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Ni el PMA ni Unicef disponen de los fondos que necesitan para hacer frente a esta crisis. Sus portavoces advierten que aunque la hambruna es silenciosa puede hundir al país antes que cualquier otra fuerza. El hambre no solo impide que el país avance sino, que sumado al caos, se convierte en caldo de cultivo abonado para los extremistas.

La violencia no da respiro a Yemen. A pesar del referéndum presidencial que hace un mes ratificó el inicio de la era post Saleh, grupos afines a Al Qaeda están aprovechando la debilidad del nuevo Gobierno y la división del Ejército para ganar terreno, sobre todo en el sur del país.

El asesinato de un estadounidense el pasado domingo y el secuestro de una suiza cuatro días antes solo son la punta del iceberg. La inestabilidad agrava además la ya precaria situación económica de Yemen y la ONU ha advertido de que una cuarta parte de la población se encuentra en condiciones de “emergencia alimentaria”.

“El problema es la debilidad del Gobierno y la división del Ejército”, explican fuentes diplomáticas occidentales en Saná.

El general Ali Mohsen se ha negado a enviar tropas al sur mientras no haga lo mismo la Guardia Republicana. Este cuerpo de élite sigue bajo el mando de Ahmed Saleh, hijo del expresidente Ali Abdalá Saleh. Ni Ahmed ni Ali Mohsen, que se alineó con la oposición a Saleh durante la revuelta del año pasado, quieren abandonar la capital, donde tienen concentradas sus fuerzas. Así que el nuevo presidente, Abdrabbo Mansur Hadi, no tiene tropas para luchar contra Al Qaeda.

De ahí que Hadi haya recurrido a la aviación para tratar de recuperar la localidad de Jaar, la última que los aliados de Al Qaeda han tomado en la provincia de Abyan.

También parece que EEUU y Francia le están echando una mano desde el mar a raíz de que los terroristas utilizaran barcos para el asalto al cuartel de Kud en el que mataron a 185 soldados a principios de este mes. Sin embargo, los analistas coinciden en que mientras no logre enviar a las tropas no va a poder desalojar a Al Qaeda.

Apenas pasa un día sin que los Partidarios de la Sharía, como se denominan los militantes yemeníes afines a Al Qaeda, anuncien un nuevo ataque. Poco a poco están extendiendo sus operaciones hacia el norte del país y, en un desarrollo que preocupa a las cancillerías europeas, ya no se limitan a atacar objetivos militares sino que han empezado a actuar contra civiles extranjeros. Las autoridades han extendido la alerta a Saná y reforzado la vigilancia de las embajadas occidentales en la capital.

“Esto tiene mala pinta”, confía un diplomático europeo tras dar cuenta de un aumento de la violencia en la ciudad. “Vuelven a oírse tiroteos por la noche”, relata por teléfono.

Hadi y otros políticos se han quejado de la interferencia de Saleh, que sigue ejerciendo de secretario general del Consejo Popular General (partido al que también pertenece Hadi y uno de los integrantes del Gobierno de unidad nacional). Lo perciben como una violación del pacto que le garantizó la inmunidad a cambio de su retirada de la política.

Sin embargo, para los observadores eso no justifica la forma de actuar del presidente. Tras destituir a Tarek, uno de los sobrinos de Saleh, como jefe de la Guardia Presidencial, Hadi se retractó a los dos días, dando la imagen de que no resiste las presiones.

También se ha mostrado incapaz de acabar con las bandas armadas en las ciudades. No se trata de grupos criminales sino de milicias tribales que obedecen a uno o a otro bando.

Aunque los analistas reconocen la dificultad de desarmarlas sin romper el equilibrio, sugieren que tiene que haber una forma de cooptar a sus jefes para que vuelvan a sus regiones y eliminar las armas de la calle. De momento, su violencia no es indiscriminada sino el resultado de rencillas tribales, pero plantea un riesgo de inseguridad ciudadana.

Aun así, de todos los peligros a los que se enfrenta Yemen, el más grave es la amenaza silenciosa del hambre. Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA) cinco millones de yemeníes (un 22% de la población total) se hallan en situación de “inseguridad alimentaria grave”, el doble que en 2009. Otros cinco millones afrontan una “inseguridad alimentaria moderada”.

Los datos son un adelanto del informe que ese organismo y Unicef están elaborando con la ayuda del centro de estadísticas yemení que se hará público el mes que viene.

“Una cuarta parte de la población yemení necesita con urgencia ayuda alimentaria”, ha alertado la representante del PMA en ese país, Lubna Alaman. Ese organismo ya asiste a 3,6 millones de yemeníes afectados por el alza de los precios y los conflictos en el norte y en el sur del país que han desplazado de sus hogares a 670.000 personas.

Ya antes de la revuelta para echar del poder a Saleh, Yemen, el país más pobre de Oriente Próximo, padecía altas tasas de malnutrición y bolsas de hambruna. El conflicto que desató la protesta popular lo acercó al borde del precipicio al paralizar la economía desde principios de 2011.

Esa crisis se sumó al alza generalizada de los precios de los alimentos en todo el mundo. Algunas familias empezaron a saltarse comidas. El pasado diciembre, Unicef advirtió de que el nivel de malnutrición entre los niños se acercaba al de Somalia.

Ni el PMA ni Unicef disponen de los fondos que necesitan para hacer frente a esta crisis. Sus portavoces advierten que aunque la hambruna es silenciosa puede hundir al país antes que cualquier otra fuerza. El hambre no solo impide que el país avance sino, que sumado al caos, se convierte en caldo de cultivo abonado para los extremistas.

Yemen no tiene tropas suficientes para combatir a Al Qaeda

Ni el PMA ni Unicef disponen de los fondos que necesitan para hacer frente a esta crisis. Sus portavoces advierten que aunque la hambruna es silenciosa puede hundir al país antes que cualquier otra fuerza. El hambre no solo impide que el país avance sino, que sumado al caos, se convierte en caldo de cultivo abonado para los extremistas.

La violencia no da respiro a Yemen. A pesar del referéndum presidencial que hace un mes ratificó el inicio de la era post Saleh, grupos afines a Al Qaeda están aprovechando la debilidad del nuevo Gobierno y la división del Ejército para ganar terreno, sobre todo en el sur del país.

El asesinato de un estadounidense el pasado domingo y el secuestro de una suiza cuatro días antes solo son la punta del iceberg. La inestabilidad agrava además la ya precaria situación económica de Yemen y la ONU ha advertido de que una cuarta parte de la población se encuentra en condiciones de “emergencia alimentaria”.

“El problema es la debilidad del Gobierno y la división del Ejército”, explican fuentes diplomáticas occidentales en Saná.

El general Ali Mohsen se ha negado a enviar tropas al sur mientras no haga lo mismo la Guardia Republicana. Este cuerpo de élite sigue bajo el mando de Ahmed Saleh, hijo del expresidente Ali Abdalá Saleh. Ni Ahmed ni Ali Mohsen, que se alineó con la oposición a Saleh durante la revuelta del año pasado, quieren abandonar la capital, donde tienen concentradas sus fuerzas. Así que el nuevo presidente, Abdrabbo Mansur Hadi, no tiene tropas para luchar contra Al Qaeda.

De ahí que Hadi haya recurrido a la aviación para tratar de recuperar la localidad de Jaar, la última que los aliados de Al Qaeda han tomado en la provincia de Abyan.

También parece que EEUU y Francia le están echando una mano desde el mar a raíz de que los terroristas utilizaran barcos para el asalto al cuartel de Kud en el que mataron a 185 soldados a principios de este mes. Sin embargo, los analistas coinciden en que mientras no logre enviar a las tropas no va a poder desalojar a Al Qaeda.

Apenas pasa un día sin que los Partidarios de la Sharía, como se denominan los militantes yemeníes afines a Al Qaeda, anuncien un nuevo ataque. Poco a poco están extendiendo sus operaciones hacia el norte del país y, en un desarrollo que preocupa a las cancillerías europeas, ya no se limitan a atacar objetivos militares sino que han empezado a actuar contra civiles extranjeros. Las autoridades han extendido la alerta a Saná y reforzado la vigilancia de las embajadas occidentales en la capital.

“Esto tiene mala pinta”, confía un diplomático europeo tras dar cuenta de un aumento de la violencia en la ciudad. “Vuelven a oírse tiroteos por la noche”, relata por teléfono.

Hadi y otros políticos se han quejado de la interferencia de Saleh, que sigue ejerciendo de secretario general del Consejo Popular General (partido al que también pertenece Hadi y uno de los integrantes del Gobierno de unidad nacional). Lo perciben como una violación del pacto que le garantizó la inmunidad a cambio de su retirada de la política.

Sin embargo, para los observadores eso no justifica la forma de actuar del presidente. Tras destituir a Tarek, uno de los sobrinos de Saleh, como jefe de la Guardia Presidencial, Hadi se retractó a los dos días, dando la imagen de que no resiste las presiones.

También se ha mostrado incapaz de acabar con las bandas armadas en las ciudades. No se trata de grupos criminales sino de milicias tribales que obedecen a uno o a otro bando.

Aunque los analistas reconocen la dificultad de desarmarlas sin romper el equilibrio, sugieren que tiene que haber una forma de cooptar a sus jefes para que vuelvan a sus regiones y eliminar las armas de la calle. De momento, su violencia no es indiscriminada sino el resultado de rencillas tribales, pero plantea un riesgo de inseguridad ciudadana.

Aun así, de todos los peligros a los que se enfrenta Yemen, el más grave es la amenaza silenciosa del hambre. Según el Programa Mundial de Alimentos (PMA) cinco millones de yemeníes (un 22% de la población total) se hallan en situación de “inseguridad alimentaria grave”, el doble que en 2009. Otros cinco millones afrontan una “inseguridad alimentaria moderada”.

Los datos son un adelanto del informe que ese organismo y Unicef están elaborando con la ayuda del centro de estadísticas yemení que se hará público el mes que viene.

“Una cuarta parte de la población yemení necesita con urgencia ayuda alimentaria”, ha alertado la representante del PMA en ese país, Lubna Alaman. Ese organismo ya asiste a 3,6 millones de yemeníes afectados por el alza de los precios y los conflictos en el norte y en el sur del país que han desplazado de sus hogares a 670.000 personas.

Ya antes de la revuelta para echar del poder a Saleh, Yemen, el país más pobre de Oriente Próximo, padecía altas tasas de malnutrición y bolsas de hambruna. El conflicto que desató la protesta popular lo acercó al borde del precipicio al paralizar la economía desde principios de 2011.

Esa crisis se sumó al alza generalizada de los precios de los alimentos en todo el mundo. Algunas familias empezaron a saltarse comidas. El pasado diciembre, Unicef advirtió de que el nivel de malnutrición entre los niños se acercaba al de Somalia.

Ni el PMA ni Unicef disponen de los fondos que necesitan para hacer frente a esta crisis. Sus portavoces advierten que aunque la hambruna es silenciosa puede hundir al país antes que cualquier otra fuerza. El hambre no solo impide que el país avance sino, que sumado al caos, se convierte en caldo de cultivo abonado para los extremistas.

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