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Óscar Rivas | Políticos twiteros

El político español se ha lanzado con fervor a la conquista de las redes sociales. Senadores, diputados, alcaldes y concejales de toda clase y condición buscan seguidores por doquier. A tal punto que para lograr las cuatro cifras –los privilegiados como Rajoy llegan alcanzar las seis -no dudarán en vender su alma al diablo, olvidándose sin duda de que éste ya se la compró cuando decidieron adentrarse en tan honorable profesión. Como hay gente para todo, no falta quien encuentra en este proceso de colonización virtual una oportunidad para el logro de mayores cuotas democráticas; una esperanza para el acercamiento político-ciudadano, hoy cortocircuitado por el mandato imperativo de los partidos.

Personalmente, me siento muy predispuesto a admitir las innumerables bondades que nos ofrecen las redes sociales. Comprendo que para los políticos éstas ofrezcan enormes posibilidades. Por ejemplo, un concejal que no goce de la presencia mediática de la que disponen otros dirigentes de su formación, pero haya conseguido una nutrida legión de seguidores en twitter o en Facebook, podría sugerir una infravaloración de su papel actual en el partido. Ahora bien ¿qué le aporta esto al ciudadano? Se nos dice que incrementa la cercanía, lo que no es mucho decir, dado que, a día de hoy, ésta resulta inexistente. Pero ¿de qué cercanía estamos hablando? Es cierto que gracias a las redes puedo mantener contacto virtual con un político concreto, saber qué desayuna, o mostrándome optimista, conocer su punto de vista sobre los temas de moda. Lo que me lleva a formularme una pregunta ¿cuándo trabaja?

Es seguro que los partidos están encantados de que sus chicos amplíen sus relaciones sociales en el afán de fidelizar nuevos votantes entre las nuevas generaciones, pues entienden que forma parte de sus quehaceres. Lo cual no es cierto. El ciudadano no paga a sus políticos para que sean simpáticos. Ni siquiera para que consigan votantes, sino para que trabajen al servicio del bien común y resuelvan una pequeña parte de los problemas que ellos mismos generan. ¿Qué pensarías tú si tus empleados o compañeros de trabajo invirtieran buena parte de su jornada laboral en twittear? Sin duda, este hábito conllevaría una caída libre de la productividad, lo que terminaría por abocar a la empresa a la quiebra ¿Por qué no se aplica entonces esta misma vara de medir para los políticos? Debemos tener claro que el tiempo que un alcalde o un concejal se dedica a twittear en horario laboral, es tiempo que está sustrayendo a sus obligaciones como gestor. Y a juzgar por la cantidad de twits que emiten al día, algunos no dan palo al agua. ¿Es eso lo pertinente? Dejémonos de tonterías. Si el político quiere twittear que lo haga. Está en su derecho. Pero que lo haga en su tiempo de ocio.

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