publi

Si ustedes se fijan bien la problemática vasca va ligada al derrumbe de las posibilidades futuras de España.

Las elecciones municipales y forales últimas han reflejado una Euskadi desvertebrada, un “país” –desarrollemos la teoría nacionalista- con realidades territoriales dispares y hasta antagónicas. Mientras que Guipúzcoa –me niego a admitir la nomenclatura acordada en las Cortes Generales por ser ahistórica- tiene un dominio perfectamente identificado con el independentismo (controla la situación la órbita proetarra) y Vizcaya tiene una preponderancia jeltzale (el PNV de Sabino Arana sigue siendo el partido más votado), Alava es españolista, con un claro voto mayoritario no nacionalista y, por tanto, tendente a continuar participando del proyecto común de todos los españoles (el verdaderamente histórico, no el inventado por la farsa sabiniana). Ello a pesar de la constante colonización vizcaitarra programada desde la tenida nacional-socialista, a la sombra del gobierno vascongado. Con lo cual, se confirma la idea foralista de los tres territorios con desarrollos independientes entre sí, solo unidos por un común denominador cultural, si bien las realidades antropo-culturales no tienen demasiados puntos comunes.

Próximamente se debatirá la idea socialista, largamente destilada en el laboratorio donde se preparan las pócimas del social-nacionalismo destructor del destino común de todos los españoles, de la desaparición de las diputaciones forales. El contexto lo favorece, pues desde un punto de racionalidad del gasto no tiene sentido que existan tantas instituciones con solapamientos competenciales y una macro-administración formada por el tinglado institucional que desangra el poder financiero vasco.
Si así sucediera habría un problema de origen constitucional pues las instituciones comunes: Gobierno Vasco y Parlamento, tienen su legitimación en los derechos históricos forales, y suprimidas las instituciones desde donde radican esos poderes quedaría eliminada su fundamentación y la raíz de donde captan la sabia jurídico-política. Sin duda ello obligaría a una reforma constitucional, si bien el bloque nacionalista-izquierdista ha demostrado con creces su habilidad para lograr una ingeniería política flagrantemente desbordadota de las lindes constitucionales.

Me dice un amigo que lo lógico sería promover desde un amplio movimiento social la vuelta a las provincias como núcleo de articulación de una España posible para superar esta España inviable. Y su razonamiento tiene toda la lógica del mundo. La actual estructuración de la España de las autonomías, tal como ha sido el devenir político desde el demencial Título VIII de la Constitución, es una losa que va a imposibilitar la salida de la crisis económica y el control de ese caballo desbocado que es el déficit que lastra cualquier posibilidad de poner remedio a este desmadre que nos ha llevado a la ruina. Cualquier cataplasma que tanto el PSOE como el PP pongan para reestructurar la deuda no será más que un mero parche que no resolverá la problemática de fondo. El sobredimensionamiento de las administraciones públicas, el exceso de la carga de los gastos corrientes, y sobre todo los de personal, por un crecimiento absurdo y alocado del tamaño de las plantillas designadas a dedo en la función pública, impedirá adoptar decisiones estratégicas de calado para revertir la situación y ponernos en posición competitiva para salir de la crisis.

Es obvio que durante estos más de treinta años se han hecho las cosas mal y se ha alimentado a un gigante que ha vaciado la despensa.

Al igual que en el País Vasco lo racional sería volver a la recuperación de los entes forales, a las antiguas provincias aforadas, respetando la personalidad e idiosincrasia de cada territorio, en el conjunto de España no podemos permitirnos el sostenimiento de diecisiete administraciones autonómicas, una red irracional de ayuntamientos y sus organizaciones mancomunadas, con una dimensión en muchos casos insostenible para una gestión efectiva, y de unas diputaciones provinciales en muchos casos sin competencias que lo único que sirven es para alimentar la avaricia de unos políticos de poco nivel, etc. Se requiere una reestructuración basada en el sentido común y una refundación de España que permita la solidaridad interterritorial. Hoy existen muchas más diferencias entre las tierras de España en su desarrollo y en la prestación de servicios que hace unas décadas, con la destrucción de la cohesión entre los españoles y una radical desigualdad. Nada más antitético e incoherente con el espíritu con el que nos dicen que se fraguó la Constitución Española, lo que impide el equilibrio demográfico y económico de España como nación.

¿Por qué nadie se pone a cuestionar en serio este nefasto funcionamiento del Estado, para dejar a nuestros hijos y nietos unas posibilidades de vida basadas en las fuentes de la riqueza y el progreso real?

Ernesto Ladrón de Guevara | La supervivencia de España en el futuro

Si ustedes se fijan bien la problemática vasca va ligada al derrumbe de las posibilidades futuras de España.

Las elecciones municipales y forales últimas han reflejado una Euskadi desvertebrada, un “país” –desarrollemos la teoría nacionalista- con realidades territoriales dispares y hasta antagónicas. Mientras que Guipúzcoa –me niego a admitir la nomenclatura acordada en las Cortes Generales por ser ahistórica- tiene un dominio perfectamente identificado con el independentismo (controla la situación la órbita proetarra) y Vizcaya tiene una preponderancia jeltzale (el PNV de Sabino Arana sigue siendo el partido más votado), Alava es españolista, con un claro voto mayoritario no nacionalista y, por tanto, tendente a continuar participando del proyecto común de todos los españoles (el verdaderamente histórico, no el inventado por la farsa sabiniana). Ello a pesar de la constante colonización vizcaitarra programada desde la tenida nacional-socialista, a la sombra del gobierno vascongado. Con lo cual, se confirma la idea foralista de los tres territorios con desarrollos independientes entre sí, solo unidos por un común denominador cultural, si bien las realidades antropo-culturales no tienen demasiados puntos comunes.

Próximamente se debatirá la idea socialista, largamente destilada en el laboratorio donde se preparan las pócimas del social-nacionalismo destructor del destino común de todos los españoles, de la desaparición de las diputaciones forales. El contexto lo favorece, pues desde un punto de racionalidad del gasto no tiene sentido que existan tantas instituciones con solapamientos competenciales y una macro-administración formada por el tinglado institucional que desangra el poder financiero vasco.
Si así sucediera habría un problema de origen constitucional pues las instituciones comunes: Gobierno Vasco y Parlamento, tienen su legitimación en los derechos históricos forales, y suprimidas las instituciones desde donde radican esos poderes quedaría eliminada su fundamentación y la raíz de donde captan la sabia jurídico-política. Sin duda ello obligaría a una reforma constitucional, si bien el bloque nacionalista-izquierdista ha demostrado con creces su habilidad para lograr una ingeniería política flagrantemente desbordadota de las lindes constitucionales.

Me dice un amigo que lo lógico sería promover desde un amplio movimiento social la vuelta a las provincias como núcleo de articulación de una España posible para superar esta España inviable. Y su razonamiento tiene toda la lógica del mundo. La actual estructuración de la España de las autonomías, tal como ha sido el devenir político desde el demencial Título VIII de la Constitución, es una losa que va a imposibilitar la salida de la crisis económica y el control de ese caballo desbocado que es el déficit que lastra cualquier posibilidad de poner remedio a este desmadre que nos ha llevado a la ruina. Cualquier cataplasma que tanto el PSOE como el PP pongan para reestructurar la deuda no será más que un mero parche que no resolverá la problemática de fondo. El sobredimensionamiento de las administraciones públicas, el exceso de la carga de los gastos corrientes, y sobre todo los de personal, por un crecimiento absurdo y alocado del tamaño de las plantillas designadas a dedo en la función pública, impedirá adoptar decisiones estratégicas de calado para revertir la situación y ponernos en posición competitiva para salir de la crisis.

Es obvio que durante estos más de treinta años se han hecho las cosas mal y se ha alimentado a un gigante que ha vaciado la despensa.

Al igual que en el País Vasco lo racional sería volver a la recuperación de los entes forales, a las antiguas provincias aforadas, respetando la personalidad e idiosincrasia de cada territorio, en el conjunto de España no podemos permitirnos el sostenimiento de diecisiete administraciones autonómicas, una red irracional de ayuntamientos y sus organizaciones mancomunadas, con una dimensión en muchos casos insostenible para una gestión efectiva, y de unas diputaciones provinciales en muchos casos sin competencias que lo único que sirven es para alimentar la avaricia de unos políticos de poco nivel, etc. Se requiere una reestructuración basada en el sentido común y una refundación de España que permita la solidaridad interterritorial. Hoy existen muchas más diferencias entre las tierras de España en su desarrollo y en la prestación de servicios que hace unas décadas, con la destrucción de la cohesión entre los españoles y una radical desigualdad. Nada más antitético e incoherente con el espíritu con el que nos dicen que se fraguó la Constitución Española, lo que impide el equilibrio demográfico y económico de España como nación.

¿Por qué nadie se pone a cuestionar en serio este nefasto funcionamiento del Estado, para dejar a nuestros hijos y nietos unas posibilidades de vida basadas en las fuentes de la riqueza y el progreso real?

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada