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Si ya el solo hecho de perder de vista a los Blancos, Chacones, Pajines y Zapateros era de por sí motivo suficiente para felicitarse por el nuevo gobierno de Rajoy cualquiera que fuera este, ahora que conocemos la composición de su gabinete podemos estar seguros que las cosas solo pueden ir a mejor. Bien es cierto que las comparaciones son odiosas, pero en este caso resultan escandalosas. Atrás quedan las cuotas por razones de sexo y las baronías territoriales que durante los ocho años de oprobio zapateril, monopolizaron las credenciales de acceso al gobierno. Nos atenemos al curriculum.

Sin embargo, no todo es color de rosas. Por ejemplo, al nuevo presidente de España cabe reprocharle el haber sido excesivamente escueto en el uso de la tijera; la reducción del gabinete en dos ministerios constituye una tímida respuesta a la austeridad que los nuevos tiempos exigen. Máxime cuando los rumores apuntaban hacia un gabinete conformado por apenas ocho carteras. Por otra parte, y aun cuando en términos generales, se trata de un gobierno de probada competencia profesional y reconocido prestigio, no deja de serlo de partido. Quizás en exceso. Con la excepción de Luis de Guindos en Economía, presencia muy celebrada en los círculos económicos, Morenés en Defensa, y José Ignacio Wert en Educación, los expertos independientes brillan por su ausencia.

Independencia y experiencia que hubieran sido deseables para el Ministerio de Justicia, caído sorprendentemente bajo las garras de Gallardón; amén de oxímoron insoportable, una luctuosa noticia para quienes todavía creemos que la separación de poderes no tiene por qué ser una utopía. Particularmente, experimento un sentimiento encontrado. Por un lado, la alegría incontenible que produce la certeza de saber que Madrid perderá de vista, al menos como alcalde, al más voraz, rapaz y expoliador de cuantos políticos han regentado el consistorio de la capital en las últimas décadas. Por otro lado, el temor ante el futuro incierto que le aguarda a un poder, el judicial, que si ya sufrió el maltrato que le procuró el socialismo, no debe albergar grandes esperanzas de que la cosa cambie bajo el mandato gallardonista.

Con el aterrizaje de Gallardón en Justicia no solo llega el más inicuo de cuantos gobernantes portan las siglas del PP. Hemos de tener presente que él fue el primero en advertir públicamente de la necesidad de pasar página ante los atentados del 11-M; quien en privado recomendó primar el interés electoral de partido sobre el interés nacional de hacer justicia. Terrible paradoja para quien hoy es la máxima figura política del ramo. Otra seña de identidad de Gallardón es su querencia partitocrática. Allí donde ha gobernado, la influencia de los políticos se ha multiplicado hasta hacerse omnímoda; allí donde el poder se lo ha permitido, el imperio de la ley no ha tardado en quedar sometido al de su política. Así que nadie se llame a engaño. Si alguien esperaba que el PP acometiera la ansiada reforma que permitiera recobrar al poder judicial la independencia y libertad que la partitocracia cercenó, no tendrá más remedio que seguir esperando. Por lo menos hasta que se vaya Gallardón. Hasta entonces, la Justicia no recobrará la ceguera; seguirá mirando por el rabillo del ojo; aunque no tanto el del PP, como el del propio Gallardón. Al fin y al cabo él es su propio partido.

Sea como fuere, a pesar de la gallardonada, hacía tiempo que un gobierno no despertaba tales expectativas entre la opinión pública. Ahora solo cabe que desear que no la decepcione. Sería una lástima.

Óscar Rivas | Gallardón en Justicia: ¡Horror!

Si ya el solo hecho de perder de vista a los Blancos, Chacones, Pajines y Zapateros era de por sí motivo suficiente para felicitarse por el nuevo gobierno de Rajoy cualquiera que fuera este, ahora que conocemos la composición de su gabinete podemos estar seguros que las cosas solo pueden ir a mejor. Bien es cierto que las comparaciones son odiosas, pero en este caso resultan escandalosas. Atrás quedan las cuotas por razones de sexo y las baronías territoriales que durante los ocho años de oprobio zapateril, monopolizaron las credenciales de acceso al gobierno. Nos atenemos al curriculum.

Sin embargo, no todo es color de rosas. Por ejemplo, al nuevo presidente de España cabe reprocharle el haber sido excesivamente escueto en el uso de la tijera; la reducción del gabinete en dos ministerios constituye una tímida respuesta a la austeridad que los nuevos tiempos exigen. Máxime cuando los rumores apuntaban hacia un gabinete conformado por apenas ocho carteras. Por otra parte, y aun cuando en términos generales, se trata de un gobierno de probada competencia profesional y reconocido prestigio, no deja de serlo de partido. Quizás en exceso. Con la excepción de Luis de Guindos en Economía, presencia muy celebrada en los círculos económicos, Morenés en Defensa, y José Ignacio Wert en Educación, los expertos independientes brillan por su ausencia.

Independencia y experiencia que hubieran sido deseables para el Ministerio de Justicia, caído sorprendentemente bajo las garras de Gallardón; amén de oxímoron insoportable, una luctuosa noticia para quienes todavía creemos que la separación de poderes no tiene por qué ser una utopía. Particularmente, experimento un sentimiento encontrado. Por un lado, la alegría incontenible que produce la certeza de saber que Madrid perderá de vista, al menos como alcalde, al más voraz, rapaz y expoliador de cuantos políticos han regentado el consistorio de la capital en las últimas décadas. Por otro lado, el temor ante el futuro incierto que le aguarda a un poder, el judicial, que si ya sufrió el maltrato que le procuró el socialismo, no debe albergar grandes esperanzas de que la cosa cambie bajo el mandato gallardonista.

Con el aterrizaje de Gallardón en Justicia no solo llega el más inicuo de cuantos gobernantes portan las siglas del PP. Hemos de tener presente que él fue el primero en advertir públicamente de la necesidad de pasar página ante los atentados del 11-M; quien en privado recomendó primar el interés electoral de partido sobre el interés nacional de hacer justicia. Terrible paradoja para quien hoy es la máxima figura política del ramo. Otra seña de identidad de Gallardón es su querencia partitocrática. Allí donde ha gobernado, la influencia de los políticos se ha multiplicado hasta hacerse omnímoda; allí donde el poder se lo ha permitido, el imperio de la ley no ha tardado en quedar sometido al de su política. Así que nadie se llame a engaño. Si alguien esperaba que el PP acometiera la ansiada reforma que permitiera recobrar al poder judicial la independencia y libertad que la partitocracia cercenó, no tendrá más remedio que seguir esperando. Por lo menos hasta que se vaya Gallardón. Hasta entonces, la Justicia no recobrará la ceguera; seguirá mirando por el rabillo del ojo; aunque no tanto el del PP, como el del propio Gallardón. Al fin y al cabo él es su propio partido.

Sea como fuere, a pesar de la gallardonada, hacía tiempo que un gobierno no despertaba tales expectativas entre la opinión pública. Ahora solo cabe que desear que no la decepcione. Sería una lástima.

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