publi

Después de la moderada, la extremista ha sido la segunda corriente en número e influencia de la cultura política del nacionalismo vasco. Y, no hay que olvidarlo, la inicial: el primer abertzale radical fue el propio Sabino Arana (hasta 1898). El ultranacionalismo ha estado históricamente representado por un buen número de grupos distintos: la tendencia extremista del PNV, desde 1898 hasta nuestros días, Aberrien los años 1920, los Jagi-Jagi (Arriba-Arriba) durante la II República, el colectivo Ekin (Hacer) en la década de los 50, luego ETA y, desde el tardofranquismo, los partidos que han girado en torno a su órbita (la «izquierda abertzale»), amén de algunas pequeñas y fugaces formaciones como ESB, Euskal Sozialista Biltzarrea (Partido Socialista Vasco).

Radical es un adjetivo que significa «extremista», pero que, por otra parte, etimológicamente nos remite a las raíces. En el caso del nacionalismo vasco radical considero que las dos dimensiones de la palabra son perfectamente adecuadas. Por una parte, es la versión más exaltada e intransigente del abertzalismo y, como tal, defiende el independentismo a ultranza, sin ambigüedades. Por otra parte, trata de regresar a los orígenes de dicha ideología, es decir, a la del fundador del PNV. En palabras de José María Lorenzo, historiador vinculado a la «izquierda abertzale», «es cierto que no todos los nacionalismos vascos son aranistas, pero también lo es que cualquier independentismo tiene su raíces ancladas en Sabino».

La progresiva moderación del PNV, así como su posibilismo autonomista y sus acercamientos a distintos partidos no nacionalistas provocaron que su facción más radical se escindiera en dos ocasiones durante el primer tercio del siglo XX. Ambas disidencias compartieron una serie de características comunes. En primer lugar, eran grupos ultranacionalistas ortodoxos, defensores de la pureza doctrinal del aranismo: acusaban a la dirección jeltzale de haber abandonado los dogmas de su fundador. En segundo lugar, las dos rupturas estuvieron lideradas por Elías Gallastegi (Gudari) y apoyadas por Luis Arana, del que el primero había sido secretario. En tercer lugar, nunca llegaron a amenazar seriamente la primacía del partido, que retuvo a la mayoría de la militancia jeltzale. En cuarto lugar, la base territorial de ambas escisiones se redujo básicamente a Vizcaya, siendo muy débiles en el resto del País Vasco.

La primera ruptura se produjo tras el retroceso electoral y el fracaso de la campaña autonomista de CNV, Comunión Nacionalista Vasca, que había crispado a la tendencia más radical del nacionalismo. Una polémica periodística provocó que la dirección de Comunión expulsara a buena parte de sus juventudes, abanderadas porGudari, que decidieron crear una nueva formación, el PNV (1921-1930), también conocida como Aberri por la cabecera de su órgano de expresión. En 1922 se les unió una pequeña escisión anterior dirigida por Luis Arana, quien fue nombrado presidente del nuevo partido. Gudari y Arana compartían su ideología nacionalista ortodoxa: tradicionalismo, independentismo a ultranza, rechazo a cualquier colaboración con los vascos no nacionalistas, antiespañolismo, integrismo, puritanismo moral y antimaketismo. No obstante, Aberri introdujo dos importantes novedades en el nacionalismo vasco. Por un lado, el grupo, muy influido por el movimiento republicano irlandés, creó organizaciones sectoriales (juvenil, de mujeres, etc.), con lo que se conformó como un partido-comunidad, que durante la II República daría paso a la «comunidad nacionalista vasca». Por otro lado, pactó una fugaz entente con los otros nacionalismos periféricos de España (Triple Alianza, 1923). La trayectoria histórica de la formación de Gudari fue truncada por el golpe militar del general Primo de Rivera, que prohibió su actividad, y la reunificación en 1930 con CNV.

Algunos de los antiguos aberrianos -Gudari, Manuel de la Sota Aburto (Txanka), Lezo de Urreztieta, etc.- participaron en la segunda disidencia de la tendencia radical del nacionalismo en 1934: los Jagi-Jagi, que tomaron el nombre de su periódico. En este caso se trató de un grupo mucho más pequeño que Aberri, formado por la Federación de Mendigoxales (montañeros) de Vizcaya. Aunque probablemente lo hubieran hecho de no estallar la Guerra Civil, los Jagi-Jagi no llegaron a formar un nuevo partido. En realidad, se asemejaban más a una organización paramilitar, fenómeno generalizado durante la II República (los requetés carlistas, las escuadras de Falange, los escamots de ERC, los grupos de autodefensa del PSOE y de ANV, etc.). Ya en unJagi-Jagi de 1932, se podía leer: «Te lo voy a decir en secreto, mendigoxale: tú no eres un deportista. Óyelo bien: tú eres un soldado de la Patria». Según José María Tápiz, mientras estuvieron bajo la órbita del PNV, los mendigoxales se dedicaron principalmente a la propaganda, pero también actuaron como el «servicio de orden» del partido en las concentraciones y en las elecciones. En estas últimas ocasiones era el propio PNV el que les proporcionaba las armas. Por otra parte, muchos de ellos iban habitualmente armados (su dirección así se lo había ordenado públicamente en 1932), realizaban ejercicios de tiro y protagonizaron enfrentamientos violentos con grupos de otras tendencias políticas, especialmente con los izquierdistas. Por último, los mendigoxales mantuvieron relaciones fluidas con las facciones más extremistas de otros movimientos nacionalistas, como el catalán. A decir de Anna Sallés y Enric Ucelay da Cal la Sûreté francesa creía que el grupo de Gallastegi había entrado en contacto con el partido de Hitler en diciembre de 1931. En ese sentido, Xosé Manoel Núñez Seixas ha analizado un memorándum que el catalanismo más radical envió en 1936 a los nacionalsocialistas ofreciéndose para una alianza internacional. En dicho texto se afirmaba que los Jagi-Jagis, que supuestamente se ponían al servicio de la Alemania nazi, contaban con una organización paramilitar preparada para empezar una insurrección armada. No hubo respuesta oficial.

Conocedores de su debilidad y con una visión de la democracia parlamentaria meramente instrumental, no pensaron en sustituir al PNV, como había intentado Aberri, sino que defendieron infructuosamente la firma de un frente abertzale entre los partidos nacionalistas para las elecciones generales de 1933 y 1936. Los diputados elegidos en dicha candidatura serían los legítimos representantes de toda la nación vasca e irían a las Cortes única y exclusivamente para exigir la independencia de Euskadi. El PNV y ANV se negaron siquiera a discutir la propuesta. A pesar de ese fiasco, a partir de entonces los sectores más extremistas del nacionalismo vasco han retomado intermitentemente el proyecto frentista.

Los más destacados referentes ideológicos de los mendigoxales, Gudari y Luis Arana, consideraron que la Guerra Civil era un problema entre «españoles», por lo que las fuerzas nacionalistas vascas debían declararse «neutrales». A pesar de todo, tras cierto debate interno, los Jagi-Jagiformaron dos batallones que lucharon en el bando republicano, aunque con vistas a aprovechar la contienda para organizar una intentona independentista. Cuando las tropas franquistas tomaron Bilbao, los mendigoxales consideraron acabada su guerra y se rindieron.

Los Jagi-Jagi, como antes había hecho Aberri, se autoerigieron en guardianes de la ortodoxia aranista. La verdad revelada por el profeta no podía modificarse. Así, Gudari advertía, tras la reproducción de uno de los artículos más racistas de Sabino Arana, que «desfigurar tan alto pensamiento es traicionarlo (…). Si sembramos, medrosos, pensamientos raquíticos y turbios, el fruto ha de ser turbio y raquítico también». Otra muestra significativa de la devoción hacia el fundador del PNV se puede encontrar en un texto de Pedro de Basaldua: «Los vascos hablan Sabino, escriben Sabino, piensan en Sabino y sueñan con él hasta el extremo que sería ridículo si no mereciera tal admiración». Por supuesto, la narrativa aranista fue asumida en su totalidad. TrifónEchebarría (Etarte), director de Jagi-Jagi, resumía el supuesto enfrentamiento secular entre la nación española y la nación vasca como una «lucha de razas (…). La lucha de siempre se ha convertido hoy en odio de razas, y quien de esta lucha desiste, por muy grandes que sean las razones, es un traidor a la patria». Contra estos «traidores», se anunciaba en un artículo anterior, había declarada una «franca guerra (…). Batamos en todos los rincones de nuestros pueblos, montes y valles de la patria al hermano traidor, capaz de vender su libertad y la nuestra por un plato de lentejas». Este odio, primero dirigido a los «vascos maketizados» (los no nacionalistas), se extendió, tras su negativa a formar un frente abertzale en 1936, a los «españolistas» líderes del PNV y de ANV.

Por otra parte, los Jagi-Jagi heredaron el «anticapitalismo» del primer Sabino Arana, lo que no hay que identificar con una posición de izquierdas (nada más opuesto a la «lucha de clases» que la «lucha de razas»), sino con la asunción de la doctrina social de la Iglesia Católica. En palabras de Etarte, «se nos ha achacado como de enemigos del capital, gran error; no odiamos al capital, no; lo que odiamos es el capitalismo, es decir, el abuso o mal uso del capital, y este odio al capitalismo, lo tenemos refrendado en las encíclicas de los Papas». Lezo de Urreztieta lo expresaba así: «éramos partidarios de una organización social avanzada, como la marcada por el sindicalismo de Utrech, avanzada pero siempre vasca y cristiana. No estábamos en la izquierda, pero se trataba de mantenernos en posiciones honestas».

Para movilizar a sus bases los artículos de Jagi-Jagi apelaban directamente a las emociones y, más concretamente, al «odio purificador», «sobrehumano», al «enemigo moral y material de nuestra patria, que vemos reflejado en cada uno de esa raza que nos domina y nos hiere». Como catalizador para provocar ese odio se recurrió a la mística del sufrimiento heroico: la glorificación de la figura de los presos y los mártires mendigoxales(un discurso victimista y maniqueo que encontraba el necesario enemigo en «el pistolerismo rojo»). Ya en el primer número de Jagi-Jagi Manuel de la Sota asumía que «solamente conseguiremos la libertad de nuestra Patria con nuestro sacrificio y nuestro sufrimiento, y que cuanto mayores sean estos, más rápidamente llegará aquélla». En el siguiente boletín se advertía al mendigoxale que «la cumbre que tú persigues [la independencia de Euzkadi] (…) sabes que termina en una Cruz». Los presos ocuparon un lugar destacado en las páginas de Jagi-Jagi hasta tal punto que Sota propuso la formación de una asociación elitista a la que «pertenecerían exclusivamente, todos aquellos que han tenido la honra de pisar la cárcel por causas patrióticas». Tampoco faltó la construcción de mártires seculares. Ya en octubre de 1932 apareció el primer «cuadro de honor» de «Nuestros muertos», a los que había que tener «grabados en la mente». Se pedía poner «una oración en tus labios por las almas de los que dieron sus vidas sin vacilar en holocausto de la Patria desgraciada y no vaciles en imitarles si llega el momento (…). De la tierra regada por la sangre de sus hijos brotará en un día no lejano, el fruto sazonado que la alimente». Presos y mártires mendigoxales, a través de su sacrificio, se convertían en símbolos de la causa nacionalista radical y en ejemplos que el resto de la militancia había de seguir.

En cierto sentido Aberri y los jagi-jagis pueden ser considerados los precedentes históricos de ETA y la «izquierda abertzale». Incluso algunos líderes ultranacionalistas de los años 20 y 30 del siglo XX actuaron como puente con la banda, en la que sus descendientes han llegado a militar (siendo el caso más conocido el de la saga de los Gallaestegi). No obstante, entre unos y otros hay sustanciales diferencias estratégicas (el terrorismo) y doctrinales (el racismo y el integrismo de los primeros o el autoproclamado socialismo de los segundos) que no conviene pasar por alto. Además, hubo un hecho crucial que separó a la generación de los mendigoxales de la de los etarras: la Guerra Civil (1936-1939).

BIBLIOGRAFÍA

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Gaizka Fernández Soldevilla | Aberri y Jagi-Jagi. El nacionalismo vasco radical hasta la Guerra Civil

Después de la moderada, la extremista ha sido la segunda corriente en número e influencia de la cultura política del nacionalismo vasco. Y, no hay que olvidarlo, la inicial: el primer abertzale radical fue el propio Sabino Arana (hasta 1898). El ultranacionalismo ha estado históricamente representado por un buen número de grupos distintos: la tendencia extremista del PNV, desde 1898 hasta nuestros días, Aberrien los años 1920, los Jagi-Jagi (Arriba-Arriba) durante la II República, el colectivo Ekin (Hacer) en la década de los 50, luego ETA y, desde el tardofranquismo, los partidos que han girado en torno a su órbita (la «izquierda abertzale»), amén de algunas pequeñas y fugaces formaciones como ESB, Euskal Sozialista Biltzarrea (Partido Socialista Vasco).

Radical es un adjetivo que significa «extremista», pero que, por otra parte, etimológicamente nos remite a las raíces. En el caso del nacionalismo vasco radical considero que las dos dimensiones de la palabra son perfectamente adecuadas. Por una parte, es la versión más exaltada e intransigente del abertzalismo y, como tal, defiende el independentismo a ultranza, sin ambigüedades. Por otra parte, trata de regresar a los orígenes de dicha ideología, es decir, a la del fundador del PNV. En palabras de José María Lorenzo, historiador vinculado a la «izquierda abertzale», «es cierto que no todos los nacionalismos vascos son aranistas, pero también lo es que cualquier independentismo tiene su raíces ancladas en Sabino».

La progresiva moderación del PNV, así como su posibilismo autonomista y sus acercamientos a distintos partidos no nacionalistas provocaron que su facción más radical se escindiera en dos ocasiones durante el primer tercio del siglo XX. Ambas disidencias compartieron una serie de características comunes. En primer lugar, eran grupos ultranacionalistas ortodoxos, defensores de la pureza doctrinal del aranismo: acusaban a la dirección jeltzale de haber abandonado los dogmas de su fundador. En segundo lugar, las dos rupturas estuvieron lideradas por Elías Gallastegi (Gudari) y apoyadas por Luis Arana, del que el primero había sido secretario. En tercer lugar, nunca llegaron a amenazar seriamente la primacía del partido, que retuvo a la mayoría de la militancia jeltzale. En cuarto lugar, la base territorial de ambas escisiones se redujo básicamente a Vizcaya, siendo muy débiles en el resto del País Vasco.

La primera ruptura se produjo tras el retroceso electoral y el fracaso de la campaña autonomista de CNV, Comunión Nacionalista Vasca, que había crispado a la tendencia más radical del nacionalismo. Una polémica periodística provocó que la dirección de Comunión expulsara a buena parte de sus juventudes, abanderadas porGudari, que decidieron crear una nueva formación, el PNV (1921-1930), también conocida como Aberri por la cabecera de su órgano de expresión. En 1922 se les unió una pequeña escisión anterior dirigida por Luis Arana, quien fue nombrado presidente del nuevo partido. Gudari y Arana compartían su ideología nacionalista ortodoxa: tradicionalismo, independentismo a ultranza, rechazo a cualquier colaboración con los vascos no nacionalistas, antiespañolismo, integrismo, puritanismo moral y antimaketismo. No obstante, Aberri introdujo dos importantes novedades en el nacionalismo vasco. Por un lado, el grupo, muy influido por el movimiento republicano irlandés, creó organizaciones sectoriales (juvenil, de mujeres, etc.), con lo que se conformó como un partido-comunidad, que durante la II República daría paso a la «comunidad nacionalista vasca». Por otro lado, pactó una fugaz entente con los otros nacionalismos periféricos de España (Triple Alianza, 1923). La trayectoria histórica de la formación de Gudari fue truncada por el golpe militar del general Primo de Rivera, que prohibió su actividad, y la reunificación en 1930 con CNV.

Algunos de los antiguos aberrianos -Gudari, Manuel de la Sota Aburto (Txanka), Lezo de Urreztieta, etc.- participaron en la segunda disidencia de la tendencia radical del nacionalismo en 1934: los Jagi-Jagi, que tomaron el nombre de su periódico. En este caso se trató de un grupo mucho más pequeño que Aberri, formado por la Federación de Mendigoxales (montañeros) de Vizcaya. Aunque probablemente lo hubieran hecho de no estallar la Guerra Civil, los Jagi-Jagi no llegaron a formar un nuevo partido. En realidad, se asemejaban más a una organización paramilitar, fenómeno generalizado durante la II República (los requetés carlistas, las escuadras de Falange, los escamots de ERC, los grupos de autodefensa del PSOE y de ANV, etc.). Ya en unJagi-Jagi de 1932, se podía leer: «Te lo voy a decir en secreto, mendigoxale: tú no eres un deportista. Óyelo bien: tú eres un soldado de la Patria». Según José María Tápiz, mientras estuvieron bajo la órbita del PNV, los mendigoxales se dedicaron principalmente a la propaganda, pero también actuaron como el «servicio de orden» del partido en las concentraciones y en las elecciones. En estas últimas ocasiones era el propio PNV el que les proporcionaba las armas. Por otra parte, muchos de ellos iban habitualmente armados (su dirección así se lo había ordenado públicamente en 1932), realizaban ejercicios de tiro y protagonizaron enfrentamientos violentos con grupos de otras tendencias políticas, especialmente con los izquierdistas. Por último, los mendigoxales mantuvieron relaciones fluidas con las facciones más extremistas de otros movimientos nacionalistas, como el catalán. A decir de Anna Sallés y Enric Ucelay da Cal la Sûreté francesa creía que el grupo de Gallastegi había entrado en contacto con el partido de Hitler en diciembre de 1931. En ese sentido, Xosé Manoel Núñez Seixas ha analizado un memorándum que el catalanismo más radical envió en 1936 a los nacionalsocialistas ofreciéndose para una alianza internacional. En dicho texto se afirmaba que los Jagi-Jagis, que supuestamente se ponían al servicio de la Alemania nazi, contaban con una organización paramilitar preparada para empezar una insurrección armada. No hubo respuesta oficial.

Conocedores de su debilidad y con una visión de la democracia parlamentaria meramente instrumental, no pensaron en sustituir al PNV, como había intentado Aberri, sino que defendieron infructuosamente la firma de un frente abertzale entre los partidos nacionalistas para las elecciones generales de 1933 y 1936. Los diputados elegidos en dicha candidatura serían los legítimos representantes de toda la nación vasca e irían a las Cortes única y exclusivamente para exigir la independencia de Euskadi. El PNV y ANV se negaron siquiera a discutir la propuesta. A pesar de ese fiasco, a partir de entonces los sectores más extremistas del nacionalismo vasco han retomado intermitentemente el proyecto frentista.

Los más destacados referentes ideológicos de los mendigoxales, Gudari y Luis Arana, consideraron que la Guerra Civil era un problema entre «españoles», por lo que las fuerzas nacionalistas vascas debían declararse «neutrales». A pesar de todo, tras cierto debate interno, los Jagi-Jagiformaron dos batallones que lucharon en el bando republicano, aunque con vistas a aprovechar la contienda para organizar una intentona independentista. Cuando las tropas franquistas tomaron Bilbao, los mendigoxales consideraron acabada su guerra y se rindieron.

Los Jagi-Jagi, como antes había hecho Aberri, se autoerigieron en guardianes de la ortodoxia aranista. La verdad revelada por el profeta no podía modificarse. Así, Gudari advertía, tras la reproducción de uno de los artículos más racistas de Sabino Arana, que «desfigurar tan alto pensamiento es traicionarlo (…). Si sembramos, medrosos, pensamientos raquíticos y turbios, el fruto ha de ser turbio y raquítico también». Otra muestra significativa de la devoción hacia el fundador del PNV se puede encontrar en un texto de Pedro de Basaldua: «Los vascos hablan Sabino, escriben Sabino, piensan en Sabino y sueñan con él hasta el extremo que sería ridículo si no mereciera tal admiración». Por supuesto, la narrativa aranista fue asumida en su totalidad. TrifónEchebarría (Etarte), director de Jagi-Jagi, resumía el supuesto enfrentamiento secular entre la nación española y la nación vasca como una «lucha de razas (…). La lucha de siempre se ha convertido hoy en odio de razas, y quien de esta lucha desiste, por muy grandes que sean las razones, es un traidor a la patria». Contra estos «traidores», se anunciaba en un artículo anterior, había declarada una «franca guerra (…). Batamos en todos los rincones de nuestros pueblos, montes y valles de la patria al hermano traidor, capaz de vender su libertad y la nuestra por un plato de lentejas». Este odio, primero dirigido a los «vascos maketizados» (los no nacionalistas), se extendió, tras su negativa a formar un frente abertzale en 1936, a los «españolistas» líderes del PNV y de ANV.

Por otra parte, los Jagi-Jagi heredaron el «anticapitalismo» del primer Sabino Arana, lo que no hay que identificar con una posición de izquierdas (nada más opuesto a la «lucha de clases» que la «lucha de razas»), sino con la asunción de la doctrina social de la Iglesia Católica. En palabras de Etarte, «se nos ha achacado como de enemigos del capital, gran error; no odiamos al capital, no; lo que odiamos es el capitalismo, es decir, el abuso o mal uso del capital, y este odio al capitalismo, lo tenemos refrendado en las encíclicas de los Papas». Lezo de Urreztieta lo expresaba así: «éramos partidarios de una organización social avanzada, como la marcada por el sindicalismo de Utrech, avanzada pero siempre vasca y cristiana. No estábamos en la izquierda, pero se trataba de mantenernos en posiciones honestas».

Para movilizar a sus bases los artículos de Jagi-Jagi apelaban directamente a las emociones y, más concretamente, al «odio purificador», «sobrehumano», al «enemigo moral y material de nuestra patria, que vemos reflejado en cada uno de esa raza que nos domina y nos hiere». Como catalizador para provocar ese odio se recurrió a la mística del sufrimiento heroico: la glorificación de la figura de los presos y los mártires mendigoxales(un discurso victimista y maniqueo que encontraba el necesario enemigo en «el pistolerismo rojo»). Ya en el primer número de Jagi-Jagi Manuel de la Sota asumía que «solamente conseguiremos la libertad de nuestra Patria con nuestro sacrificio y nuestro sufrimiento, y que cuanto mayores sean estos, más rápidamente llegará aquélla». En el siguiente boletín se advertía al mendigoxale que «la cumbre que tú persigues [la independencia de Euzkadi] (…) sabes que termina en una Cruz». Los presos ocuparon un lugar destacado en las páginas de Jagi-Jagi hasta tal punto que Sota propuso la formación de una asociación elitista a la que «pertenecerían exclusivamente, todos aquellos que han tenido la honra de pisar la cárcel por causas patrióticas». Tampoco faltó la construcción de mártires seculares. Ya en octubre de 1932 apareció el primer «cuadro de honor» de «Nuestros muertos», a los que había que tener «grabados en la mente». Se pedía poner «una oración en tus labios por las almas de los que dieron sus vidas sin vacilar en holocausto de la Patria desgraciada y no vaciles en imitarles si llega el momento (…). De la tierra regada por la sangre de sus hijos brotará en un día no lejano, el fruto sazonado que la alimente». Presos y mártires mendigoxales, a través de su sacrificio, se convertían en símbolos de la causa nacionalista radical y en ejemplos que el resto de la militancia había de seguir.

En cierto sentido Aberri y los jagi-jagis pueden ser considerados los precedentes históricos de ETA y la «izquierda abertzale». Incluso algunos líderes ultranacionalistas de los años 20 y 30 del siglo XX actuaron como puente con la banda, en la que sus descendientes han llegado a militar (siendo el caso más conocido el de la saga de los Gallaestegi). No obstante, entre unos y otros hay sustanciales diferencias estratégicas (el terrorismo) y doctrinales (el racismo y el integrismo de los primeros o el autoproclamado socialismo de los segundos) que no conviene pasar por alto. Además, hubo un hecho crucial que separó a la generación de los mendigoxales de la de los etarras: la Guerra Civil (1936-1939).

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