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El islamismo se afianza en Libia

«¡Allahu akbar! ¡Allahu akbar! (Dios es el más grande)», gritaban esta semana los rebeldes cuando consiguieron tomar el complejo de Bab el-Aziziya. «¡Allahu akbar!», se escuchaba desde los altavoces de las mezquitas de los barrios liberados o en la plaza Tahrir de Bengasi.

Muchos se preguntan cuánto peso real va a a tener el islamismo en la formación del futuro gobierno libio. Mientras que las caras visibles del Consejo Nacional de Transición (CNT) son, en su mayoría, seculares -abogados, médicos, profesores, empresarios, figuras del exilio o del antiguo régimen-, muchos de los comandantes de las katibas o células que combaten en el frente pertenecen a grupos islamistas más o menos radicales, entre ellos el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL). Tras la guerra, lógicamente, estas agrupaciones intentarán buscar su espacio en la nueva Libia.

El propio presidente del CNT, Mustafá Abdul Jalil, reconoció la existencia de estas formaciones cuando los rebeldes entraron en Trípoli la semana pasada. «Hay grupos extremistas islamistas que buscan venganza y crear turbulencias en la sociedad libia», admitió el antiguo ministro de Justicia con Gadafi, que ha amenazado con dimitir si estos grupos ganan protagonismo en el nuevo Gobierno. La muerte del comandante militar de los rebeldes, Abdel Fatah Yunes, un episodio aún no esclarecido pero sobre cuya autoría muchos apuntan a grupos islamistas dentro de la coalición opositora, ha sido un toque de atención.

Fuera del CNT, una de las figuras que ha conseguido aunar un mayor apoyo es Mohamed Busidra, uno de los presos políticos más famosos de Libia, que pasó dos décadas tras las rejas del régimen. Busidra ha comenzado a organizar el islamismo político moderado en el país con la mente puesta en las próximas elecciones. Ha conseguido aglutinar a los antes prohibidos Hermanos Musulmanes, a la Brigada de Mártires 17 de Febrero, así como a varios jeques e imanes populares y moderados.

Su grupo ya ha redactado un prototipo de Constitución, en el que no se impone la 'sharia' o ley islámica, pero que establece restricciones para que no puedan aprobarse leyes que contradicen el Islam. Las mujeres, por ejemplo, podrían decidir por ellas mismas si quieren llevar el hiyab o velo islámico, pero el alcohol o la homosexualidad, por ejemplo, estarían prohibidas según palabras del propio Busidra.

«Conozco a los libios y no aceptarán un Islam muy estricto, eso es seguro. Pero tampoco aceptarán un régimen secular», vaticinó el predicador en una reciente entrevista con el diario canadiense 'The Globe and Mail'. El término medio por el que él dice apostar, «en el que se respete el Islam pero que, a la vez, sea capaz de cooperar con la vida moderna», podría resultar una fórmula ganadora en la nueva Libia.

Radicalismo

El éxito de grupos como el de Busidra, que aseguran oponerse al radicalismo islámico, puede mantener alejados del poder a otras formaciones como el propio GICL, que pueden hacer peligrar la estabilidad de la nueva Libia. El régimen de Gadafi los había mantenido bajo cuerda y miles de ellos fueron encarcelados. Otros muchos, sin embargo, partieron hacia Irak para participar en la insurgencia, como revelaron los cables de Wikileaks.

En 2009, en un proceso de reconciliación con el régimen, muchos de sus líderes -que se encontraban en prisión- rechazaron el modo de lucha de Al-Qaida y fueron liberados. Estos mismos son los que se han unido en armas a los rebeldes. Aunque no operan como un grupo independiente, sí han formado una organización política a la que han denominado Movimiento Islámico por el Cambio y han manifestado su compromiso para colaborar con el futuro proceso democrático, asegura el que fuera uno de los líderes de GICL, Noman Benothman, hoy en día reconvertido en analista político de la fundación británica Quilliam.

Según informa Paula Rosas en Vocento, esta misma semana, entre los prisioneros liberados de la cárcel de Abu Salim en Trípoli tras el avance de las tropas rebeldes, se encontraban cientos de milicianos islamistas, muchos de ellos salafistas, seguidores de una interpretación muy conservadora del Islam. «Nadie sabe qué es lo que van a hacer», aseguraba Benothman a la CNN, si se unirán a la lucha con las brigadas que se han formado a lo largo de seis meses de guerra o si decidirán formar una fuerza nueva. El peligro de que este tipo de grupos no se sienta incluido en la nueva Libia y comience a operar fuera de la órbita del CNT, advierte el analista, podría comprometer la futura estabilidad del país.

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