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Una forma segura de entender la realidad es no escuchar demasiado a los políticos, ni a los que gobiernan ni a los que pugnan por gobernar. Desde el poder se pinta todo con colores rosáceos y se anuncian mejores tiempos, magnificando cada pequeña señal positiva a la vez que se oculta el fondo oscuro desfavorable. La oposición, en cambio, tiende al catastrofismo y a poner la lente de aumento sobre indicadores malos para que aparezcan como pésimos. Nuestra economía, sometida a tales zarandeos frente a la opinión pública, acaba por resultar un misterio para el ciudadano de a pie. Veamos, por tanto, el panorama de los próximos cinco años de forma objetiva para así poder esperar lo bueno sin dejar de prepararnos para lo peor. Siguiendo los análisis del Fondo Monetario Internacional, organismo que no goza del don de la infalibilidad, pero que acumula una cantidad ingente de información y dispone de herramientas de análisis altamente sofisticadas, nuestro futuro a medio plazo viene definido por cuatro parámetros muy significativos: crecimiento, paro, precio de la vivienda y deuda pública. La previsión del Fondo es que hasta 2017 la evolución del PIB español se situará en torno a cero, un poco por debajo o un poco por encima del estancamiento, pero siempre en niveles insuficientes para crear empleo neto. El desempleo en términos de población activa, según estas predicciones, se mantendrá en cotas superiores al 25%, el más alto de la Eurozona. La vivienda, que ya ha descendido casi un 40% desde el inicio de la crisis, alcanzará rebajas del 50%, y la deuda del conjunto de las Administraciones pronto rebasará el 100% del PIB, sin perspectivas de moderarse durante el quinquenio por venir. Tampoco se descarta que España entre en un largo período de economía a la japonesa, caracterizado por un endeudamiento muy abultado y un crecimiento muy débil. Este horizonte, que se prolongará hasta mucho después de las elecciones generales de 2015, tendrá como probable consecuencia el deterioro electoral de los dos grandes partidos, el ascenso de los extremos y la exacerbación de las reivindicaciones separatistas.

El desaprovechamiento de la mayoría absoluta en el que está incurriendo el actual Gobierno para hacer las reformas radicales que sacarían a nuestro país del agujero en el que anda metido desde el estallido de las tres burbujas, la inmobiliaria, la financiera y la del sector público, resulta, en este contexto, doblemente reprochable. España no es Japón y carece de su cultura cívica, su disciplina social y su cohesión nacional, por lo que aquello que en el Imperio del Sol Naciente se sobrelleva con estoicismo y espíritu de sacrificio, en nuestra piel de toro puede acarrearnos el caos político, la fragmentación interna y el sálvese quien pueda. A la actual dirección del Partido Popular le quedan dos años para reaccionar. No será porque no se les haya advertido.

Aleix Vidal-Quadras | El síndrome japonés

Una forma segura de entender la realidad es no escuchar demasiado a los políticos, ni a los que gobiernan ni a los que pugnan por gobernar. Desde el poder se pinta todo con colores rosáceos y se anuncian mejores tiempos, magnificando cada pequeña señal positiva a la vez que se oculta el fondo oscuro desfavorable. La oposición, en cambio, tiende al catastrofismo y a poner la lente de aumento sobre indicadores malos para que aparezcan como pésimos. Nuestra economía, sometida a tales zarandeos frente a la opinión pública, acaba por resultar un misterio para el ciudadano de a pie. Veamos, por tanto, el panorama de los próximos cinco años de forma objetiva para así poder esperar lo bueno sin dejar de prepararnos para lo peor. Siguiendo los análisis del Fondo Monetario Internacional, organismo que no goza del don de la infalibilidad, pero que acumula una cantidad ingente de información y dispone de herramientas de análisis altamente sofisticadas, nuestro futuro a medio plazo viene definido por cuatro parámetros muy significativos: crecimiento, paro, precio de la vivienda y deuda pública. La previsión del Fondo es que hasta 2017 la evolución del PIB español se situará en torno a cero, un poco por debajo o un poco por encima del estancamiento, pero siempre en niveles insuficientes para crear empleo neto. El desempleo en términos de población activa, según estas predicciones, se mantendrá en cotas superiores al 25%, el más alto de la Eurozona. La vivienda, que ya ha descendido casi un 40% desde el inicio de la crisis, alcanzará rebajas del 50%, y la deuda del conjunto de las Administraciones pronto rebasará el 100% del PIB, sin perspectivas de moderarse durante el quinquenio por venir. Tampoco se descarta que España entre en un largo período de economía a la japonesa, caracterizado por un endeudamiento muy abultado y un crecimiento muy débil. Este horizonte, que se prolongará hasta mucho después de las elecciones generales de 2015, tendrá como probable consecuencia el deterioro electoral de los dos grandes partidos, el ascenso de los extremos y la exacerbación de las reivindicaciones separatistas.

El desaprovechamiento de la mayoría absoluta en el que está incurriendo el actual Gobierno para hacer las reformas radicales que sacarían a nuestro país del agujero en el que anda metido desde el estallido de las tres burbujas, la inmobiliaria, la financiera y la del sector público, resulta, en este contexto, doblemente reprochable. España no es Japón y carece de su cultura cívica, su disciplina social y su cohesión nacional, por lo que aquello que en el Imperio del Sol Naciente se sobrelleva con estoicismo y espíritu de sacrificio, en nuestra piel de toro puede acarrearnos el caos político, la fragmentación interna y el sálvese quien pueda. A la actual dirección del Partido Popular le quedan dos años para reaccionar. No será porque no se les haya advertido.

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