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Juan Fernández Krohn | Olor a sangre en Plaza Maidán y anarcofascismo (sin tapujos)

Plaza Maidán, de Kiev. Como una acampada de Sol, bis, sin el tufo ni el polvo a fracaso, y un olor (sofocante) a sangre fresca -que no es fresco- en cambio. Un mito en cuarto creciente, que tiene sin duda (todavía) por delante días aciagos, para qué meter la cabeza debajo del ala o taparnos la cara para no ver lo que tenemos delante. Para mañana jueves está convocada una (nueva) marcha de protesta en solidaridad con los detenidos por las marchas de la dignidad del 22-M.

Entre ellos, un joven militante catalogado de extrema/derecha de antiguo que se habría pasado -armas y bagajes- a la ultra/izquierda anti-sistema. Un anarco/fascista, así lo definen algunos medios. Y leyéndolo me venían precisamente a la mente los acontecimientos de las últimas semanas en la capital de Ucrania marcados por la presencia y el protagonismo de jóvenes nacionalistas ( independentistas) -tildados por los medios de neonazis, de extrema/derecha- que a creer aquellos habrían radicalizado la protesta pacifica (sic) del Maidán, desatando la violencia o respondiendo a la violencia (de los anti-disturbios) con la violencia.

Duendes y fantasmas de la historia del siglo XX de pronto en danza, los de la toma de Fiume por ejemplo en los albores del fascismo, en lo que fueron juntos, de manos dadas, nacionalistas y anarquistas (italianos nota bene) Estuve visionándome instantáneas gráficas de aquella efemérides hace poco y cabe decir que no se desprendía de ellas ninguna impresión de desborde o desenfreno, de caos, de desorden o anarquía, sino más bien todo lo contrario, marcialidad, disciplina y una tónica y espíritu bien castrenses, hasta en el uniforme (irreprochable) de Dannunzio "il Comandante". Sin la menor traza de chusma incontrolada o desaseada ni escenas -de revolución (a secas-) como las que marcaron al rojo (y a fondo) la memoria colectiva en la revolución mejicana o en la guerra civil española (en zona roja)

Tampoco en la Marcha sobre Roma se dio nada ni de lejos parecido. Camisas negras desfilando dentro de un orden, muchos de ellos el pecho cubierto de medallas de la guerra. Ni tampoco en la gimnasia nacional/revolucionaria del partido nazi durante la Republica de Weimar. A creer al menos al testimonio directo, visual, de un Onésimo Redondo, que confesaba -como se lee en sus Obras Completas- haberse visto seducido por el nacional-socialismo a la vista de los desfiles silenciosos (sic) imperturbables (sic) e interminables (sic) de los camisas pardas por las calles, durante su estancia, el tiempo que inmediatamente precedió a la llegada al poder de Adolfo Hitler, de lector de español en la universidad de Heidelberg, en el Sur (católico) de Alemania.

La revolución/nacional -a menos que me haya leído el libro de historia que no era- no iba dirigida directamente (ni indirectamente siquiera) contra las fuerzas del orden, que parecen ser ahora el blanco primero y principal de la retórica (incendiaria) y de la escalada de violencia callejera de los indignados y sus compañeros de viaje (se diría que inseparables), los radicales anti/sistema.

Y lo que sí me parece claro en cambio, de un capítulo -contemporáneo de aquellos- de nuestra historia en el siglo XX, lo es la actitud de la Falange durante los años de la Republica y su acción directa que no fue en sustancia una ofensiva contra las fuerzas del orden, sino más bien -o justo todo lo contrario- una respuesta juvenil heroica y patriótica, sin arriar banderas ni revindicaciones (justas y legítimas) las que fueran, al hundimiento trágico del más mínimo atisbo de orden en la sociedad española y a la parálisis de las instituciones entonces.

Y está igualmente claro que de las algaradas callejeras que de un tiempo a esta parte venimos presenciando -siguiendo de cerca o de lejos todas ellas (nota bene) la misma hoja de ruta de las primaveras árabes (y ahora ya del Maidán también) (...)- no vendrá nada bueno ni prometedor para los españoles.

Piensen lo que piensen algunos más o menos contagiados de anarcofascismo. El que esté libre de pecado tire la primera piedra, por cierto (...) Pero que no nos la tiren ellos a nosotros tampoco, por no querer seguirles (en su locura)

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