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Óscar Rivas | Compartiendo café con un pistolero

Entras en un bar, te sientas y te dispones a leer la prensa. En portada, cómo no, ETA y su cese definitivo de la violencia. Como no eres amigo de memeces, avanzas hasta las páginas deportivas. Seguro que Mourinho ha dicho algo interesante. Minutos después llega el camarero – se ha hecho esperar- y le pides un café. En lugar de disculparse por la demora, apático te toma nota y se marcha. Ni siquiera te ha mirado. ¿Para qué? Es evidente que el servicio ha perdido mucho, pero es lo que hay. Son lentejas. Pasa el tiempo, y el café sigue sin llegar, cuando un tipo entra en el bar. Toma asiento en la mesa de al lado. Lo observas: su rictus es agrio, oscuro, y hay un algo en él que te resulta familiar, aunque no lo identificas. En esas estás cuando el camarero –ese que a ti te hizo esperar un cuarto de hora y que está demorando también tu café- acude raudo para tomarle nota. Para tu sorpresa, ahora no se muestra tan desagradable con tu vecino de mesa. Todo lo contrario. Solícito, le exhibe una sonrisa de oreja a oreja y vuelve veloz sobre sus pasos. -Menudo cabrón –musitas. Pero eres un tipo apacible, así que te la envainas. Hasta que le ves acercarse de nuevo, bandeja en mano, con un café. Tu café. O eso crees. Porque, atónito, compruebas que el destinatario del café –tu café- no eres tú, sino tu vecino. Estás al límite, pero no. Aguantas. No quieres que el día se tuerza.

Por fin llegó el café- todo llega- y lo degustaste. Ahora no es el camarero, sino una corriente de humo la que se interpone entre tú y la crónica que glosa la última victoria del Madrid. Es el tipo de al lado, que está fumando. Flipas. ¿Pero acaso no estaba prohibido por ley fumar en público? Da lo mismo. Aprovechando, la coyuntura te enciendes un pitillo. Cristo dijo hermanos, pero no primos. Apenas transcurren unos segundos cuando una voz conocida reclama tu atención. Elevas la mirada. Como temías, son el camarero y su jeta, que han venido a visitarte. Te recuerdan que está prohibido fumar. Por ley. Reconócelo, el camarerito te está tocando los cataplines – bien tocados- así que cuentas hasta diez. -Ya, pero los de al lado fuman y nadie les dice nada-. Cierto –infiere- pero usted no tiene pistola y ellos sí. Adviertes entonces que sobre la mesa de tu vecino, un pistolón se hace perfectamente visible. Comienzas a comprender. Además ya identificas al tipo; lo viste en un cartel de la comisaría cuando fuiste a renovar el carnet. Es un puto pistolero etarra. Perdón, expistolero. Que por cierto te observa desafiante, mientras juguetea con la pistola. Es evidente que la situación le divierte; palpa tu miedo -¿algún problema?- inquiere. No contestas, te limitas a dialogar con el silencio. Piensas que ahí está él, libre, desafiante, con pistola, sabedor de su impunidad. Y ahí estás tú, desarmado, temeroso de su impunidad y sabedor de su mentira. ¿Que no mata? ¿Un pistolero con pistola al cinto y que no mata? ¡Y que todavía haya quien dé palmas con las orejas! ¡Necios!
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