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Óscar Rivas | De indignados a consentidos del poder

Lo hemos visto por televisión. Los indignados no claman ya contra la casta, contra los políticos, contra el poder. Ahora, son las Fuerzas de Seguridad del Estado las víctimas propiciatorias de sus ataques. Les llaman asesinos, hijos de puta, se mofan de ellos, y hasta se orinan en sus botas. Es el civilizado modo que tienen nuestros queridos indignados de expresar su indignación.

Si lo pensamos tiene lógica que sea así; primeramente, porque los políticos se han ido de vacas, y de algún modo han de pasar el tiempo estos chavaletes sin oficio ni beneficio. En segundo lugar, porque se han dado cuenta de que hagan lo que hagan, la policía no les responde. Les insultan y esta calla. Les escupen y esta acata. Es el sueño de todo perroflauta hecho realidad.

Como es evidente, no es que a la policía se le haya olvidado sacar la porra cuando toca hacer uso de ella, sino que la delegada del Gobierno se lo prohíbe. Ya saben, órdenes de arriba; de Camacho, y hasta de Rubalcaba, que es el coleguilla que se han buscado los indignaos para hacer lo que les salga de ahí con total impunidad. Por algo será.

Resulta curioso comprobar cómo en un tiempo record -apenas dos meses- los indignados han pasado, de manifestarse contra el poder, a convertirse en sus aliados. O para ser más precisos, también en sus consentidos. Que quieren montar sus chabolos en la Puerta del Sol, sea. Que con ello arruinan a los comerciantes; que se jodan. Que molestan a los transeúntes; que aguanten. Que les pone lo de dar caña a los “maderos” –así los llaman estos tíos tan educados-; pues ea, más madera. Hasta nos han cerrado el metro por estos capullos.

Hay que jorobarse, el veranito que nos están dando; que se lo pregunten a la poli, a quienes les están robando sus derechos vacacionales. Y yo que pensaba que se conformarían con ver publicados sus panfletos. Panfletos estúpidos emborronados con propuestas absurdas, donde la cultura y el sentido común brillan por su ausencia. Seguro que hasta ellos son conscientes de que nadie les hubiera publicado sino fuera porque van de indignados. Pero no. A lo que se ve, el poder nunca tiene bastante. Siempre quiere más. Siempre tiene que andar tocando los bemoles. No está mal para unos perroflautas cualquiera. Por cierto ¿Dónde se dejaron los perros? ¿Y las flautas? ¡Joder qué tropa!.

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