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La eliminación de la idea de España de las mentes de los ciudadanos de Cataluña se consigue trabajando en distintas direcciones. La educativa, por supuesto, expulsando la lengua común de las aulas, la competencial, arramblando cada vez con más facultades y funciones gracias a ese coladero que es el artículo 150.2 de la Constitución o mediante reformas estatutarias que revientan sus costuras, la cultural, subvencionando generosamente cualquier actividad etiquetada con la senyera y marginando todo producto literario, artístico o científico que recuerde que Cataluña es parte indispensable de la Nación con mayúscula, y así sucesivamente sin perdonar ocasión ni descuidar oportunidad de negar lo que la Historia, la Sociología y la Ley prueban de manera demoledora: que los catalanes son españoles precisamente porque son catalanes, tan sencillo de entender como imposible de asumir por los nacionalistas. Cuando Pujol consiguió de un Aznar dependiente de sus votos en el Congreso la transferencia del tráfico en las carreteras dio un motivo para justificar una operación tan absurda en términos de eficiencia como disparatada en cuanto al coste. Dijo que al entrar en Cataluña en automóvil procedente de otras partes de la península y ver el uniforme verde de la Guardia Civil al borde de la autopista, “no se sentía en casa”. En otras palabras, exigió, y por desgracia consiguió, que el Estado empezase a desaparecer del paisaje del Principado. En esta tónica de no despertar las iras de los autoproclamados dueños del territorio nororiental, los restos de la Administración central que han ido quedando en Cataluña han sido obligados a volverse transparentes a la mirada de la gente. Pero, de pronto, tras una larga lista de Delegados del Gobierno de dulce y sumisa mansedumbre ante la Generalidad, aparece una mujer valiente y con las ideas claras, María de los Llanos de Luna, que ni corta ni perezosa empieza a denunciar a los Ayuntamientos que no exhiben en su fachada la bandera constitucional y cursa instrucciones a los miembros de la Policía Nacional y de la Benemérita destacados en su demarcación de lucir sus uniformes cuando se encuentren de servicio, acabando con la humillante costumbre de ir de paisano o cubiertos con un chaleco amarillo de quita y pon. Su actitud, además de ajustarse a la legalidad y de demostrar dignidad y determinación, es la que procede en la representante del Gobierno, una de cuyas obligaciones es procurar que el Estado no sólo sea respetado en todas partes, sino también visible. A una Delegada de este fuste le recomiendo firmeza, le expreso mi admiración y le deseo suerte.

Aleix Vidal-Quadras | El Estado visible

La eliminación de la idea de España de las mentes de los ciudadanos de Cataluña se consigue trabajando en distintas direcciones. La educativa, por supuesto, expulsando la lengua común de las aulas, la competencial, arramblando cada vez con más facultades y funciones gracias a ese coladero que es el artículo 150.2 de la Constitución o mediante reformas estatutarias que revientan sus costuras, la cultural, subvencionando generosamente cualquier actividad etiquetada con la senyera y marginando todo producto literario, artístico o científico que recuerde que Cataluña es parte indispensable de la Nación con mayúscula, y así sucesivamente sin perdonar ocasión ni descuidar oportunidad de negar lo que la Historia, la Sociología y la Ley prueban de manera demoledora: que los catalanes son españoles precisamente porque son catalanes, tan sencillo de entender como imposible de asumir por los nacionalistas. Cuando Pujol consiguió de un Aznar dependiente de sus votos en el Congreso la transferencia del tráfico en las carreteras dio un motivo para justificar una operación tan absurda en términos de eficiencia como disparatada en cuanto al coste. Dijo que al entrar en Cataluña en automóvil procedente de otras partes de la península y ver el uniforme verde de la Guardia Civil al borde de la autopista, “no se sentía en casa”. En otras palabras, exigió, y por desgracia consiguió, que el Estado empezase a desaparecer del paisaje del Principado. En esta tónica de no despertar las iras de los autoproclamados dueños del territorio nororiental, los restos de la Administración central que han ido quedando en Cataluña han sido obligados a volverse transparentes a la mirada de la gente. Pero, de pronto, tras una larga lista de Delegados del Gobierno de dulce y sumisa mansedumbre ante la Generalidad, aparece una mujer valiente y con las ideas claras, María de los Llanos de Luna, que ni corta ni perezosa empieza a denunciar a los Ayuntamientos que no exhiben en su fachada la bandera constitucional y cursa instrucciones a los miembros de la Policía Nacional y de la Benemérita destacados en su demarcación de lucir sus uniformes cuando se encuentren de servicio, acabando con la humillante costumbre de ir de paisano o cubiertos con un chaleco amarillo de quita y pon. Su actitud, además de ajustarse a la legalidad y de demostrar dignidad y determinación, es la que procede en la representante del Gobierno, una de cuyas obligaciones es procurar que el Estado no sólo sea respetado en todas partes, sino también visible. A una Delegada de este fuste le recomiendo firmeza, le expreso mi admiración y le deseo suerte.

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