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La dimisión perfectamente preparada y ejecutada del Presidente de la Junta de Andalucía es un ejemplo de realismo político y de sometimiento del interés personal al interés de partido. José Antonio Griñán está plenamente involucrado en el escándalo de los ERES y su responsabilidad al respecto es innegable. Por consiguiente, su inevitable imputación y subsiguiente procesamiento hubiesen sometido al Gobierno andaluz y al PSOE-A a un largo desgaste que hubiera desembocado sin duda en la ruptura de su coalición con Izquierda Unida y la pérdida del poder en las próximas elecciones autonómicas. Ante panorama tan desolador, la estrategia adecuada es obvia: se mantiene la sólida mayoría actual, se nombra un nuevo jefe del Ejecutivo -en este caso, Presidenta-, se da tiempo al equipo de refresco a consolidarse y se incrementan considerablemente las posibilidades de victoria en el futuro. La maniobra ha sido, por tanto, no sólo acertada, sino casi obligada.

Trasladando este mismo esquema a nivel nacional, no parece descabellado predecir que la difícil situación que atraviesan el Gobierno central y la formación que lo apoya, bombardeados por revelaciones crecientemente incómodas sobre su financiación y sobre las remuneraciones de su equipo dirigente, puede conducir a un deterioro continuo de sus perspectivas en las urnas, eso si no surge de repente de la boca del ex-tesorero un cisne negro que levanta el vuelo imparable con la consiguiente catástrofe. En consecuencia, y en la mejor de las hipótesis, la prolongación de la actual estrategia defensiva basada en la negación y en el enroque es altamente probable que desemboque en una pérdida por parte de la hoy mayoría absoluta de entre cincuenta y sesenta escaños en el Congreso en las generales de 2015 o en unos comicios anticipados forzados por las circunstancias de resultado igualmente desastroso. Siendo eso muy malo para el Partido Popular, sería todavía peor para España en su conjunto.

Un Parlamento fragmentado, tras un fuerte ascenso de los comunistas y una inalterada y significativa presencia de los separatistas, abriría las puertas de La Moncloa a una coalición tumultuosa y explosiva de corte frente-populista. Es dudoso que nuestra Nación pudiese sobrevivir a semejante prueba a la luz de la experiencia histórica acumulada. La conclusión emerge diáfana: un cambio de jinete a tiempo cuando se disfruta de un buen caballo es la mejor opción para seguir a la cabeza de la carrera. Además, si fallan tanto el patriotismo de partido como el patriotismo a secas, siempre queda el instinto de conservación que, por su carácter primigenio, suele traer la salvación en momentos de peligro extremo. Confiemos, pues, en la madre naturaleza.

Alejo Vidal-Quadras | Cambio de jinete

La dimisión perfectamente preparada y ejecutada del Presidente de la Junta de Andalucía es un ejemplo de realismo político y de sometimiento del interés personal al interés de partido. José Antonio Griñán está plenamente involucrado en el escándalo de los ERES y su responsabilidad al respecto es innegable. Por consiguiente, su inevitable imputación y subsiguiente procesamiento hubiesen sometido al Gobierno andaluz y al PSOE-A a un largo desgaste que hubiera desembocado sin duda en la ruptura de su coalición con Izquierda Unida y la pérdida del poder en las próximas elecciones autonómicas. Ante panorama tan desolador, la estrategia adecuada es obvia: se mantiene la sólida mayoría actual, se nombra un nuevo jefe del Ejecutivo -en este caso, Presidenta-, se da tiempo al equipo de refresco a consolidarse y se incrementan considerablemente las posibilidades de victoria en el futuro. La maniobra ha sido, por tanto, no sólo acertada, sino casi obligada.

Trasladando este mismo esquema a nivel nacional, no parece descabellado predecir que la difícil situación que atraviesan el Gobierno central y la formación que lo apoya, bombardeados por revelaciones crecientemente incómodas sobre su financiación y sobre las remuneraciones de su equipo dirigente, puede conducir a un deterioro continuo de sus perspectivas en las urnas, eso si no surge de repente de la boca del ex-tesorero un cisne negro que levanta el vuelo imparable con la consiguiente catástrofe. En consecuencia, y en la mejor de las hipótesis, la prolongación de la actual estrategia defensiva basada en la negación y en el enroque es altamente probable que desemboque en una pérdida por parte de la hoy mayoría absoluta de entre cincuenta y sesenta escaños en el Congreso en las generales de 2015 o en unos comicios anticipados forzados por las circunstancias de resultado igualmente desastroso. Siendo eso muy malo para el Partido Popular, sería todavía peor para España en su conjunto.

Un Parlamento fragmentado, tras un fuerte ascenso de los comunistas y una inalterada y significativa presencia de los separatistas, abriría las puertas de La Moncloa a una coalición tumultuosa y explosiva de corte frente-populista. Es dudoso que nuestra Nación pudiese sobrevivir a semejante prueba a la luz de la experiencia histórica acumulada. La conclusión emerge diáfana: un cambio de jinete a tiempo cuando se disfruta de un buen caballo es la mejor opción para seguir a la cabeza de la carrera. Además, si fallan tanto el patriotismo de partido como el patriotismo a secas, siempre queda el instinto de conservación que, por su carácter primigenio, suele traer la salvación en momentos de peligro extremo. Confiemos, pues, en la madre naturaleza.

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