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Juan V. Oltra | La imprenta del siglo XXI

La red anda revuelta. Por una parte el celo entusiasta del PP llevando a término esa nefanda ley que perpetró la exministra González-Sinde, unido a la nonata ley SOPA, y por otra el cierre de la conocida web megaupload, han encendido los comentarios en redes sociales y corrillos particulares, muy alejados generalmente de la deformación de la realidad que nos sirven con una buena, mala o regular condimentación desde los medios de comunicación tradicionales. Ahora bien, hay una diferencia clara: mientras lo primero se queda en una amenazadora espada de Damocles, el cierre de la web de descargas ha incidido en los hábitos de parte de la población.

No voy a meterme en camisas de once varas haciendo interpretaciones del entramado legal que lo ha hecho posible. De todos es conocido que si robas tres pollos y un conejo para que tus hijos no se mueran de hambre te pueden caer veinte años de presidio, pero que por violar y favorecer que un jabalí sodomice a una menor, filmándolo para la posteridad, el juez de turno puede dejarlo todo muy apañadito con unos meses de cárcel con jacuzzi y parabólica.

Donde sí voy a incidir es en el origen del conflicto, y éste es algo conocido de largo trecho: el clásico enfrentamiento de lo nuevo y lo viejo. O, dicho de otra manera, el siglo XIX que obstaculiza al XXI para que no amanezca.

Visto con perspectiva, lo sucedido es un intento más de poner puertas al campo: cuando el VCR llegó a los EEUU, la industria de la TV y el cine pusieron el grito en el cielo, con el argumento de que el VCR violaba las leyes de copyright. Los jueces dijeron que los VCR tenían muchos usos legítimos, uno de ellos el de grabar las emisiones para verlas de forma privada más tarde. Se puede grabar un programa incluso si se vende comercialmente para verlo en otro momento, y también dejárselo a otro amigo, que interesado en verlo se equivocara a su vez al programar su vídeo. El principio para internet es, debería ser, el mismo. Pero podemos ir más atrás. Gutenberg para hacer la imprenta pidió dinero a Juan Fust. Éste no recibió los cobros, demandó a Gutenberg y ganó el pleito. Fust se quedó con la imprenta y empezó a vender libros impresos. En Francia, Fust fue arrestado por la inquisición, pues solo era posible hacer libros tan rápido con la ayuda del diablo. Como es sabido, la imprenta fue un invento que no prosperó.

Otro problema muy relacionado, es el de la terminología. Así, unos y otros, más los otros que no tienen pastelera idea sobre nuevas tecnologías que los más avezados, llaman, con término acusador, “ piratas” a los sitios web de intercambio. ¡Piratería! Ciegos ante el siglo XXI, no cabe sino dudar sobre si el origen estriba en su maldad o en su ignorancia.

Piratería es lo que hay en el índico, y si me apuran, también lo es dejar sin calefacción a colegios de niños o pactar comisiones fantásticas en gasolineras. Piratería no es compartir cultura. Puede que hoy, interpretando la ley, sea visto como ilegal. Pero en otro tiempo era perfectamente legal tener y vender esclavos; creo firmemente que la la primacía del capital sobre el trabajo, junto con el acceso universal a la cultura, serán los siguientes eslabones en la cadena del progreso humano.

El dedo acusador señala. Se habla de copia. Se habla con términos periclitados, de cuando existía un reducido número de creadores que podían permitirse ser originales. Pero ¿Y hoy? ¿Dónde está la originalidad?. Más allá de los clásicos todo es plagio, con mayor o menor grado de intertextualidad. Todos somos acreedores de nuestras lecturas anteriores. Me hubiera sido imposible escribir estas pobres líneas sin haber leído antes a Guareschi, por ejemplo.

Al margen de lo anterior, tampoco debemos perder la perspectiva de que, con la ley en la mano, ese servicio se empleaba para usos perfectamente legales aun para las miras más estrechas, cortas y obtusas. Aplicando los mismos criterios, prohibamos la venta de cuchillos de cocina, pues con ellos se puede asesinar, y coloquemos obstáculos en las autopistas, pues permiten circular a mayor velocidad que la autorizada. ¿Estamos locos acaso?. Quizá la respuesta es afirmativa, habida cuenta de que ha sido más fácil cerrar megaupload que Guantánamo.

No, no sigamos por este camino. Rindámonos. Compartir ficheros de ésta manera solo es posible con la ayuda del diablo. La internet que conocemos, pues, no prosperará. Como la imprenta.

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