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Joaquín Leguina | Montoro

Se puede ser una persona vulgar e intrascendente, pero si te nombran ministro de inmediato creces, es como si te hubieran colocado sobre unos zancos. Empiezas a caminar desde las alturas con solemnidad y a mirar a los demás mortales desde allá arriba. Claro que, cuando te tropiezas y caes, ruedas por el suelo y la gente te vuelve a mirar cual eras antes: un ser anodino.

Cristóbal Montoro fue durante años un mini-diputado de cara conejil, de quien se mofaban propios y extraños… hasta que le hicieron Secretario de Estado y luego Ministro de Hacienda. “Mira dónde ha llegado Cristobalito”, comentaron sus compañeros de la Autónoma, para añadir después: “Esto de la política hace milagros”.

Lo primero que hizo Montoro nada más hacerse con los mandos de la Agencia Tributaria (1996) fue suprimir todas las publicaciones de aquella institución, de suerte que el público no se pudiera enterar de cómo iba la cosa. Sobre todo que nadie supiera cuántos y quiénes pagaban los impuestos en España. Ocultando el escandaloso insulto que ya entonces era el IRPF. El PP de Aznar no hizo nada para arreglarlo ni tampoco el “progre” Zapatero, de suerte que hoy el 85% de la recaudación del IRPF proviene de los bolsillos de los asalariados, cuyas rentas no llegan al 45% de las rentas totales. Un auténtico escándalo que ha acabado con la única virtud que ha de tener cualquier sistema fiscal: la redistribución de rentas.

Montoro ha sido –ya se ve- el rey de la transparencia, y se está superando. Con la chulería de un madrileño de sainete, el otro día nos soltó que “los salarios en España no han bajado sino que han moderado su crecimiento”. Como el aserto fuera recibido con risas en el auditorio, remachó la jugada y dijo displicente: “Si quiere se lo explico en una pizarra”. Y yo pensé al oírlo: “Este se cree que los españoles somos todos imbéciles”.

Días antes de la mentira parlamentaria acerca de los salarios, Montoro había sentado plaza de crítico cinematográfico: “Si la gente no va al cine a ver películas españolas no es a causa del IVA sino de la mala calidad que tiene el cine español”. Vamos, que te nombran ministro y ya eres “experto” en todas las artes.

¿Pero quién ha engañado a este gachó? Tengo para mí que Montoro se ha rodeado de obsecuentes, esos que tienen como credo la siguiente sentencia: “En lo tocante a halagos para el jefe, uno siempre se queda corto”.

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