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Suprimen el castigo de lapidación en Irán pero continúan otros igual de graves

Como defensa de los derechos humanos es mejor esperar a celebrar la victoria hasta que se esté seguro de la misma y continuar nuestros esfuerzos para acabar con la pena de lapidación para siempre.

El relator especial sobre la situación de los derechos humanos en la República Islámica de Irán se congratula en su último informe  de la omisión del castigo de lapidación en el nuevo código penal islámico iraní, que ha sido recientemente ratificado, pero expresa su preocupación de que otros castigos igualmente graves pueden ser dictados por los jueces de manera discrecional de acuerdo con la ley islámica, sharia, o anteriores pronunciamientos jurídicos, fatuas, del mismo carácter.

Irán parece haber superado así uno de los aspectos más controvertidos sobre los derechos humanos con el resto de la comunidad internacional. Pero lo ha hecho al estilo de la República Islámica. Hace unas dos semanas, el portavoz del poder judicial iraní anunció que la lapidación había desaparecido del nuevo código penal.

Pero quienes conocemos de cerca la complejidad del funcionamiento y aplicación del sistema legal iraní y hemos estudiado cuidadosamente el nuevo código “revisado” no tenemos mas remedio que advertir que puede que sea sí en apariencia, pero que la realidad es otra.

Hay un matiz que ha escapado a la atención de los medios de comunicación occidentales que se han hecho eco de la buena nueva como una victoria y un paso adelante para los derechos humanos en Irán, entre ellos el Financial Times  y el Telegraph.

En comparación con el anterior código penal, la lapidación ha desaparecido de la sección del código que trata de las penas por “adulterio”. Sin embargo, las relaciones matrimoniales fuera del matrimonio siguen siendo un crimen.

Es más, la palabra “lapidación” figura dos veces en los artículos 172 y 198 del nuevo código penal, aunque han desparecido los detalles de cómo proceder a aplicar la pena, es decir, el tamaño de las piedras a usar, el envolver a la persona convicta en un sudario blanco (kafan) y enterrarla hasta la cintura si el adultero es un varón y hasta los hombros si es una mujer.

Pero esta omisión sobre las circunstancias prácticas de cómo llevar a cabo correctamente la lapidación no son motivo suficiente para celebrar el fin de la misma.

De hecho, mientras que el adulterio siga siendo un crimen, los jueces deberán imponer penas a los acusados así convictos. Pero como el castigo por adulterio no aparece explícitamente en el nuevo código penal, de acuerdo con el artículo 221, los jueces están obligados a pedir al Guía Supremo, actualmente el Ayatollah Jamenei que emita una fatua.

Y ello implica que Jamenei, que nunca ha emitido una fatua sobre la pena por adulterio ni sobre ningún otro aspecto criminal, tendrá que decidir sobre cada uno de los casos. Aunque un parlamentario iraní ha declarado recientemente que el guía Supremo buscará una pena alternativa para el crimen de adulterio, no es una tarea fácil.

El Guía Supremo puede que tenga un gran poder político, pero muchas veces carece del poder religioso y la credibilidad necesarios para emitir semejante fatua, porque hay otros muchos dirigentes religiosos con mayor estatus jerárquico que él. Lo que complica aún más este asunto es el consenso existente entre los juristas islámicos (maraaje) de que el único castigo adecuado por adulterio es la lapidación y nada puede sustituirlo.

Por ello, si el Guía Supremo de Irán decide un castigo distinto, muchos dirigentes religiosos lo considerarán inválido, aun si se trata de la horca o formas menos inhumanas de ejecución. La pregunta es si el Ayatollah Jamenei está dispuesto a asumir las consecuencias de semejante fatua revolucionaria.

Sin embargo, si el Guía Supremo está dispuesto a desafiar a los juristas chiís, aun tendrá que lidiar con el problema implícito en los artículos 172 y 198 que aceptan en el nuevo código penal la lapidación como posible castigo por adulterio.

Como mucho, lo que podemos celebrar como defensores de los derechos humanos es la posibilidad de que el Ayatollah Jamenei se atreva a emitir una fatua, a pesar de la presión de los dirigentes religiosos más conservadores, que sustituya la lapidación por otra forma de ejecución, librándose así de la creciente presión internacional debida, en buena parte, al caso de Sakineh Mohammadi Astiani pero también de otros casos.

En un país en el que se ejecuta cada año a cientos de condenados a muerte – en un número solo inferior al de China- no puede representar problemas graves para los que están en el poder unas cuantas ejecuciones “normales” de más.

Pero por otro lado, dado que la República Islámica de Irán y su Guía Supremo son ambos impredecibles, no hay que descartar la posibilidad de que la omisión de la pena de lapidación quiera ser utilizada como una señal de mejora de los derechos humanos, desviando la atención sobre este tema de la comunidad internacional para poco después restablecer la misma pena mediante una fatua del Guía Supremo, volviendo a la casilla de partida de este siniestro juego.

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