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Las sociedades, como los individuos, pueden padecer trastornos mentales, neurosis, depresiones, manías persecutorias, esquizofrenia y demás. Los políticos, si son responsables, han de procurar que el debate público y la confrontación de ideas y programas se hagan dentro de un marco psicológico saludable, sin que se produzcan patologías perturbadoras de consecuencias frecuentemente nefastas para el bienestar de la gente. La actual polémica sobre la eventual separación de Cataluña de España, impulsada sin descanso por los partidos nacionalistas, ha alcanzado un punto en que se ha rebasado la línea que delimita la confrontación dialéctica normal para entrar de lleno en el descontrol emocional. Cuando el simple recordatorio de que las autoridades autonómicas están obligadas a cumplir la ley y a respetar la Constitución, cuyo artículo 155 describe el procedimiento a aplicar en caso de que no lo hagan, se convierte mediante un ejercicio de extrapolación fantasiosa en una amenaza militar contra el pueblo catalán, cuando unas maniobras ordinarias del las fuerzas aéreas quedan transmutadas en una exhibición de prepotencia intimidatoria, cuando una eurodiputada socialista pone su firma al lado de independentistas declarados en una carta a la Comisión Europa en la que se solicita se vigile a España por posible violación de los principios fundamentales de la Unión, se encienden todas las luces de alarma psiquiátrica. Ahora bien, los que aventan el fuego de la irracionalidad con propósitos movilizadores de la opinión, no tienen nada de locos, sino que, por el contrario, actúan de manera tan perfectamente planificada como perversa. El peligro de semejantes maniobras diabólicas es que acaban llevándose por delante la estabilidad y la paz de las naciones que las padecen, y en este cataclismo imparable también naufragan los que encendieron la mecha de la neurosis colectiva para conseguir sus fines, lo que, si bien es un pobre consuelo, demuestra que en último término todo el mundo recibe su merecido. En manos de pequeños aprendices de brujo que intentan ocultar bajo el disfraz de la grandilocuencia patriotera su mediocridad personal y su fracaso como gobernantes, Cataluña avanza a pasos veloces hacia la ruina económica, la descomposición social y, lo que es peor, el más espantoso de los ridiculos.

Aleix Vidal-Quadras | Neurosis colectiva

Las sociedades, como los individuos, pueden padecer trastornos mentales, neurosis, depresiones, manías persecutorias, esquizofrenia y demás. Los políticos, si son responsables, han de procurar que el debate público y la confrontación de ideas y programas se hagan dentro de un marco psicológico saludable, sin que se produzcan patologías perturbadoras de consecuencias frecuentemente nefastas para el bienestar de la gente. La actual polémica sobre la eventual separación de Cataluña de España, impulsada sin descanso por los partidos nacionalistas, ha alcanzado un punto en que se ha rebasado la línea que delimita la confrontación dialéctica normal para entrar de lleno en el descontrol emocional. Cuando el simple recordatorio de que las autoridades autonómicas están obligadas a cumplir la ley y a respetar la Constitución, cuyo artículo 155 describe el procedimiento a aplicar en caso de que no lo hagan, se convierte mediante un ejercicio de extrapolación fantasiosa en una amenaza militar contra el pueblo catalán, cuando unas maniobras ordinarias del las fuerzas aéreas quedan transmutadas en una exhibición de prepotencia intimidatoria, cuando una eurodiputada socialista pone su firma al lado de independentistas declarados en una carta a la Comisión Europa en la que se solicita se vigile a España por posible violación de los principios fundamentales de la Unión, se encienden todas las luces de alarma psiquiátrica. Ahora bien, los que aventan el fuego de la irracionalidad con propósitos movilizadores de la opinión, no tienen nada de locos, sino que, por el contrario, actúan de manera tan perfectamente planificada como perversa. El peligro de semejantes maniobras diabólicas es que acaban llevándose por delante la estabilidad y la paz de las naciones que las padecen, y en este cataclismo imparable también naufragan los que encendieron la mecha de la neurosis colectiva para conseguir sus fines, lo que, si bien es un pobre consuelo, demuestra que en último término todo el mundo recibe su merecido. En manos de pequeños aprendices de brujo que intentan ocultar bajo el disfraz de la grandilocuencia patriotera su mediocridad personal y su fracaso como gobernantes, Cataluña avanza a pasos veloces hacia la ruina económica, la descomposición social y, lo que es peor, el más espantoso de los ridiculos.

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