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Alejo Vidal-Quadras | Exilios del cuerpo y del espíritu

Durante mis ya doce años en el Parlamento Europeo he conocido a muchos exiliados, todos ellos por motivos políticos. Gentes que se han visto obligadas a abandonar su país porque han sido expulsadas por regímenes despóticos o porque han decidido huir para evitar la persecución, la tortura, la prisión o la muerte. El grupo organizado más numeroso con el que mantengo contacto regular y con el que me enorgullezco de colaborar está formado por los miembros del Consejo Nacional de la Resistencia de Irán, integrado por miles de activistas y centenares de miles de simpatizantes repartidos por todo el mundo que luchan con enorme riesgo y admirable empeño para rescatar a su tierra milenaria de las garras de una de las peores monstruosidades que hoy existen sobre nuestro planeta, la dictadura fundamentalista de los ayatolás. Resulta conmovedor ver cómo a enorme distancia de de sus añorados paisajes, tras ausencias de lustros, conservan celosamente sus tradiciones, sus costumbres, su fe y su amor a su Persia natal, a la que esperan volver algún día tras derrotar a la barbarie que la oprime desde que Jomeini tomara el poder a finales de los setenta del pasado siglo. Es asombroso asistir a la capacidad de personas ausentes de sus lares un tiempo tan largo de reproducir a pequeña escala la atmósfera humana y cultural que tuvieron que dejar atrás y de mantener con increíble perseverancia su vínculo con un contexto transmutado en esperanza.

Esta experiencia impregnada de emoción me recuerda que en el interior de España hay también exiliados, vascos que fueron forzados a marcharse de las tres provincias forales bajo las peores amenazas y que sin duda sueñan con volver para recuperar sus vidas en paz, justicia y dignidad. Vascos a los que se les ha negado su derecho a serlo a la vez que a ser españoles, españoles vascos a los que su Nación no ha sabido defender cubriéndose así de ignominia. Y pienso asimismo en estas fechas navideñas tan proclives a la nostalgia y al recuerdo en catalanes como yo, que no han podido resistir el clima asfixiante creado por un nacionalismo estrecho y excluyente y han buscado en otras partes de nuestra geografía un lugar en el que poder sentirse ciudadanos y no aborígenes atados a un culto atávico y tribal. Hay exilios del cuerpo y exilios del espíritu, exilios exteriores y exilios interiores, esos que Luis Rosales definió como “naufragios en tierra firme”. Ojalá sepamos a partir del nuevo año que ahora despunta acabar con los destierros materiales y del alma que todavía sufren tantos compatriotas nuestros en su propia patria, la que el gran Flórez Estrada identificaba heroicamente con la libertad.

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