antes de explotar; pero sirvieron para poner de manifiesto la capacidad de los terroristas para ingeniar nuevos medios para vulnerar la seguridad aérea. Por su parte, el carro bomba desactivado en el centro de Nueva York en mayo de 2010 se convirtió en el primer intento de los talibanes paquistaníes de realizar una operación en suelo norteamericano. Mucho más mortífero resultó el ataque realizado por Al-Shabab en Kampala (Uganda) durante la última jornada del pasado Mundial de Futbol, que se saldó con 74 muertos.

De este modo, la muerte de Bin Laden deja una herencia letal: una infinidad de grupos, células e individuos dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para cometer una masacre en nombre del sueño delirante de reconstruir el Califato, un imperio islámico unificado desde Indonesia hasta Marruecos. Es fácil imaginar las dificultades de este escenario para diseñar una estrategia antiterrorista efectiva. En la medida en que se incrementa el número de organizaciones, también se multiplican la cantidad de activistas, la variedad de patrones operacionales y la cifra de blancos que deben ser vigilados. En otras palabras, el entorno se vuelve más complejo e imprevisible.

Así las cosas, tan errado es minusvalorar el éxito cosechado por Washington contra Al Qaeda como peligroso resulta exagerarlo. La muerte del terrorista saudí es una estocada decisiva al núcleo de fundadores de la organización terrorista y termina con el mito de la invencibilidad de su líder; pero no reduce la capacidad de sus aliados islamistas para ejecutar nuevos ataques, ni puede evitar que una nueva generación de terroristas individuales permanezca dispuesta a inmolarse en operaciones casi imposibles de prever. Bin Laden demostró de la manera más dolorosa posible que el terrorismo era un juego global con un potencial destructivo casi ilimitado. Su muerte no invalida estas reglas.

Román D. Ortiz *Profesor de la facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de Seguridad y Defensa.

Román D. Ortiz | El legado de Bin Laden: Al Qaeda y el futuro del terrorismo islamista

Si bien la muerte de Osama bin Laden puede ser considerada un triunfo de los Estados Unidos, no es prudente cantar victoria. Hay una variopinta cantidad de movimientos que heredan la idea de emprender la guerra santa contra occidente con el fin de lograr la implantación del Califato, un hipotético imperio musulmán.

Hacia la 1:30 de la madrugada del pasado 2 de mayo, cuando varios helicópteros despegaron de la ciudad a pakistaní de Abbottabad con un pequeño grupo de soldados norteamericanos y una bolsa de plástico con el cuerpo de Osama bin Laden, se cerró un capitulo en la historia del terrorismo internacional. Después de casi 14 años de búsqueda, la cabeza de Al Qaeda fue dada de baja en una operación quirúrgica ejecutada por las fuerzas especiales del ejército de EE. UU. ―el Equipo 6 de los SEAL- con base en la información proporcionada por la CIA. Más allá de la polémica sobre la legalidad de la operación ―es difícil imaginar un objetivo militar más legítimo que el autor de una cadena de atentados masivos que costó la vida a miles de civiles― el verdadera interrogante es si la desaparición del terrorista saudí marca el fin de Al Qaeda y el declive de la violencia islamista, o solamente abre una nueva etapa en una guerra sin final a la vista.

Tal vez la mejor demostración del doble significado de la operación contra el líder de Al Qaeda fue la reacción en EE. UU. Por un lado, miles de personas salieron a las calles a celebrar aliviadas el final del máximo responsable del 11 de septiembre.  Por el otro, todo el dispositivo antiterrorista de la nación se puso en alerta máxima a la espera de una represalia, que resulta muy improbable en el corto plazo, pero casi segura tan pronto como los islamistas se recuperaran del golpe. Como el presidente Obama subrayó en el discurso donde anuncio la operación antiterrorista más exitosa de su mandato, "no hay duda de que Al Qaeda continuará intentando atacarnos".

Para entender el futuro de Al Qaeda, resulta imprescindible tomar en cuenta como fue concebida su estructura por Bin Laden y su segundo al mando, el egipcio Ayman al-   Zawahiri. El millonario saudí plasmó en su organización la experiencia que había adquirido en los años 80 cuando formó parte de las redes internacionales que movilizaron, entrenaron y apoyaron a voluntarios de todo el mundo islámico que se unieron a la jihad (guerra santa) contra la invasión soviética de Afganistán. De este modo, Al Qaeda fue concebida como una vanguardia que debía impulsar un movimiento islámico global a través de una estrategia de dos vías. Por un lado, proporcionando entrenamiento, apoyo logístico y respaldo financiero a aquellos dispuestos a sumarse a lucha contra Occidente. Por otra parte, lanzando ataques espectaculares destinados a galvanizar a los militantes islamistas y definir estratégicamente la confrontación contra EE. UU. y sus aliados.

Según estos lineamientos estratégicos, Bin Laden y Zawahiri construyeron una red global con tres niveles. Por un lado, Al Qaeda propiamente dicha, que construyó en Afganistán una red de campos de entrenamiento, apoyó organizaciones semejantes por todo el mundo y desarrolló una vasta gama de actividades de propaganda. Por otra parte, una serie de organizaciones aliadas que incluían desde el Grupo Salafista de Predicación y Combate (GSPC) argelino hasta la banda de Abu Sayaf en Filipinas. Finalmente, una miríada de pequeñas células independientes e individuos de convicciones radicales, que seguían los dictados ideológicos de Bin Laden y estaban dispuestos a lanzar ataques contra el 'infiel'.

Durante los años pasados, entre los atentados adjudicados a los seguidores de Bin Laden, ha habido acciones ejecutadas por estos tres componentes de la red Al Qaeda. Tanto los ataques contra las embajadas norteamericanas de Kenia y Tanzania en 1998 como el propio 11 de septiembre fueron ejecutados directamente por el núcleo de la organización. El atentado contra un centro turístico en Bali, que costó la vida a 202 personas en 2002, corrió a cargo de los aliados indonesios de Bin Laden, el grupo Jemaah Islamiyah. Por su parte, la masacre de Fort Hood, en la que un mayor del ejército estadounidense de convicciones islamistas asesinó a 13 personas en 2009, y el atentado suicida cometido en Estocolmo el pasado diciembre, que provocó únicamente la muerte del terrorista, formarían parte de las acciones cometidas por la generación de radicales solitarios alimentada por la propaganda extremista.

La arquitectura de Al Qaeda ha sido modificada por una década de operaciones antiterroristas que culminó con la muerte de su líder. Refugiado en la frontera afgano-paquistaní, el núcleo de la organización ha sido diezmado por los ataques de los aviones no tripulados Predator  -118  solamente en 2010- y las operaciones especiales de EE. UU. El resultado de esta presión ha sido que la cabeza de Al Qaeda ha quedado reducida a menos de un centenar de militantes, cuya supervivencia depende cada vez más del respaldo de los talibanes afganos y la complicidad de amplios sectores del Directorio de Inteligencia Inter-Servicios  (ISI), la rama más poderosa de los servicios de información paquistaníes. Bajo estas circunstancias, este pequeño grupo de militantes ha perdido paulatinamente su capacidad para ejecutar operaciones por sí mismo y se ha visto reducido al papel de un referente ideológico para el movimiento jihadista internacional. Tras la muerte de Bin Laden, parece inevitable que esta pérdida de poder se acentúe. Sin importar si el próximo líder de Al Qaeda es Zawahiri o el también egipcio Saif al-Adel, lo cierto es que el núcleo fundador de la organización llegará a ser cada vez menos relevante.

El verdadero problema reside en las redes periféricas que Bin Laden alimentó durante la década pasada.  En el norte de África, el GSPC se fusionó con otras organizaciones menores para convertirse en Al Qaeda en el Magreb Islámico  (AQIM) y reunir algo más de 500 militantes con células activas en Argelia, Marruecos, Malí, Níger, Mauritania y algunos países europeos. Las estructuras de Al Qaeda en Arabia Saudita se sumaron a los fundamentalistas yemeníes y dieron lugar a Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP), que reúne cerca de 200 combatientes. Asimismo, la tristemente célebre Al Qaeda en Iraq (AQI) ha sobrevivido a la muerte de su fundador, Abu Musab al-Zarqawi, y continúa activa en el occidente y el centro del país. Por su parte, Al-Shabab se ha convertido en un poder en el sur de Somalia con varios miles de combatientes respaldados por un número de jihadistas extranjeros. A su vez, los talibanes afganos conservan la capacidad para poner en jaque al gobierno de Hamid Karzai, respaldado por una fuerza internacional de más de 130.000 hombres. Paralelamente, Paquistán alberga a algunos de los más importantes herederos de Bin Laden. En las zonas tribales del noroccidente del país se encuentra la red Haqqani, que reúne a los talibanes paquistaníes, mientras que en la frontera con la India operan grupos como Lashkar-e-Taiba, que protagonizó el ataque contra los hoteles de Bombay de 2008 con un saldo de 166 muertos. La lista se podría extender más si se incluyeran grupos menos conocidos como los radicales sunitas de Jundallah, que combate al régimen chiita de Irán, o la pequeña secta de salafistas palestinos que asesinó a un activista italiano en Gaza el pasado abril.

Con excepciones como Al-Shabab o los talibanes afganos, la mayoría de las organizaciones mencionadas son relativamente pequeñas. Sin embargo, todas han heredado las dos rasgos de Al Qaeda que las hacen temibles. Por un lado, una mirada global que los empuja a golpear lejos de sus bases. Por otra parte, una notable capacidad de innovación que les permite adaptarse para eludir las medidas de protección contra el terrorismo. Así, por ejemplo,  Al Qaeda en la Península Arábiga fue la estructura detrás del nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab, que intentó detonar una bomba oculta en su ingle dentro de un vuelo con destino a Detroit en la Navidad de 2009. Menos de un año más tarde, el mismo grupo ocultó explosivos en cartuchos de impresoras que fueron enviados como paquetes a EE. UU.  Los artefactos fueron desactivados antes de explotar; pero sirvieron para poner de manifiesto la capacidad de los terroristas para ingeniar nuevos medios para vulnerar la seguridad aérea. Por su parte, el carro bomba desactivado en el centro de Nueva York en mayo de 2010 se convirtió en el primer intento de los talibanes paquistaníes de realizar una operación en suelo norteamericano. Mucho más mortífero resultó el ataque realizado por Al-Shabab en Kampala (Uganda) durante la última jornada del pasado Mundial de Futbol, que se saldó con 74 muertos.

De este modo, la muerte de Bin Laden deja una herencia letal: una infinidad de grupos, células e individuos dispuestos a aprovechar cualquier oportunidad para cometer una masacre en nombre del sueño delirante de reconstruir el Califato, un imperio islámico unificado desde Indonesia hasta Marruecos. Es fácil imaginar las dificultades de este escenario para diseñar una estrategia antiterrorista efectiva. En la medida en que se incrementa el número de organizaciones, también se multiplican la cantidad de activistas, la variedad de patrones operacionales y la cifra de blancos que deben ser vigilados. En otras palabras, el entorno se vuelve más complejo e imprevisible.

Así las cosas, tan errado es minusvalorar el éxito cosechado por Washington contra Al Qaeda como peligroso resulta exagerarlo. La muerte del terrorista saudí es una estocada decisiva al núcleo de fundadores de la organización terrorista y termina con el mito de la invencibilidad de su líder; pero no reduce la capacidad de sus aliados islamistas para ejecutar nuevos ataques, ni puede evitar que una nueva generación de terroristas individuales permanezca dispuesta a inmolarse en operaciones casi imposibles de prever. Bin Laden demostró de la manera más dolorosa posible que el terrorismo era un juego global con un potencial destructivo casi ilimitado. Su muerte no invalida estas reglas.

Román D. Ortiz *Profesor de la facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de Seguridad y Defensa.

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