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Aleix Vidal-Quadras | Los primeros cien días

Cuando Zapatero llegó al poder envuelto en el humo de las explosiones de las bombas terroristas hace ahora casi ocho años puso manos a la obra para llevar a cabo su proyecto destructor a una velocidad pasmosa. De inmediato paralizó la Ley de Calidad de la Educación, anuló el Plan Hidrológico Nacional y retiró las tropas españolas de Irak, eso de una tacada y para que nos fuéramos enterando. A partir de aquí y a lo largo de dos legislaturas no ha cejado ni un momento en su empeño disolvente, debilitador y divisivo. La izquierda se ha caracterizado siempre en nuestro país por dos notas características: si alcanza el Gobierno es implacable y si lo pierde se pone violenta. La Segunda República y las dos etapas socialistas de nuestra recuperada democracia son buenas pruebas de ello. La derecha democrática, en cambio, respeta las reglas, administra con prudencia y legisla con contención. Esta actitud moderada no le reporta ningún tipo de reconocimiento o de gratitud por parte de sus adversarios políticos, que desde el mismo momento en que pasan a la oposición ya afilan los cuchillos de degüello dispuestos al contraataque demoledor.

Mucha gente que se dispone a votar al Partido Popular el próximo 20 de noviembre para que disponga de una sólida legitimidad espera que el nuevo Ejecutivo y la nueva mayoría absoluta hayan aprendido la lección y empleen los primeros cien días en La Moncloa para suprimir la asignatura de Educación para la Ciudadanía, derogar las leyes del aborto y del matrimonio homosexual, eliminar el Impuesto de Patrimonio, hacer cumplir las sentencias del Supremo sobre libertad de elección de lengua en la educación, promover la ilegalización de Bildu y poner en marcha una reforma del mercado laboral que acabe con la prepotencia de los sindicatos, descentralice los convenios y agilice la entrada y la salida en el empleo. De hecho, van a depositar su papeleta en la urna porque creen que el PP actuará con la misma celeridad y la misma decisión que el PSOE, pero en sentido corrector de los desmanes y abusos que han soportado desde 2004. Si no es así, la decepción será enorme y proporcional a las expectativas generadas durante tan largo período de sufrimiento. El argumento, indudablemente fuerte, de que Rajoy necesita una hegemonía muy amplia en el Congreso para la ambiciosa operación de regeneración que le aguarda está mostrando en las encuestas su efectividad. El olvido o la ignorancia de esta realidad sociológica una vez ganados los comicios tendría consecuencias devastadoras a medio plazo tanto sobre la unidad del centro-derecha como sobre nuestras posibilidades de recuperación material y moral.

 

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