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Daniel Pipes | No robar Palestina sino comprar Israel

Los sionistas robaron suelo palestino: ése es el mantra que tanto la Autoridad Palestina como Hamás enseñan a su descendencia y propagan en sus medios de comunicación. Esta reclamación tiene enorme importancia, como explica Palestinian Media Watch: “Presentar la creación del estado [israelí] como un acto de robo y su constante existencia como una injusticia histórica constituye la base central del no-reconocimiento del derecho de Israel a existir por parte de la Autoridad Palestina”. La acusación de robo también mina la posición de Israel a nivel internacional.

¿Pero es cierta esta acusación?

No, no lo es. Irónicamente, la construcción de Israel representa la inmigración y la creación de un estado más pacíficas de la historia. Comprender el motivo exige ver el sionismo en contexto. Hablando en plata, la norma histórica es la conquista; los gobiernos de todas partes se crearon mediante la invasión, casi todos los estados se crearon a expensas de otros. Nadie tiene el control permanentemente, los orígenes de todos están en otra parte.

Las tribus teutonas, las hordas de Asia Central, los zares rusos y los conquistadores españoles y portugueses rehicieron el mapa. El griego moderno apenas tiene una conexión tenue con los griegos de la antigüedad. ¿Quién sabe contar el número de veces que Bélgica fue invadida? Los Estados Unidos se crearon derrotando a los nativos americanos. Los monarcas invadieron África, los arianos la India. En Japón, los yamatoparlantes eliminaron por completo a pequeñas minorías como los ainú.

Oriente Medio, a causa de su centralidad y su posición geográfica, ha sufrido invasiones de sobra, incluyendo a griegos, romanos, árabes, cruzados, seljuks, timúrides, mongoles y europeos modernos. En el seno de la región, los conflictos dinásticos hacían que el mismo territorio — Egipto por ejemplo — fuera conquistado una y otra vez.

El territorio que hoy es Israel no es ninguna excepción. En Jerusalén sitiada: de los antiguos cananeos al Israel moderno, Eric H. Cline escribe de Jerusalén: “Por ninguna otra ciudad se ha combatido más amargamente a lo largo de la historia”. Él respalda esa afirmación, contando “por lo menos 118 conflictos diferentes dentro y por Jerusalén durante los 4.000 últimos años”. Calcula que Jerusalén ha sido destruida por completo en dos ocasiones por lo menos, ha sido asediada 23, capturada 44 y atacada 52. La Autoridad Palestina fantasea con que los palestinos son descendientes de una tribu de los antiguos cananeos, los jebusitas; en realidad constituyen la descendencia mayoritaria de invasores e inmigrantes que buscaban oportunidades económicas.

Muchas guerras eran por Jerusalén: el emperador Tito celebró su victoria sobre los judíos en el 70 a.C. con un arco que muestra a soldados romanos sacando una menorah del Monte del Templo.

Frente a esta compilación de incesantes conquistas, violencia y caídas, los esfuerzos sionistas por sustentar una presencia en Tierra Santa hasta 1948 destacan por ser sorprendentemente tibios, más mercantiles que militares. Dos grandes imperios, los romanos y los británicos, gobernaron Eretz Yisrael; los sionistas en cambio carecían de fuerza militar. No podían lograr de forma plausible un estado mediante la conquista.

En su lugar, comparaban el suelo. La adquisición de propiedades dunam a dunam, granja por granja, casa por casa, ocupa el corazón de la empresa sionista hasta 1948. El Fondo Nacional Judío, fundado en 1901 para comprar tierras en Palestina “para colaborar en la fundación de una nueva comunidad de judíos libres partícipes de una industria pacífica y activa” era la principal institución — y no la Haganah, la organización clandestina de defensa fundada en 1920.

Los sionistas también se centraron en la recuperación del que era un suelo estéril que se consideraba imposible de cultivar. No sólo hicieron florecer el desierto sino que drenaron pantanos, limpiaron canales, recuperaron vertederos, reforestaron colinas, sanearon rocas y retiraron la sal del sustrato. Las labores judías de potabilización y recuperación del suelo redujeron de forma patente la cifra de muertes causadas por infecciones.

Sólo cuando la potencia del mandato británico abandonó Palestina en 1948, y se produjo inmediatamente la tentativa integral de los estados árabes de aplastar y expulsar a los sionistas, los segundos recurrieron a las armas en autodefensa y pasaron a ganar suelo a través de la conquista militar. Hasta en esas circunstancias, como demuestra el historiador Efraim Karsh en Palestina traicionada, la mayoría de los árabes abandonaban la zona de forma espontánea; muy pocos se veían expulsados.

Esta historia contradice frontalmente la versión palestina de “bandas de maleantes sionistas que robaron Palestina y expulsaron a su población” lo que condujo una catástrofe “sin precedentes en la historia” (según reza un libro palestino de texto de 12º curso), o que los sionistas “saquearon el suelo palestino y los intereses nacionales, y crearon su estado sobre las ruinas del pueblo palestino árabe” (escribe un columnista en el diario de la Autoridad Palestina). Las organizaciones internacionales, los editoriales de prensa y las peticiones universitarias suelen reiterar estas falsedades en todo el mundo.

Los israelíes deberían de llevar muy alta la cabeza y señalar que la construcción de su país se fundamentó en el movimiento menos violento y más pacífico que ha tenido cualquier pueblo de la historia. No hubo bandas de maleantes que robaran Palestina; hubo comerciantes que compraban Israel.

 

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