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Joaquín Leguina | La sensatez de los necios

Hay muchas personas que son partidarias acérrimas del racionalismo elemental. Odian la astrología, pero también la astronomía, se niegan a admitir, por ejemplo, que la luz se curva o que la gravedad puede ralentizar el tiempo. Les exaspera el comportamiento de las partículas subatómicas. Desean, simplemente, que el universo se comporte con sensatez. Su sensatez. Una sensatez que no ve mucho más allá de sus narices. Una sensatez según la cual la tierra no es redonda y el sol se mueve y no la tierra (¿o es que nadie se ha asomado a la ventana de buena mañana, al mediodía y al atardecer sin comprobar cómo el sol se mueve?).

La crisis, además de otros males, nos está imponiendo esa sensatez, la sensatez de los imbéciles. Algunos ejemplos:
Las reformas, es decir, los recortes, se han hecho para calmar a los mercados y también para poder “mantener el Estado de bienestar”. Respecto a esto último, ya lo dibujó El Roto en una de sus viñetas, que retengo enmarcada: “Para garantizar el futuro de las pensiones, hay que hacerlas coincidir con la fecha del fallecimiento”, y en cuanto a tranquilizar a “los mercados”, esas “reformas” no han servido para nada. Lo ha ilustrado con gracia el analista Anton Costas: “Vaya usted a Fátima de rodillas y después pase por el banco a pedir un préstamo y verá lo poco que le impresiona su sacrificio al responsable de riesgos de ese banco”.

De la mano de esa sensatez han llegado hasta nosotros evidentes mentiras, cargadas, eso sí, de ideología, como ese cuento que tanto se repite hoy según el cual “no se puede gastar más de lo que se tiene”… Un dogma que, de tomarse al pie de la letra por parte de todos los ciudadanos, haría que los bancos se dedicaran a la mendicidad.

Otro dogma impuesto es aquel que habla de un descomunal despilfarro en todas las Administraciones públicas españolas y muy especialmente en las Comunidades Autónomas: coches oficiales, enormes sueldos de diputados y asesores… En efecto, hay despilfarro, pero no tanto donde se dice sino en otros lados. Si se quiere perseguir, de verdad, el despilfarro hay que entrar a saco en las subvenciones y aquí nadie quiere hablar de ellas.

Y ahora, los dos grandes partidos, durante cuyos últimos mandatos se ha producido en España un notable deterioro en el reparto de la renta y un imparable desguace de la fiscalidad, nos vienen con que “van a pagar los ricos” (pero nunca nos dicen quiénes son esos “ricos”).

Unos pocos datos ilustran el desastre que aqueja al principal impuesto de nuestro sistema fiscal, el IRPF:

El 90% de la recaudación del IRPF proviene de los salarios.

En 1993 quien declaraba más de 80.000 euros (30 millones de pesetas) estaba sometido a un tipo efectivo del 49,4%. Ahora, el que declara una cantidad superior a 290.000 euros lo hace por un tipo efectivo del 30,8%. En 1995 se pagaba un máximo del 56%, Hoy, diecisiete años después, el marginal medio es del 45,8%.

Bonos, dividendos o stock options (que afectan a los “ricos de verdad”) tributan tan solo al 21%., para no hablar de las SICAV, que cotizan al 1%.

Las rentas superiores a 600.000 euros (lo declaran tan solo 6.829 personas, es decir, el 0,04% de los contribuyentes) pagan un tipo medio efectivo del 27,8%, inferior al tipo de quienes están en la horquilla entre 60.000 y 600.000 euros… Lo mínimo que podrían pedir “los indignados” (y, de paso, todos nosotros) es saber cuánto pagan a Hacienda D. César Alierta (8 millones de euros de ingreso anual) o D. Juan Luis Cebrián (9 millones de euros).
Pero “los sensatos” no están dispuestos a hablar de estos disparates.

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